CALLE ANTONIO GRILO:
LA CICATRIZ DE MALASAÑA
Hay calles en Madrid que no solo se caminan, sino que se sufren. Calles donde el asfalto y los adoquines han bebido tanta desgracia que la tierra misma parece negarse a olvidar. En el barrio de Malasaña, junto a la plaza de los Mostenses, existe una de ellas: la calle Antonio Grilo.
Para el transeúnte desprevenido, es una vía más de la ciudad, pero sus muros guardan un historial de muerte tan denso que los propios vecinos comenzaron a murmurar que el lugar estaba maldito. A lo largo de los años, la calle se cobró víctimas de las formas más crueles y absurdas. Varios vecinos se quitaron la vida arrojándose al vacío desde sus ventanas, buscando en el suelo el único escape a sus demonios. Otros perecieron en accidentes inexplicables, atropellos brutales o derrumbamientos súbitos. El temporal que azotó la ciudad se cobró víctimas al arrancar ramas de árboles que golpearon mortalmente a los viandantes. Incluso hubo un caso de una crueldad casi cómica y macabra: una pesada viga de obra se desplomó desde un andamio, atravesó el toldo de un comercio y cayó sobre un cliente inocente que simplemente esperaba su turno. Abundantes sucesos de esta índole, tejidos con hilo de tragedia, dieron lugar a que la gente comenzara a pensar que la calle estaba maldita.
Su nombre actual rinde homenaje a un poeta menor, Antonio Fernández Grilo, un hombre que, en una ironía del destino, compuso una oda al mar sin haberlo visto nunca. Pero antes de llevar ese nombre, la calle se llamaba Calle de las Beatas, un topónimo que evocaba el convento que allí había: el beaterio de Santa Catalina de Siena, fundado en el siglo XVI. Junto a él se hallaba el Hospital de Convalecientes, el primero de su género en toda España. Allí eran enviados aquellos enfermos que ya habían superado el peligro mortal, pero aún no estaban listos para volver al mundo de los vivos, un lugar de tránsito. Poco a poco, el hospital se transformó en el convento de San Bernardo, regentado por monjes cistercienses, que permaneció en pie hasta 1846.
Pero la santidad de los conventos no fue suficiente para detener la oscuridad. Y esta calle maldita ya sería conocida por su primer crimen, el que abrió la grieta en la realidad.
LA SOTANA MANCHADA Y EL PERDÓN DEL REY
Era un sacerdote de misa diaria. Según los registros, daba servicio en la iglesia de San Martín. Un hombre de Dios que, sin embargo, había sucumbido a la tentación de la carne: una joven costurera que le remendaba la ropa litúrgica. La muchacha, vecina del barrio, acabó convirtiéndose en el centro de los desvelos y la lujuria del clérigo.
Pronto comenzaron las rondas nocturnas. El cura, infligiendo su propia moral hipócrita, se presentaba tras la caída del sol por las inmediaciones de la calle de las Beatas, con la excusa de una sotana rota, buscando la sombra de los callejones para sus encuentros ilícitos.
Un hortelano de la zona, hombre recto y conocido en el barrio, decidió intervenir. Había visto las visitas nocturnas, escuchado los murmullos en la oscuridad y no dudó en enfrentarse al sacerdote. En público, incluso, alzó la voz: "Eso no es propio de su estado", se atrevió a decirle, desafiando la autoridad de la Iglesia.
Una noche, el hortelano apareció apuñalado en plena calle de las Beatas. Su cuerpo yacía sobre los adoquines fríos, y el rastro de sangre, espeso y oscuro, se prolongaba por el empedrado hasta desaparecer a las puertas de la parroquia de San Sebastián, donde muchos delincuentes de la época buscaban refugio, confiando en la inmunidad que aún ofrecían las sagradas paredes de la Iglesia.
La Guardia, al examinar el camino manchado, entendió que el asesino había buscado cobijo en el templo. El sacristán, nervioso y sudoroso, identificó la actitud extraña de un hombre vestido con sotana… y ahí comenzó la detención. Como se trataba de un miembro del clero, se necesitó la autorización del arzobispado y una presión poco habitual para aquellos tiempos, en los que los sacerdotes solían salir airosos con solo cambiar de parroquia.
Y, sin embargo, ocurrió algo inédito: el cura fue juzgado por la justicia ordinaria, convirtiéndose en el primer sacerdote en Madrid en ser procesado sin el habitual encubrimiento eclesiástico. Fue hallado culpable y condenado a muerte.
Pero en el último minuto, Carlos III intervino. No por piedad, sino por fría estrategia política. El rey no quiso permitir un escándalo que empañara el nombre de la Iglesia en una capital que apenas empezaba a alinearse con la modernidad europea. El sacerdote fue perdonado. El crimen, oficialmente cerrado. Y el silencio, restaurado.
Aquella sangre en el empedrado pareció inaugurar una época. Una grieta que nunca volvió a cerrarse del todo. Desde entonces, cada generación ha dejado sobre esa calle su propio eco de tragedia, como si el asesinato del hortelano hubiese sido una especie de pacto con el diablo. Un aviso.
EL ÁCIDO, EL CLOROFORMO Y LA NAVAJA
Y quizá por eso, aunque la calle cambió de nombre un siglo más tarde, el eco de aquel primer crimen nunca dejó de resonar, mutando en nuevas formas de horror.
En 1909, el dolor y los celos se transformaron en un líquido corrosivo. Una mujer paralítica, despechada y consumida por la amargura al saber que su marido le era infiel, decidió rociarlo con ácido sulfúrico, tomándose la justicia por su mano entre gritos de agonía y el olor a carne quemada.
Poco después, se tiene constancia del suicidio de un vecino que se arrojó al vacío desde su vivienda, sin dejar nota ni explicación. Se habló de deudas, de una decepción amorosa, de problemas con el alcohol… pero nadie pudo confirmar nada. Solo quedó su cuerpo destrozado en mitad de la calle, como un mal augurio de lo que vendría después.
En 1911, la oscuridad se cobró a los más inocentes. Un misterioso hombre atacó a dos menores y drogó con cloroformo a uno de los niños para robarle, desvaneciéndose en las sombras después, dejando a la víctima sumida en un sueño.
El 2 de marzo de 1915, la calle volvió a mancharse de sangre. Ángel Castellanos paseaba con su prometida, Emilia Navas, disfrutando de la noche, cuando al llegar al nº3 de la calle, se toparon con un espectro del pasado: Daniel Yagüe, exnovio de Emilia y conocido por su carácter irascible y su afición a la bebida. Daniel los increpó. Les pidió que se quedaran a tomar algo con él. Insistió. Suplicó. Luego, la súplica se transformó en furia. Sacó una navaja del bolsillo y, sin mediar palabra, degolló a Ángel allí mismo, dejando a la joven envuelta en un charco de sangre y gritos desgarradores. Fue detenido pocas horas después, todavía con las manos manchadas de rojo.
Años después, Carlota Pereira fue asesinada cerca del edificio por orden de su propio marido, sumando otro eslabón a la cadena de la muerte.
El 18 de abril de 1926, tres vecinos bromeaban en un bar, riendo a carcajadas. Continuando la broma, al salir precipitadamente del local se tropezaron con un individuo que no encajó bien la gracia de los tres hombres. Sacando una navaja, asestó una puñalada a uno de ellos en el tórax, silenciando la risa para siempre.
En el año 1932, en el Café San Bernardo, uno de los establecimientos más concurridos del barrio, fue escenario del siguiente episodio. Dos cocineros, compañeros de trabajo, discutieron por motivos que nadie pudo precisar. Lo cierto es que salieron a la calle entre gritos y allí estalló la violencia. Uno rompió una botella y la usó como arma improvisada. El otro sacó un cuchillo de cocina, probablemente del mismo local, y le asestó una puñalada en el estómago tan certera que el cuerpo se desplomó entre las baldosas, prácticamente en el mismo lugar donde 17 años antes había caído Ángel Castellanos. La sangre buscaba sus viejos cauces.
La prensa, por primera vez, usó una expresión que hasta entonces no había aparecido: “La maldita calle de Antonio Grilo”.
EL HEDOR DE LA MUERTE
El 1 de mayo de 1933, un fuerte temporal azotó Madrid. Las lluvias arreciaron y el viento aulló, arrancando tejas, cristales y árboles. Entre las víctimas del día figuró Doña Petra Pérez, de 70 años, vecina de Antonio Grilo. Fue golpeada por una estructura metálica desprendida que le causó la muerte en el acto. Ese mismo día, otro vecino, Virgilio Gutiérrez, sufrió heridas graves en la cabeza y el pecho por la caída de una cornisa. Virgilio vivía en el número 14 de Antonio Grilo… un edificio que se había derrumbado parcialmente un año antes, dejando a siete familias sin hogar y sumidas en la miseria.
Las familias empezaban a marcharse. Los rumores crecían… y las sombras, también. Una sensación densa, de que allí, en esa calle, había algo que no encajaba. Que estaba vivo y esperando.
Era noviembre de 1945. Todo parecía volver, poco a poco, a su lugar. Todo, menos el olor que salía del primer piso del número 3 de la calle Antonio Grilo.
Durante días, los vecinos del edificio habían notado algo extraño. Un olor como de basura mojada. Pero no era eso. Era más denso y nauseabundo. A cada hora que pasaba, parecía colarse con más fuerza por las rendijas de las puertas, impregnando la ropa y la piel. Y entonces alguien dio el paso que otros no se atrevieron: avisó a la policía.
Cuando los agentes forzaron la puerta del primer piso, la escena era ya insoportable. Felipe de la Braña Marcos, camisero de 48 años, yacía sin vida sobre su propia cama, en un avanzado estado de descomposición. El hedor era tan fuerte que los inspectores tuvieron que cubrirse el rostro con pañuelos empapados en colonia. El cuerpo presentaba una profunda herida incisa y contusa en la cabeza, como si alguien le hubiese golpeado con un objeto contundente, posiblemente un martillo. Junto a él, en una de sus manos rígidas por el rigor mortis, un mechón de pelo oscuro, arrancado con fuerza en una lucha desesperada. No era suyo.
Los muebles estaban revueltos. Había cajones abiertos, documentos por el suelo, un armario forzado… Pero nada robado: ni dinero, ni joyas, ni relojes. El forense estableció la fecha de la muerte entre el 3 y el 4 de noviembre. La policía intentó reconstruir las últimas horas del camisero. Se sabía poco de él: discreto, soltero, trabajaba en el barrio, atendía pedidos a domicilio. Algunos vecinos dijeron haberle visto con una mujer unas semanas antes. Una joven morena, elegante, que no era del edificio. Nunca volvió a aparecer.
Tampoco hubo testigos. Nadie oyó gritos. Nadie escuchó pasos. Nadie vio entrar ni salir a nadie en los días del crimen. Solo el olor, ese fue el único testigo… y llegó tarde. El caso quedó sin resolver. Los periódicos apenas le dedicaron unas líneas. El primer piso quedó vacío durante meses. Nadie lo quería alquilar. Los niños dejaron de subir a jugar a la azotea. Las vecinas bajaban la basura más deprisa, sin detenerse a hablar en el rellano. Como si algo se hubiese quebrado en la atmósfera del inmueble.
En septiembre de 1948, la policía encontró el cadáver de otro vecino de este inmueble con la parte trasera de la cabeza destrozada. De nuevo el crimen quedó sin resolver y nunca se detuvo al culpable de esta muerte.
LA MASACRE DEL SASTRE
Sin embargo, el crimen más atroz y sonado de Antonio Grilo tuvo lugar en el número 3, el lugar más maldito de la calle.
Era el 1 de mayo de 1962. José María Ruiz Martínez tenía 44 años, una sastrería en la cercana calle Luna, una buena clientela y lo que muchos consideraban una vida ejemplar. Estaba casado con María Dolores Bermúdez, de 40 años, madre de sus cinco hijos: María Dolores (14), Adela (12), José María (10), Juan Carlos (5) y Susana (2). Vivían en el 3ºD, un piso amplio, con muebles cuidados y cierto desahogo económico. Era, según los vecinos, un hombre educado, cariñoso con sus hijos, puntual en misa y dedicado a su negocio. Su único “vicio”, decían, era jugar a la quiniela.
La noche previa todo parecía normal. La empleada del hogar, Juanita García Capitán, cerró la cocina, limpió los últimos platos y se retiró a su habitación. Pero a eso de las 5:30 de la madrugada, según ella misma declaró, escuchó un suspiro largo, ahogado, casi un sollozo, que la sobresaltó en la oscuridad. Minutos después, el señor de la casa la llamó, le pidió que fuera a la farmacia de guardia. Dijo que uno de los niños se había puesto mal. Ella se vistió y bajó. Fue la última vez que vio con vida a alguien más en esa casa.
Primero mató a su mujer, a la que golpeó con un martillo mientras dormía en la cama matrimonial. A su lado, la pequeña Susana dormía. También a ella le cortó el cuello. Uno a uno, fue entrando en las habitaciones, moviéndose como un depredador en la penumbra. A cada uno le reservó un final distinto: cuchillo, pistola, golpe.
La hija mayor se despertó con el estruendo. Intentó huir. Se encerró en el baño, cerró el pestillo con manos temblorosas. Pero su padre derribó la puerta a patadas. Le disparó en la garganta.
A las 7 de la mañana, todos estaban muertos.
Y entonces el sastre salió al balcón con dos de sus hijos en brazos, aún sangrantes, y gritó a la calle con los ojos inyectados en sangre: “¡Los he matado! ¡Por no matar a otros canallas!”
Cuando los agentes llegaron, José María se había atrincherado. Solo aceptaba hablar con un cura carmelita y repetía que “toda su familia descansaba felizmente”. Se buscó al carmelita, el padre Celestino, en el Templo de Santa Teresa de la Plaza de España. Este intentó calmar a José María, pero el hombre estaba cada vez más fuera de sí, hablando con alguien que no estaba allí.
Fue en ese momento, cuando la policía intentó forzar la puerta de la vivienda para acceder a ella, pero instantes antes de conseguirlo, se escuchó una detonación en el interior del piso. La imagen que encontraron fue espeluznante: los cuerpos sin vida y mutilados de sus cinco hijos, el de su esposa y el suyo propio, este con un tiro en la cabeza, yacían en distintas partes de la vivienda.
No había carta. No había antecedentes de violencia. Los informes forenses hablaron de “depresión grave”, diagnosticada por el psiquiatra que ya le había atendido. El tratamiento que necesitaba —decía el médico— requería internamiento urgente y electroshock. Pero nunca ingresó. Tenía que trabajar. Tenía que seguir adelante.
Algunos apuntaron a un problema con el chalé familiar cuyas obras se habían detenido por falta de liquidez. Otros hablaron de un brote psicótico. Pero lo cierto es que no había conflictos matrimoniales, ni deudas, ni motivo conocido. Salvo uno: “Las voces me obligaban a hacerlo.”
Eso fue lo que, según testigos, José María susurraba mientras mostraba los cadáveres desde el balcón. Y eso fue lo que alimentó desde entonces la leyenda maldita de la casa. En el piso se han realizado investigaciones paranormales con sensitivos y equipo técnico, y los resultados han sido positivos, registrándose psicofonías en el lugar, voces que aún resuenan en el 3ºD.
EL SECRETO DEL CAJÓN Y LOS HUESOS BAJO TIERRA
En abril de 1964, en el número 3 de esta calle maldita, de nuevo en el tercer piso donde el sastre mató a toda su familia, vivían entonces dos hermanas: María del Rosario Agustín y Pilar Agustín Chimeno, junto con Rufino, marido de la primera.
Un día, Pilar sufre una hemorragia y es ingresada. Nada hacía sospechar que en su ausencia quedaba en la casa un rastro brutal de su secreto. Cuando María fue al armario de su hermana para recogerle ropa que llevarle al hospital, lo encontró: “Muy bien colocadito, con las manos juntas”, declararía más tarde entre lágrimas.
Dentro de un cajón, envuelto en una toalla, había un recién nacido sin vida. Un bebé estrangulado.
Pilar era una mujer soltera, de 24 años, natural de Sevilla, había llegado a Madrid buscando una nueva vida. Pero ser madre soltera seguía siendo una cruz social, un escándalo… todo eso pesaba más que la vida que acababa de traer al mundo. Pilar decidió que nadie sabría nunca que había parido: ni su cuñado, ni su hermana. El parto, al parecer, se produjo en el propio piso. Sola. De noche. Pilar lo estranguló con sus propias manos, lo envolvió con cuidado y lo depositó dentro del cajón del armario, en la oscuridad.
Fue detenida e ingresada de nuevo, esta vez acusada de infanticidio. La prensa recogió la noticia: “Otro crimen en la casa maldita de la calle Antonio Grilo”. Pero ni el juicio ni la condena trascendieron demasiado. Quizá porque la historia resultaba demasiado incómoda.
Y la tierra misma de la calle parecía estar podrida. En unas obras de remodelación en la década de los 90, se hallaron fetos de niños en el número 9 de la calle Antonio Grilo. Podría deberse a que antiguamente sobre este terreno se ubicaba un cementerio por lo que, tal vez, todos los restos no fueron trasladados, como debería haber ocurrido, a un nuevo lugar de reposo. O la otra hipótesis, la más factible, es que eran los vestigios de una clínica de abortos clandestinos que operó durante la posguerra.
Y los ataques violentos continúan, porque la calle no ha terminado de comer. En 2004, en el número 8 de Antonio Grilo, un ciudadano francés de 42 años resultaba herido a manos de un magrebí de 37 por un supuesto ajuste de cuentas. El arma utilizada para perpetrar el crimen fue un machete de grandes dimensiones, y el herido recibió grandes cortes en la espalda y la cara, empapando de nuevo los adoquines.
Guías de rutas paranormales incluyen el lugar en sus recorridos nocturnos, mientras curiosos se acercan a fotografiar el portal. Incluso hay quienes han ofrecido dinero a los vecinos para poder entrar unos minutos al edificio, con la intención de comprobar si la “maldición” es real.
Guías de rutas paranormales incluyen el lugar en sus recorridos nocturnos, mientras curiosos se acercan a fotografiar el portal. Incluso hay quienes han ofrecido dinero a los vecinos para poder entrar unos minutos al edificio, con la intención de comprobar si la “maldición” es real.
Lo cierto es que la calle forma parte del lado más oscuro de Madrid.
La calle Antonio Grilo sigue ahí, en el corazón de Malasaña. Sus fachadas han sido pintadas, sus comercios han cambiado, pero bajo la superficie, la maldición del primer sacerdote, la sangre del hortelano, es una herida abierta en la ciudad, un recordatorio de que hay lugares donde la muerte no es un final, sino un inquilino que nunca se marcha.
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