MONASTERIO SANTA MARIA DE LOS ANGELES DE HORNACHUELOS:

Sierra de Hornachuelos. Córdoba.

LA MALDICIÓN DE HORNACHUELOS

En las profundidades de la Sierra de Hornachuelos, en la provincia de Córdoba, donde los árboles se retuercen como dedos esqueléticos y la niebla se aferra a la tierra como un sudario, se alza el Monasterio de Santa María de los Ángeles. Para entender su maldición, hay que remontarse al 14 de abril de 1490, cuando fray Juan de la Puebla, segundo conde de Belalcázar, decidió fundarlo. 

Los monjes no eligieron aquel lugar al azar. Se dejaron guiar por antiguas y perturbadoras tradiciones locales que aseguraban que, en las noches más oscuras, misteriosas luminarias emergían de las aguas negras del río Bembézar. Esas luces antinaturales subían colina arriba, desafiando la gravedad, hasta desvanecerse siempre en el mismo punto exacto de la montaña. Como si los ángeles, o quizás algo mucho más antiguo y siniestro, estuvieran señalando la ubicación donde se debía construir un lugar sagrado.

Pero su fundador, poseído por un celo enfermizo y celoso de que nadie desfigurara su obra maestra, lanzó una terrible maldición sobre aquellos que se atrevieran a reformarla. Auguró con voz sepulcral que «llovería fuego sobre la Montaña de Los Ángeles» si tal osadía ocurría. No sabemos si tendrá relación directa con esta profecía, pero el edificio ha sido devorado por las llamas en varias ocasiones a lo largo de su historia: el primero de los incendios fue en 1498, el segundo en 1543 y el último, el más devastador, en 1655. 

La imagen de aquellos monjes envueltos en llamas, con sus hábitos ardiendo como antorchas humanas, lanzándose al vacío en un intento desesperado y demente por alcanzar el río, es una de las escenas más espeluznantes que nuestra imaginación es capaz de concebir. Sus gritos aún parecen resonar en los barrancos cuando el viento aúlla.

LAS CUEVAS DEL PURGATORIO

El monasterio fue en sus orígenes un auténtico palacio, pero un palacio alejado del mundanal ruido, aislado de la civilización y rodeado de una soledad aplastante. Hoy, igual que ayer, sólo es accesible a pie por un angosto y escarpado sendero de 7 kilómetros que serpentea por la ladera de una montaña bordeada de abismos insondables, como el temido “Barranco del Infierno”. 

El lugar está rodeado de cuevas que esconden secretos macabros. Está la cueva de la “Mujer Penitente”, una gruta húmeda y oscura donde se encerró voluntariamente una mujer que buscaba, mediante el aislamiento y la meditación, redimir los pecados de una vida lasciva. Durante 10 largos años no abandonó su reclusión voluntaria, sobreviviendo en la penumbra, salvo para acercarse al convento a pedir agua y comida a los monjes. Pero un día dejó de ir. El silencio se apoderó de la cueva hasta que su cuerpo sin vida, en avanzado estado de descomposición, fue hallado en su interior. Desde entonces, decenas de senderistas afirman haber visto una figura traslúcida y llorosa que, una y otra vez, recorre el mismo camino, el que conecta aquella gruta maldita con la entrada al monasterio.

No es la única. La Cueva del Soldado, la del Copero de Carlos V o la del Hermano Diego guardan sus propios horrores. Al Hermano Diego lo encontraron muerto en su cueva, de rodillas, con las manos unidas en una oración eterna y el rosario apretado en sus dedos rígidos, como si la muerte lo hubiera sorprendido en pleno éxtasis... o en pleno terror.

La montaña también está impregnada de viejas leyendas trágicas. Como la de Ecijano, el creador de la grandiosa Cruz de granito blanca de 9 metros de altura, ubicada unos metros antes de llegar al Monasterio. La erigió por una promesa cumplida, pero el esfuerzo le costó la vida: falleció justo al terminar su obra, cayendo fulminado ante su propia creación. O la de Antonio Roldán de Pozoblanco, un vecino de la zona que falleció al caer por un barranco. Su espectro, condenado a vagar, se aparecía a las gentes del lugar pidiendo a gritos que se enterraran sus huesos, hasta que un pastor, presa del miedo, los recogió y les dio cristiana sepultura. Solo entonces, el fantasma dejó de aparecerse.

SANGRE, LOCURA Y EL SALTO DEL FRAILE

El amor y la lujuria también dejaron su rastro de sangre en estas piedras. Un buen día se presentaron a las puertas del convento un aristócrata inglés con su amada, huyendo de la familia de ella, que no aprobaba la unión. El noble, desesperado, ofreció toda su fortuna a los frailes a cambio de que les permitieran instalarse en el templo, y éstos, tentados por la codicia, aceptaron. 

Pero el secreto no duró. Al poco tiempo, los familiares de la joven descubrieron el paradero de la pareja y se personaron en el recóndito lugar, armados y reclamando venganza por el daño infringido a su apellido. En el forcejeo, entre gritos y el brillo del acero, la chica recibió una puñalada de su propio hermano, falleciendo en el acto, su sangre manchando los sagrados suelos del monasterio.

Después del violento suceso, los frailes ordenaron al inglés abandonar sus estancias. Pero el dolor lo había enloquecido. Se recluyó en una de sus celdas y se negó a marcharse. Durante días, su personalidad fue cambiando poco a poco, consumido por la oscuridad, hasta perder la cordura por completo. De repente, abandonó la habitación, empujó de forma violenta a los monjes que salieron a su paso, y tras subir a lo más alto del campanario, se arrojó al vacío, estrellándose contra las rocas.

A unos 200 metros del Seminario, siguiendo por el sendero que bordea el barranco, se encuentra otro lugar maldito: “El salto del fraile”. Allí se encuentra una vieja casa sin techo, de muros de piedra y una enorme chimenea que parece una boca abierta. Junto a ella, un saliente desde el que se tiró el Fraile confesor de la mujer de Antonio Muñoz. Antonio, enterado de los amoríos de su mujer y el fraile, subió hasta el salto del fraile en un ataque de furia ciega. Apuñalando a éste, lo tiró por el barranco. Milagrosamente, el fraile salió ileso de la caída, pero Antonio fue encarcelado por el alcalde de Hornachuelos, Don Francisco de los Infantes.

LA CAPILLA DEL TIEMPO DETENIDO

Sin duda, un lugar misterioso donde los haya. La impregnación de seis siglos de sufrimiento, penitencia y la durísima vida monacal sigue entre sus viejos muros. A los moradores se les obligaba a ir descalzos sobre la piedra helada, a no poder hablar entre ellos durante la semana, sumidos en un silencio enloquecedor, y a comer pan sólo los jueves y domingos. Ese dolor, ese hambre y ese silencio se filtraron en la cal y la piedra.

Los fenómenos que suelen observarse en el Monasterio, y en los que todos los investigadores y senderistas coinciden, son aterradores. Golpes en las paredes que responden al mismo número de golpes dados por los investigadores, como si algo al otro lado estuviera jugando. Ventanas que se abren y cierran solas con estrépito. La sensación constante, opresiva, de ser vigilado desde las sombras. Pasos pesados cuando el edificio está completamente vacío y voces susurrando en el interior sin que haya nadie dentro. Arañazos profundos en las paredes e incluso fenómenos de aportes o materialización de objetos que nadie sabe de dónde vienen.

Pero el epicentro del terror es la Capilla. Los investigadores hablan de cambios bruscos de temperatura, de un frío que corta la respiración, en donde el tiempo parece haberse detenido. Su aspecto es infinitamente más tétrico que en el resto de edificaciones. La sensación de incomodidad, de que algo maligno te observa desde el altar, se hace patente a todo aquel que se atreve a cruzar su umbral.

LOS NUEVOS HABITANTES DE SAN GABRIEL

La historia del monasterio es un ciclo de abandono y reutilización. En 1836, la desamortización de Mendizábal obligó a los frailes a abandonar el monasterio. El Estado vendió el edificio y sus tierras.
En 1884, los Marqueses de Peñaflor adquirieron la propiedad y la convirtieron en finca de caza, alterando gran parte de la construcción original. En la segunda mitad del siglo XX, la marquesa donó el espacio a la Diócesis de Córdoba con la condición de convertirlo en seminario, dando origen al nombre actual. Lo más antiguo que se conserva es la iglesia, de 1763, antes de que quedara abandonado en la década de 1970, entregado a la maleza y a los fantasmas.

Pero el Seminario ha dejado de estar en estado de abandono y fue reformado. En enero de 2017 ya se celebró una reunión de antiguos seminaristas en él, volviendo a pisar los pasillos malditos. Y en 2021, tras décadas de abandono, parte del complejo abrió como Residencia San Gabriel, un centro de reinserción social donde exreclusos se forman como agricultores, apicultores y en oficios de construcción.

Las sombras de Hornachuelos, sin embargo, no han desaparecido. Los muros han visto el sufrimiento de monjes descalzos, la locura de un inglés enamorado, la penitencia de una mujer encerrada y la sangre de amantes traicionados. Y ahora, esperan pacientemente en la oscuridad de la sierra para recibir a sus nuevos habitantes, almas marcadas por la condena, dispuestas a escuchar los golpes en las paredes y los susurros en la capilla. Porque en el Monasterio de Santa María de los Ángeles, el pasado nunca muere; solo espera en la penumbra.