HOSPITAL DE LA SANGRE:

Situado en el Barrio de la Macarena, entre las calles Don Fadrique y San Juan de Ribera. Sevilla.

LAS CINCO LLAGAS: LA ARQUITECTURA DEL DOLOR

En el corazón del Barrio de la Macarena, en Sevilla, donde el incienso de la Semana Santa se mezcla con la brisa húmeda del Guadalquivir, se alza una mole de piedra y ladrillo que parece absorber la luz del sol. Frente a la iglesia de la Macarena, el imponente edificio conocido popularmente como el "Hospital de la Sangre" proyecta una sombra alargada y eterna sobre el pavimento. Su nombre oficial, "Hospital de las Cinco Llagas de Nuestro Señor Jesucristo", resuena en los pasillos como una sentencia ineludible.

La historia de este coloso comenzó a forjarse en el año 1500, cuando Doña Catalina de Ribera, movida por la caridad y la desesperación de las mujeres pobres de la ciudad, encargó su construcción. El proyecto fue una empresa titánica que consumió la vida de los más grandes maestros de la época. Francisco Rodríguez Cumplido, maestro mayor de la catedral de Sevilla en 1545, trazó sus primeras líneas; a su muerte, Martín de Gainza y Hernán Ruiz continuaron la obra, hasta que finalmente, en el año 1572, el arquitecto Asensio de Maeda dio por terminado el cuerpo principal. Sin embargo, el edificio, como un organismo vivo y hambriento, seguía creciendo. Las ampliaciones y reformas se extendieron como raíces oscuras hasta bien avanzado el siglo XVII.

Llegó a ser uno de los más grandes de Europa, rivalizando en magnitud y tragedia con el Hospital Mayor de Milán. Durante siglos, gestionado por entidades privadas y asistido por las Hermanas de la Caridad hasta la implacable Desamortización de Mendizábal, sus muros fueron testigos de la agonía humana. La Diputación de Sevilla asumió finalmente los gastos de subvención, pero el dinero no podía detener la muerte. En febrero de 1972, el hospital cerró sus puertas como centro sanitario, siendo cedido a la Junta de Andalucía para instalar allí su Sede Parlamentaria. El 20 de febrero de 2003, Sus Majestades los reyes de España, Don Juan Carlos de Borbón y Doña Sofía de Grecia, inauguraron el nuevo destino del edificio. Pero los políticos que hoy caminan por sus salones no están solos. El Hospital de la Sangre nunca ha estado vacío.

 LAS RELIGIOSAS DE LA SOMBRA

El edificio se ha visto rodeado, desde tiempos inmemoriales, de leyendas sobre ruidos extraños, apariciones sobrenaturales y fenómenos paranormales que desafían la razón. Espectros de soldados que murieron entre horribles sufrimientos a causa de sus heridas de guerra; niños víctimas de las epidemias que asolaron la ciudad; mujeres que perdieron la vida entre sábanas manchadas al dar a luz. Relatos escalofriantes hablan de llantos de recién nacidos en estancias completamente vacías, ruidos de pasos arrastrados en corredores por los que no transita nadie, y rostros sin cuerpo que se asoman desde las cristaleras de sus ventanas.

Sin embargo, la aparición que cuenta con mayor número de testimonios, la que hiela la sangre de quienes se atreven a mirar, corresponde a la silueta de una monja. Muchos la han asociado a una religiosa que, por su carácter insistente y reiterativo, era llamada en vida "Sor Ametralladora". Pero el terror es más antiguo. Ya se conocen relatos anteriores que hablan del fantasma de una religiosa mucho antes de que ella prestara allí sus servicios. 

Se trata de Sor Úrsula. Según las crónicas de la época, fue una mujer de temperamento difícil e intolerante, cuyo carácter y sentimientos hicieron que pocos lamentaran su muerte. Exigía una disciplina calificada de inhumana, manifestando una insensibilidad absoluta y cruel ante el dolor de los pacientes que asistía. Hoy, los pasillos del hospital la recuerdan. En la actualidad, dicen haberla visto atendiendo a enfermos que fallecerían poco después, sus ropajes antiguos y severos delatando su identidad. Es el espectro de la muerte anunciada.

 LOS TESTIGOS DE LA AGONÍA

Los sucesos registrados comenzaron a documentarse con escalofriante precisión en la década de los sesenta, cuando el hospital aún albergaba a los vivos junto a los muertos.

En junio de 1968, Antonio Rodríguez, un enfermo de 40 años que yacía postrado en una de las camas del hospital, vivió una pesadilla despierto. El dolor en su pierna no le dejaba dormir. "No sé cómo explicar aquella visión", confesaría años después, con la voz aún temblorosa. "Era tarde, y ante mí, justo delante de mi cama, comenzó a brillar algo que llamó mi atención. Poco a poco, la neblina se fue condensando, formando un cuerpo humano que lucía hábito. Era una monja transparente. Echó a andar pasillo abajo, y lo peor no fue verla, sino escucharla: resonaba el tintineo de su llavero repleto de llaves, como si hiciera una ronda a los enfermos...".

Parecido es el relato de José Pérez, quien con 38 años ingresó en el hospital tras un terrible accidente laboral. "Era tarde, sentí un frío repentino junto a mí, un frío que me caló los huesos. Giré la cabeza y allí estaba. Era una monja, pero no era normal, era un fantasma. Parecía comprobar el estado de mi compañero de cama, que moriría al día siguiente. Acabó de hacer lo que fuera y siguió su ronda por otras camas. Lo veía claramente. Es de esas cosas que jamás se olvidan, que te persiguen hasta la tumba".

Años antes, en 1965, Manuel Moreno fue testigo de una nueva aparición. "Estaba en un pasillo fumando a escondidas, ya que estaba prohibido hacerlo. De repente, sentí un frío intenso, e incluso el cigarrillo parecía apagarse en mis labios. Me extrañó mucho, pero cuando me giré, tras de mí estaba la monja, con una actitud desaprobadora que me heló el alma. Me asusté mucho y salí de allí corriendo. Pero el horror no había terminado. Casi tres semanas después, mi compañero de cama me llamó, haciéndome señas e indicándome que mirara al frente. Allí, justo atendiendo a otro compañero, estaba la monja. Casi transparente, atareada con el pobre infeliz que casi estaba desahuciado".

LOS OJOS DESDE LA CALLE

El Hospital de las Cinco Llagas cerró sus puertas en 1972, pero la muerte no respeta los candados. Hasta finales de la década de los 80, en que se tomó la decisión de utilizar el edificio como Sede del Parlamento Andaluz, los fenómenos siguieron produciéndose, aterrorizando a los vecinos que vivían bajo su sombra.

Allá por el año 1975, un vecino de la zona, Antonio Muñoz, estaba asomado a la terraza de su domicilio. "Serían las diez y media u once menos cuarto de la noche cuando me pareció ver a alguien en los pasillos del hospital. Me extrañó, ya que llevaba varios años cerrado. Llamé a mi mujer, para que viera aquello. Cuando lo vimos pasar nuevamente por otra de las ventanas del edificio, Paqui me dijo que era una monja. Aquello era imposible. Sus vestimentas eran muy antiguas para el año en que vivíamos y, por otro lado, el edificio estaba cerrado a cal y canto".

Esperanza García, otra vecina del lugar, tuvo una experiencia similar allá por el año 1980. "Eran las once y pico de la noche. La ventana de la cocina da a una de las fachadas laterales del hospital. Entonces vi perfectamente a una señora con hábitos. Debían ser antiguos, ya que no eran como los de las monjas modernas, y parecía estar haciendo algo por las habitaciones de aquella ala. Fue muy curioso, y a la vez espeluznante, ya que el edificio estaba totalmente cerrado".

LOS GUARDIANES DEL INFIERNO

A lo largo de los años, el edificio ha albergado a todo tipo de enfermos, pero especialmente los últimos años de la década de los 30, cuando el Hospital se pobló de heridos de la guerra. Se dice que en 1936 llegaban soldados que morían entre gritos y lamentaciones, y sus almas nunca se fueron.

Uno de los encargados de la seguridad, un hombre curtido que había visto de todo, confesaba con la mirada perdida: "Aquí se habla del fantasma mucho. Unos lo creen y otros no, pero desde luego algo raro ocurre aquí. No sólo por el fantasma de la monja que muchos han visto, sino por los olores a éter que hay en zonas sin venir a cuento, como si acabaran de operar a alguien. O las puertas que se abren y cierran sin haber corriente ni nada que ocasione el movimiento. O los quejidos y lamentaciones que muchos hemos oído, llantos de crío que te erizan la piel, y sacudidas de frío impresionantes. Tengo compañeros en estado de shock tras ver algo que ellos identifican con una enfermera o monja. Hay mucho nerviosismo".

El terror era tan palpable que los sucesos se siguen produciendo, destacando la negativa absoluta del grupo de seguridad a efectuar sus rondas solos por determinadas estancias y pasillos del edificio. Caminar solo por el Hospital de la Sangre era firmar una sentencia de terror.

El invierno del 2002 trajo un nuevo testimonio. Carmen Cruz caminaba en las proximidades del edificio cuando algo le llamó la atención. "En una de las ventanas vi perfectamente a una monja que miraba a través del cristal. Estaba muy pálida y tenía la mirada perdida en la calle. Lo extraño... lo que me dejó helada, es que allí ya no hay monjas".

Hoy, el Parlamento de Andalucía legisla bajo los techos del Hospital de la Sangre. Pero cuando cae la noche sobre la Macarena, y los pasillos se vacían de políticos y funcionarios, los ecos de 1500, de 1936, de 1968, despiertan. Las llaves de Sor Úrsula vuelven a tintinear en la oscuridad, el olor a éter inunda las salas vacías, y los llantos de los niños de la epidemia resuenan en las paredes de piedra. Porque en el Hospital de las Cinco Llagas, la historia no se escribe con tinta, sino con sangre, y la sangre, nunca se seca.