RESTAURANTE VIANDAS:
Se sitúa en la calle Arguijo número 3, Sevilla.
EL BANQUETE DE LAS SOMBRASEn el corazón palpitante de Sevilla, donde el aroma a azahar y a tierra mojada suele embriagar los sentidos, hay rincones donde el aire se vuelve denso, frío y huele a cenizas antiguas. En el número 3 de la calle Arguijo, oculto tras una fachada que ha visto pasar siglos de historia, se alzaba el Restaurante Viandas. Un lugar de gastronomía y reunión que, allá por el año 2003, saltó a la primera página de lo paranormal, transformándose en un epicentro de fenómenos que oscilaban entre un poltergeist furioso y una casa encantada por fuerzas incomprensibles.
El velo que separaba el mundo de los vivos y el de los muertos se rasgó públicamente a principios del mes de septiembre de aquel año. Durante una conexión en directo con el célebre programa de radio “Milenio 3”, los micrófonos captaron no solo las voces de los investigadores, sino la manifestación en vivo del fenómeno paranormal que motivaba la investigación. Una tabla Ouija comenzó a moverse con violencia. Las letras se iluminaron bajo los dedos de los presentes, revelando un secreto enterrado en el tiempo: en 1860, un voraz incendio había consumido aquel mismo edificio, cobrándose la vida de dos niños. Sus almas, atrapadas entre las llamas de aquel infierno, nunca habían abandonado el local.
EL LLANTO
Si los espíritus de 1860 eran el origen, el año 2004 trajo la escalada del terror. Sería en marzo de ese año cuando el nuevo personal del restaurante comenzó a ser víctima de una tortura psicológica sutil pero devastadora. Empezaron a escuchar unos extraños sonidos que provenían del interior del restaurante, de sus entrañas más profundas.
Según relataría más tarde una de sus empleadas, con la voz aún temblorosa, el sonido era inconfundible: era el llanto desconsolado de alguien, resonando en la parte de arriba. Cada vez que subían las escaleras, con el corazón en un puño, no había nadie. Los pasillos estaban vacíos. Pero el llanto no se detuvo; al contrario, con el paso de los días se hacía cada vez más fuerte, más gutural, más cercano. Lo que comenzó en la planta superior, descendió. El llanto se situó entonces en la planta de abajo, invadiendo el espacio donde el personal desarrollaba su actividad laboral, rodeándolos, persiguiéndolos entre las mesas y las cocinas.
Aquellos lamentos dolorosos darían más tarde paso a un sonido aún más perturbador: las carreras. Pasos pesados y apresurados de algo o alguien que no se hallaba físicamente en la segunda y tercera planta, pero que corría sobre el suelo de madera como si huyera de un verdugo invisible. Un año más tarde, agotados por el terror y buscando humanizar al monstruo, los empleados del Restaurante bautizaron a este Fantasma con un nombre que evocaba autoridad y misterio: “El Coronel”.
EL VESTUARIO Y LAS SOMBRAS
El acoso no se limitaba a los sonidos. En una de las habitaciones usadas como vestuario, un espacio íntimo y vulnerable, la presencia se volvió agresiva. Alguien, una voz gutural y arrastrada, llamaba por su nombre a los empleados que entraban a cambiarse de ropa. Cada vez que el nombre resonaba en la habitación, iba acompañado de una extraña y punzante sensación de frío extremo, un frío que no enfriaba la piel, sino el alma. La sensación de ser observados continuamente, de tener una mirada clavada en la nuca, se volvió agobiante para estos trabajadores, empujándolos al borde del colapso nervioso.
Con el paso de los meses, la entidad decidió mostrar su verdadera naturaleza. Algo decidió bajar hasta la planta baja del Restaurante. Se trataba de una extraña sombra oscura, densa como el alquitrán, de aspecto humano pero carente de rasgos faciales, que se paseaba ante la atónita y paralizada mirada de los empleados y los clientes del “Viandas”. En otras ocasiones, esa misma sombra negra era vista subiendo las escaleras hacia las plantas superiores con una velocidad antinatural. A veces, la manifestación cambiaba: era una estela blanca, luminosa y de aspecto humano, la que pasaba en dirección a los servicios, dejando un rastro de escarcha en el aire.
A estas sombras se le unieron ruidos de pisadas que no eran provocadas por nadie. Extraños ruidos metálicos, susurros ininteligibles. Y entonces, el poltergeist despertó. Comenzaron a aparecer y desaparecer objetos sin que nadie supiera el por qué. Saltaron hechos pedazos varios cristales sin ningún motivo aparente, estallando en mil fragmentos. Un lavaplatos industrial, que no estaba enchufado a la corriente, comenzó a funcionar solo, rugiendo y expulsando chorros de agua caliente. Los cuadros cayeron de su ubicación, golpeando el suelo con estrépito, y una vitrina de cristal, estalló desde dentro, como si una presión invisible la hubiera destrozado.
EL PIANO INVISIBLE
La segunda y tercera planta parecían ser el foco, el nexo donde confluyen casi todos los fenómenos paranormales. Concretamente, en la segunda planta existe un piano antiguo que adorna una de las paredes del pasillo. En las noches de silencio, es frecuente oír sus notas, melodías tristes y descompasadas, tocadas por manos invisibles, para terror de los trabajadores y clientes del Restaurante.
Un camarero llamado Sebastián relata con la voz quebrada uno de los episodios más desconcertantes: «Colocando un día una mesa para una celebración de muchos comensales, bajé para recoger varios objetos ornamentales. Cuando subí, no me lo podía creer. En el local estaba yo solo, pero sin embargo, todos los servicios estaban puestos de otra forma, totalmente diferente a como yo los había dejado. Alguien los había cambiado en tiempo récord, aunque yo estaba solo en el local».
Además, describe cómo en la planta superior solía haber «olas de frío», cambios de temperaturas muy fuertes que empañaban los cristales y congelaban el aliento. «También es curioso porque muchas veces huele de forma extraña, como a incienso o algo similar por la escalera de subida, es tremendo. Quizás lo que más me impresionó es que estuve en la planta alta cambiándome y pude oír perfectamente cómo me llamaban, lenta y pausadamente: *Seeebaaasss*... Me impresionó muchísimo, ya que la voz surgía de la nada y en la planta no había nadie más que yo…».
El local también fue visitado por entidades más sutiles. Hay quien dice incluso haberse encontrado y conversado con un joven muy pálido y escuálido, de ojos hundidos y mirada perdida, del que nadie conocía su existencia, y que se desvanecía al parpadear.
Una camarera del local cuenta lo siguiente, con un escalofrío que aún la recorre: «Cambiándome en la planta alta, justo cuando me agachaba a atarme el zapato, levanté la vista ya que me sentí observada. Por el pequeño espejo de la habitación vi perfectamente a alguien que me observaba. Allí había alguien que me estaba mirando. Me giré bruscamente y sólo vi una sombra difusa, pero ni rastro de nadie en el largo pasillo… era imposible. Desde entonces tengo la certeza de que en el edificio hay algo más».
LA CRIPTA Y LA MEMORIA DE LA PIEDRA
¿Por qué de estos fenómenos? ¿Cuál es el origen de tanta oscuridad? El porqué es difícil de saber, pero la tierra bajo el restaurante está maldita. Está ubicado muy próximo a la Plaza de la Encarnación, lugar donde han sido localizados restos arqueológicos de las épocas tardo-romana y almohade de la ciudad, capas de muerte y conquista enterradas bajo el asfalto. La calle Arguijo es perpendicular a la fachada de la que fuese última residencia de los religiosos de la Compañía de Jesús, y en el mismo conjunto de la edificación se descubrió una cripta con ubicación a la calle Laraña.
En el año 1956 se reedifica el edificio y el arquitecto, quizás sabiendo lo que yacía bajo sus cimientos, creó una cripta de cemento para proteger los restos. Pero el cemento no puede sellar el dolor.
Se descubrió también que la calle había sido testigo de tragedias que cargaron el ambiente de energía negativa. En 1936, un sereno fue asesinado a cuchilladas cerca del local, su sangre empapando las piedras. En 1946, un tranvía descarriló en la esquina del edificio. En los años 50, apareció en la puerta del edificio una caja de cartón con el cadáver de un niño, abandonado a la intemperie. A inicios de los años 90, se alquilaban habitaciones del edificio en las que se hicieron sesiones de espiritismo, abriendo puertas que debieron permanecer cerradas. Y en 1995, una persona relacionada con los propietarios se suicidó en el edificio. Sin duda, una llamativa lista de trágicos sucesos que parecen haber cargado de energía oscura y rencor este lugar.
LOS OJOS DE LA MÁQUINA
A tenor de todos los fenómenos y testimonios, la compañía de seguridad instaló una serie de volumétricos y alarmas sonoras en el local. Lo que no esperaban es que la tecnología validaría el horror. Las alarmas comenzaron a saltar a media noche, evidenciando una presencia física en la desolada tercera planta. Los técnicos revisaron los datos y palidecieron: dichos volumétricos indicaban que había «algo» de al menos 45 kilogramos de peso, moviéndose por la sala. No era un ratón, no era el viento. Era una masa física, invisible pero pesada.
Después, la empresa decidió instalar un sistema de cámaras nocturnas conectadas a la centralita. Las grabaciones consiguieron captar extrañas «bolas» luminosas, orbes de luz blanca y azulada, desplazándose por el local con total libertad, atravesando paredes y mesas, observando a los cámaras de seguridad desde el otro lado de la pantalla.
El local fue, en otras épocas, un bar denominado como “Las Nuevas Columnas” (1995), Mesón “Sevilla Barbadillo” (1988), Textil San Carlos y anteriormente “Ferretería-Juguetería Víctor Rojo”. Todos ellos habían sentido el aliento frío de los espectros.
En la actualidad, el local se ha vuelto a remodelar y se le cambió el nombre a Perro Viejo Tapas Bar. Hay quien asegura que los fenómenos siguen ocurriendo, quizás en menor intensidad, camuflados entre el ruido de las conversaciones y el entrechocar de las copas. Pero los empleados lo saben. Cuando cae la noche y el último cliente se marcha, el frío vuelve a la escalera, el olor a incienso inunda el pasillo, y el Restaurante Viandas, bajo su nuevo nombre, sigue dispuesto a continuar dando su servicio... a vivos y a muertos.
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