SANATORIO DE SIERRA ESPUÑA:

Se encuentra en Los Llanos de la Perdiz de Sierra Espuña, término municipal de Alhama, Murcia.

LA MONTAÑA QUE TRAGA ALMAS

En los Llanos de la Perdiz, donde  Sierra Espuña se alza como un gigante de piedra y pinos en el término municipal de Alhama, Murcia, existe un lugar donde el viento no solo silba, sino que susurra nombres olvidados. El Sanatorio de Sierra Espuña. 

No fue elegido por capricho. En enero de 1916, aquel paraje aislado, rodeado de una naturaleza indómita y un aire que se creía puro, fue seleccionado como el enclave perfecto para confinar a los condenados. Al año siguiente, en 1917, el arquitecto Pedro Cerdán formuló el proyecto, trazando sobre el papel lo que sería un mausoleo de esperanza y desesperación. Pero la montaña no quería ser domesticada. La construcción no fue coser y cantar; las inclemencias de unos inviernos brutales y la falta crónica de fondos obligaron a detener las obras en varias etapas, como si la tierra misma rechazara levantar muros para tanto dolor. 

No fue hasta noviembre de 1931 cuando el Estado asumió definitivamente su propiedad e inyectó el dinero necesario, sellando el destino del edificio con tinta y sangre. Por tales motivos, la inauguración oficial del sanatorio de tuberculosos no se produjo hasta el 17 de noviembre de 1935. Fue entonces cuando comenzaron los traslados. Doscientas camas esperaban a doscientas sentencias de muerte lenta. El hospital contaba con esa capacidad, pero en varias ocasiones llegó a estar al límite de ocupación, hacinando cuerpos consumidos por la "peste blanca" en pasillos que olían a éter, sudor frío y podredumbre.

La arquitectura del sanatorio era un mapa del infierno. En la planta superior se ubicaban los enfermos más graves, aquellos cuyos pulmones ya eran jirones inservibles, destinados a esperar el final en la penumbra. En la planta baja, los menos graves, a quienes se les permitía dar paseos por la sierra y recibir visitas familiares, saboreando los últimos instantes de libertad antes de que la enfermedad los reclamara. Tristemente, la mayoría acababa subiendo a la planta alta, ascendiendo esa escalera hacia la muerte tras una larga agonía. 

Una vez por semana, el sonido de unas ruedas chirriantes rompía el silencio de la sierra: subía en carro el sepulturero del cementerio de Alhama a recoger los cadáveres. Más tarde se edificaron aparte la casa del conserje, cocheras, cuadras, velatorios y un acueducto para recoger el agua, completando el ecosistema de la desolación. Y allí, en el depósito de cadáveres, ocurrían cosas que helaban la sangre de los vivos. Algún testigo todavía vivo narra cómo se sacaba a los fallecidos por la parte trasera, creyéndolos muertos, para llevarlos al depósito. Pero cuando el carretero introducía los cuerpos en los ataúdes para bajarlos al cementerio, algunas veces los cadáveres revivían en un último espasmo de vida, comenzando a golpear con fuerza la tapa del ataúd desde dentro. Esos golpes sordos, esos arañazos desesperados contra la madera, daban unos sustos de muerte al pobre carretero, quien huía despavorido dejando atrás a un alma que se negaba a partir.

EL ABANDONO Y LOS NUEVOS FANTASMAS

En 1949, la ciencia trajo una luz tenue: se descubrió la estreptomicina. Este antibiótico permitió dar el alta a gran número de personas, salvando vidas que la montaña ya consideraba suyas. Pero la victoria fue efímera. En 1962, el sanatorio fue clausurado; los últimos enfermos fueron trasladados al Hospital de Albacete. Ese mismo año, el Ministerio lo declaró "no rentable" a causa de los elevados gastos de manutención. La burocracia había dictado sentencia: el dolor ya no era negocio.

El edificio, sin embargo, no murió. Mutó. Entre 1965 y 1982, el centro dejó de ser un hospital para constituirse como una escuela-hogar de educación primaria. El objetivo era noble: solucionar el problema de escolarización de niños que vivían en lugares aislados. Los alumnos permanecían en el centro durante las 24 horas, volviendo a sus casas solo en vacaciones. Se estima que pasaron por sus aulas más de 1.000 alumnos. Imaginen la escena: cientos de niños jugando, riendo y estudiando en los mismos pasillos donde miles habían tosido sangre y muerto en soledad. ¿Absorbieron aquellas paredes la inocencia o la contaminaron con la memoria de la tuberculosis?

En 1985, la Comunidad Autónoma apostó por restaurar parcialmente el edificio, intentando darle un nuevo propósito como albergue juvenil. Pero el lugar estaba maldito. Apenas tuvo afluencia. Los pocos jóvenes que transitaron el lugar durante esta etapa declararon que era incómodo e inhóspito, sintiendo una opresión invisible que les impedía descansar. Esta decadencia provocó el cierre definitivo en 1995. Aunque inicialmente se le puso vigilancia para evitar actos vandálicos, se suspendió en 1997. Desde entonces, Sierra Espuña pertenece a la oscuridad.

LA DAMA BLANCA Y LOS SOLDADOS

Cuentan la mayoría de los investigadores que la mayor parte de las veces la fenomenología paranormal sucede en la primera planta, y más concretamente en los pasillos que unen la parte reformada con la más antigua, esa zona que ha permanecido intacta desde su cierre, conservando el olor rancio de la tragedia. Ambas zonas están separadas por una puerta, tras la cual se construyó un tabique para impedir el paso al sector prohibido, como si quisieran tapiar el horror. Pero el horror no respeta tabiques.

El testimonio más aterrador proviene de un ex militar de la base paracaidista de Alcantarilla. A mediados de los años 80, estando de maniobras, hicieron noche en el preventorio abandonado. Ubicaron su cuartel de campaña en la primera planta, justo en la zona más antigua, ignorando las advertencias tácitas de la historia. Uno de ellos quedó de guardia en la oscuridad. 

De pronto, los gritos de "¡Alto!" del vigía despertaron a todos los soldados. Salieron de sus sacos de dormir para contemplar una escena de pesadilla: el soldado de guardia apuntaba con su fusil a un ser etéreo de color blanco, con forma humana y femenina, que flotaba en la penumbra del pasillo. Presa del pánico absoluto, el soldado disparó. El estruendo rompió la noche, destrozando una ventana del pasillo y dejando impactos en la zona trasera que todavía hoy son visibles, cicatrices de plomo en la piedra. Pero las balas atravesaron al ser etéreo, que permaneció inmóvil, indiferente al metal y al fuego. Tras la confusión reinante, la figura se esfumó como humo. Todos los soldados salieron del edificio corriendo y no volvieron a entrar hasta bien entrada la mañana, acompañados por otros militares y la propia policía, temblando no por el frío de la sierra, sino por el terror de lo inexplicable.

Existen numerosos testimonios más sobre esta extraña mujer, la Dama blanca, que aparece y desaparece en los pasillos y ventanas. En la red se pueden encontrar numerosas psicofonías grabadas en el lugar, voces distorsionadas que piden ayuda o exigen silencio, y muchas historias sobre poltergeist: puertas y ventanas que se abren y cierran solas con violencia, y sonidos que escapan a toda lógica.

LAS VOCES DEL SÓTANO Y LA RUINA ETERNA

En el año 2013, un grupo de estudiantes de Comunicación Audiovisual de la Universidad de Murcia, armados con cámaras y valentía, realizó un reportaje titulado 'La Leyenda de Sierra Espuña'. En este documento recogieron testimonios escalofriantes. Una veraneante anónima contó cómo logró grabar con un MP3 una psicofonía en la azotea, donde había una buhardilla llena de documentación médica olvidada. Al margen de las voces del grupo, se capturaron voces claras que, a juicio de la testigo, decían con tono amenazante: "Fuera de aquí, no toquéis eso". 

Pero lo peor ocurrió en las entrañas del edificio. Durante su trabajo de grabación en el sótano, capturaron una voz que supuestamente decía reiteradamente, con una insistencia mecánica y antinatural, la palabra: "Silencio... Silencio... Silencio...". Un eco de los miles de pacientes a los que se les ordenó callar mientras morían.

Este edificio, propiedad de la Comunidad Autónoma, sufrió un incendio en julio de 2026. Gracias a la rápida intervención de los cuerpos de seguridad y vigilancia del parque natural, quedó solo en un susto. Hoy, el Sanatorio de Sierra Espuña se encuentra en un avanzado estado de ruina, con el acceso prohibido por motivos de seguridad debido al elevado riesgo de derrumbe. Sus techos cuelgan como telarañas de piedra y sus ventanas son ojos vacíos que miran al bosque.

Se ha estudiado en distintos momentos posibles alternativas para este inmueble, incluida su demolición parcial y la conservación de algunos elementos para explicar su historia. En abril de 2025, se planteaba estudiar su reconstrucción y adecuación, pero no cuenta en la actualidad con partida presupuestaria alguna. 

Y quizás sea mejor así. Porque hay lugares que no deben ser reconstruidos, sino dejados pudrirse en paz. El Sanatorio de Sierra Espuña sigue ahí, en la montaña, esperando. Esperando que el silencio vuelva a romper, que las balas atraviesen fantasmas y que los ataúdes vuelvan a golpearse desde dentro. Porque en Sierra Espuña, la muerte nunca se fue; solo está durmiendo entre los escombros.