ANTIGUO CONVENTO-HOSPICIO DE SAN LUIS:
LA CALLE DE LAS ÁNIMAS PERDIDAS
En el corazón palpitante y devoto del sevillano barrio de la Macarena, donde el olor a incienso, azahar y cera derretida suele embriagar los sentidos, existe una calle que parece haber sido maldecida por los propios cielos. La calle San Luis.
Lo que hoy es un solar en obras y un centro cultural, antaño fue el majestuoso y tétrico Convento-Hospicio de San Luis. Pero la superficie es solo una mentira; la verdadera historia de este lugar está enterrada bajo metros de tierra, sangre y olvido. El lugar se encuentra en una zona histórica de una arqueología rica y oscura, con estratos que se hunden en el tiempo hasta el lejano y brumoso periodo prerromano.
Durante las excavaciones, la tierra escupió sus secretos más macabros: aparecieron útiles y vasijas romanas. Pero no eran ofrendas a los dioses; algunas de aquellas vasijas de barro contenían en su interior piezas humanas, huesos triturados y restos de un viejo cementerio romano profanado por el tiempo. La codicia humana hizo el resto: muchos de estos restos fueron expoliados en la oscuridad de la noche por gentes que creyeron, en su ignorancia, que podían sacar un ingreso extra vendiendo reliquias malditas.
Entre los escombros y la tierra negra, apareció una inquietante tablilla, grabada con una advertencia que rezaba con letras temblorosas: *“No turbar la paz de este lugar”*.
Por desgracia, la leyeron demasiado tarde. La maldición ya estaba despierta.
EL POLTERGEIST DE LA GRÚA
Los trabajos de construcción en el solar se paralizaron repentinamente, no por falta de presupuesto, sino por el pánico visceral. Comenzaron a aparecer restos humanos entre los cimientos. Los continuos e inexplicables retrasos, la desaparición de componentes y el miedo cerval de los operarios obligaron a detener las máquinas. Los obreros esgrimían historias de desapariciones y apariciones de figuras fantasmales que se paseaban entre los andamios bajo la luz de la luna.
Los primeros en notar que algo extraño, algo profundamente maligno, ocurría en el solar, no fueron los hombres, sino los perros. Los animales que habitaban guardando la obra comenzaron a comportarse de manera errática. Se quedaban en actitud defensiva, con el pelo erizado y los labios retraídos, mirando fijamente un punto vacío en la oscuridad. Se volvían terriblemente agresivos, ladrando a las sombras, aullando a la nada, como si estuvieran viendo a alguien, o a *algo*, acechando entre las vigas de acero.
Según el testimonio de uno de los trabajadores, las pesadas maquinarias se encendían y apagaban solas en la madrugada, rugiendo como bestias mecánicas poseídas. Los hombres se sentían vigilados, acompañados por extrañas presencias que respiraban en sus nucas. Pero lo más desconcertante era lo que ocurría con las herramientas. Cada mañana, al llegar a la obra, las encontraban siempre amontonadas unas encima de otras en el centro del solar.
Al principio, lo achacaron a algún grupo de gamberros del barrio. Hartos, decidieron tomar medidas drásticas: metieron todas las herramientas en un pesado arcón metálico, lo cerraron con gruesas cadenas de hierro y un candado de acero, y lo colgaron de la pluma de la grúa, a bastantes metros del suelo, en el vacío. Imposible de alcanzar. Imposible de abrir. Pero al día siguiente, al regresar al trabajo, la sangre se les heló en las venas: allí estaban otra vez todas las herramientas, amontonadas en el suelo, exactamente como siempre. Y el arcón, cerrado con sus cadenas intactas y el candado en su sitio, colgaba en la grúa, exactamente en donde lo habían dejado.
LOS VIGILANTES DEL VACÍO
El terror se cebó con los vigilantes de seguridad, los únicos valientes (o imprudentes) que se atrevían a caminar por el solar de noche.
A uno de ellos, la radio le dio un susto de muerte. El dial se volvió loco, cambiando de frecuencia sin parar, escupiendo estática y susurros ininteligibles, hasta que se paró en seco y ya no le volvió a funcionar nunca más, como si una entidad hubiera drenado su energía. Durante ese suceso, el vigilante notó una corriente muy fría de aire, un aliento gélido que le rozaba la nuca, y la extraña, insoportable presencia de alguien a su espalda. Pero allí no había nadie más. Lo peor llegaría segundos después, cuando notó cómo alguien le daba suaves golpes en el hombro. Al girarse, aterrorizado, pudo ver las huellas formando lentamente en el polvo del suelo, marcando el camino de alguien que se alejaba de allí hacia la nada.
Otro de sus compañeros, en su turno de noche, oyó claramente una voz que le llamaba por su nombre desde la oscuridad. Al aproximarse al origen del sonido, con el corazón desbocado, se encontró cara a cara con una silueta humana, borrosa, que se reía de él con una carcajada seca, burlona y gutural, para desaparecer al instante en la penumbra.
LAS ESFERAS VERDES Y EL BAÚL
La investigación desveló que el lugar guarda una extraña y particular relación con la muerte. Se descubrió un macabro panorama de suicidios, crímenes y oscuras muertes que cubren la calle San Luis. Durante la década de los 90, la calle registró tres suicidios. Dos de ellos provocados por personas con graves y extrañas depresiones que no encontraron más salida a sus problemas que la de arrebatarse aquello único que poseían: su vida.
La muerte de Manuel Cantelar es una de las más perturbadoras. Era una persona triste y meditabunda. Comentaba a sus amigos y allegados, con la voz quebrada, que solía ver desde su azotea, en el solar frente a su casa, unas esferas o brumas luminosas de color verdoso fluorescente. Aquellas luces antinaturales atravesaban la calle y entraban en su casa por las ventanas del bajo. Aterrorizado, sentenció: *«Esas luces vienen a por mí y nunca me cogerán con vida…»*. Fuentes oficiales argumentaron que, en un arrebato de locura tal vez provocado por esas extrañas visiones, buscó un cuchillo de caza, lo afiló, se lo apoyó en el esternón de su pecho, y echó a correr contra la pared del pasillo. Con el tremendo golpe, la hoja atravesó limpiamente su pecho. Muchos comentan que es su alma la que jamás abandonó el barrio y que aún se la puede ver vagando entre las brumas verdes.
Tampoco hemos de olvidar en esta crónica el “cadáver del baúl”. Un buen día, el acaudalado viajante sevillano D. Pelayo Roldán se marchó, supuestamente en uno de sus tantos viajes de trabajo. Sus sobrinos, alertados por unos vecinos al ver que el tiempo pasaba y no aparecía, avisaron a la Policía. Cuando se personaron en el inmueble, una vez registrado, no hallaron nada anormal: la casa estaba perfectamente ordenada, demasiado ordenada, como si el tiempo se hubiera detenido. A uno de los policías le llamó la atención un viejo baúl de madera en una esquina. Unas manchas aceitosas, oscuras y viscosas, se filtraban por las juntas del fondo. Con el estómago revuelto, lo abrió. Allí apareció el cuerpo sin vida y en avanzado estado de descomposición de D. Pelayo. Su muerte fue una tragedia tan extraña como enigmática.
LOS NIÑOS DEL HOSPICIO Y EL TURISTA FRANCÉS
El tercer fallecido era una persona amable, de buen sentido del humor, un hombre de negocios muy conocido, vecino de la misma calle San Luis y frente al edificio del CAT (Centro Andaluz de Teatro). Cuando enviudó, necesitó de una asistenta que le mantuviera su casa en perfecto orden. Pero en un momento de su vida, el delirio hizo acto de presencia.
Comenzó siendo testigo de burlas, gritos y gamberradas. Decía, señalando al edificio abandonado: *«Desde las ventanas frente a mi casa los niños me tiran cosas a los balcones»*. Salía a la calle, a altas horas de la madrugada, con los ojos desorbitados, gritando al vacío: *«¡Que alguien calle a los niños del hospicio que juegan durante la noche en la calle… dan grandes saltos, se encaraman a los balcones y no me dejan dormir!»*. Tal fue la frustración y el agotamiento de este hombre que a sus allegados volvió a repetir la frase: *«Estos a mí no me cogen vivo»*.
Una mañana, cuando su asistenta abrió la puerta del zaguán, encontró una silla tumbada en el suelo y unos pies colgando. El señor se había ahorcado sin causa aparente. Lo más curioso y escalofriante es que en el Convento-Hospicio hacía 25 años que no era ocupado por niños… el edificio se mantuvo cerrado y vacío hasta que en los años 90 se reutilizó para la sede del Centro Andaluz de Teatro.
Una mañana, cuando su asistenta abrió la puerta del zaguán, encontró una silla tumbada en el suelo y unos pies colgando. El señor se había ahorcado sin causa aparente. Lo más curioso y escalofriante es que en el Convento-Hospicio hacía 25 años que no era ocupado por niños… el edificio se mantuvo cerrado y vacío hasta que en los años 90 se reutilizó para la sede del Centro Andaluz de Teatro.
A esta lista negra se sumó la muerte de un súbdito francés, que fue tiroteado frente al comentado solar de la calle San Luis. Sin motivo aparente, sin causa justificada y sin mediar palabra o robo, las balas acabaron con su vida después de una larga y agonizante muerte. Una nueva vida que se cobraba la leyenda negra del lugar.
EL TEATRO DE LOS ESPECTROS
En este lugar, el CAT (Centro Andaluz de Teatro), se ha registrado una actividad paranormal que ha inquietado profundamente a sus alumnos y profesores. Actualmente dedicado a la Producción de Montajes Teatrales, en otros tiempos también se dedicó a la formación de actores. Precisamente, muchos han oído ruidos extraños, han visto luces y cuerpos luminosos moverse por el recinto, alaridos desgarradores y extrañas apariciones y desapariciones de objetos ante los ojos de los vigilantes nocturnos.
En concreto, las zonas de más actividad paranormal se registran en un pasillo en forma de “L” de unos doce metros de largo, un corredor donde el aire se vuelve denso y el aliento se congela. En él existe una entrada a la cripta, cerrada por una vieja puerta de madera franqueada por una sólida verja de hierro que parece contener algo más que huesos.
La segunda zona caliente la encontramos en los pasadizos existentes entre las taquillas o vestuarios que se comunicaban con el patio o aula de interpretación. En esta zona también se pudieron ver extrañas formas luminosas y lastimeros quejidos sin origen definido, ya que en el lugar no había nadie excepto el cuerpo de seguridad.
Un alumno, aún con el recuerdo grabado a fuego en su memoria, contaba su experiencia: «Era de noche, mes de Febrero, hacía un frío que calaba los huesos y solo quedábamos algunos ensayando. Yo iba desde el patio de la cafetería hacía la zona de vestuarios, entonces me sacudió una terrible "ola" de frío, de esas que duelen en los dientes. Al fondo del pasillo pude ver una especie de humo espeso y gris que avanzaba hacia mí. Intenté correr, pero me atravesó. Sentí un vacío helado en el pecho, y entonces todo volvió a ser normal…».
Los vigilantes de seguridad comentan sus experiencias con la voz quebrada: «No sé lo que allí habrá, pero de este mundo no es… Los que cumplíamos servicio de noche en el edificio nos negábamos a trabajar solos, aquello era de locos. Ruidos extraños, quejidos lastimeros, llantos de niños, fríos repentinos, risas de adultos… Bajar a la cripta era lo peor. Cada vez que se abría la puerta e ibas para allá, un quejido te helaba la sangre. Muchos estábamos de los nervios y no era raro que a medianoche un compañero pidiera el relevo de servicio por no aguantar más».
Dentro del CAT localizamos otra zona conflictiva, se trata de una tétrica capilla, cuyo emplazamiento es famoso por los extraños ruidos que allí se producen. Y no es de extrañar, ya que la decoración de la misma la componen cráneos y huesos humanos reales, dispuestos como macabro ornamento, observando con sus cuencas vacías a quien se atreva a entrar.
EL AVISO
El influjo del lugar también afectó al investigador José Manuel García. Tras avanzar la noticia en una conexión para el programa “Milenio 3”, cayó víctima de unas extrañas y repentinas fiebres que lo postraron en cama, sudando frío y delirando. No sin antes comprobar la negatividad extrema y los extraños ruidos en el lugar. Fue una noche de pesadilla en la que una voz gutural le repetía una y otra vez en la oscuridad de su habitación: *«Es sólo un aviso… es sólo un aviso…».
El hecho no dejaría de ser casual si no fuera porque días después, y una vez restablecido, revisando las fotografías de los suicidas y muertos en este lugar, descubrió con horror que la cara de sus pesadillas, la entidad que le susurraba, pertenecía a Manuel Cantelar, el hombre de las esferas verdes.
Otro suceso escalofriante fue el sucedido durante la grabación de un cortometraje en la cripta. Sus protagonistas pudieron contemplar, paralizados de miedo, cómo unas manos invisibles agarraban y zarandeaban el micro-jirafa, moviéndolo de un lado a otro con violencia y ocasionando ruidos metálicos que provocaron pavor entre sus componentes. El corto necesitó eliminar por completo la banda de audio y volverla a grabar para evitar la gran cantidad de psicofonías, susurros y respiraciones que acompañaban la banda original. Nadie lo sabe a ciencia cierta, pero su directora, pálida y visiblemente afectada, sólo decía que: «Lo interferido en la banda de audio no era de este mundo…».
El que ocurran fenómenos extraños en algún edificio o casa abandonada no es algo extraño. Lo extraño, lo verdaderamente aterrador, es que se den en varios edificios de una misma calle, como si convergieran allí, en la calle San Luis, infinidad de fuerzas inexplicables, hambrientas y eternas, esperando a que alguien turbe, una vez más, su paz.
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