HOGAR VIRGEN DE LOS REYES:
Barrio de la Macarena, calle Fray Isidoro de Sevilla.
EL HOSPICIO DE LAS SOMBRAS
Hay lugares en el mundo donde la piedra no solo recuerda, sino que sangra. En el corazón del barrio de la Macarena, en la silenciosa y penumbrosa calle Fray Isidoro de Sevilla, se alza una mole de arquitectura que parece desafiar al tiempo y a la muerte: el Hogar Virgen de los Reyes.
Para el transeúnte despistado, es un edificio remozado, una fachada reconstruida en el año 1958 bajo la pluma del arquitecto municipal Antonio Delgado Roig. Pero lo que los cimientos de este lugar esconden en su subsuelo es un secreto macabro. Bajo el cemento y los ladrillos descansan los huesos de sevillanos anónimos. Hombres y mujeres que murieron, o que fueron arrojados a las fosas comunes sospechosos de haber muerto por la terrible epidemia de la peste. La tierra que pisan los vivos está saturada de las agonías de siglos pasados.
Siglos antes, en 1540, la construcción se convirtió en parte del Hospital de las Cinco Llagas —hoy sede del parlamento andaluz—. Aquel recinto sanitario fue un vestíbulo del infierno, acogiendo a enfermos terminales víctimas de las distintas epidemias que asolaron Andalucía. Más tarde, bajo la severa dirección de las religiosas de la Orden de la Caridad, el edificio se convirtió en hospital y, tras la devastadora Guerra Civil, en hospicio.
Pero el verdadero horror de este lugar no reside solo en las enfermedades o en el hambre que asoló a la población española. Durante su existencia como orfanato, se dice que muchos niños sufrieron abusos y maltratos inimaginables entre sus muros. Las crónicas no escritas hablan de cuidadores sádicos y de un sufrimiento silencioso. Este calvario ha dado lugar a numerosas leyendas y rumores sobre almas perdidas, traumatizadas y furiosas, que aún deambulan por sus pasillos, atrapadas en un bucle eterno de dolor.
LOS VIGILANTES DE LA NOCHE
El terror en el Hogar Virgen de los Reyes no es exclusivo de la noche; es una presencia diurna que se cuela por las rendijas. Conserjes, limpiadoras y profesores han sido testigos de fenómenos paranormales en sus instalaciones. Pasillos donde las luces se encienden solas con un chasquido seco; sombras que se escabullen por el rabillo del ojo; presencias que rozan la nuca y esa insoportable, constante y paralizante sensación de ser observados.
Pero si hay un espectro que reclama la autoridad de este lugar, esa es la monja de hábito celeste, delantal y cofia blanca . Cuentan los pasillos que una monja «se paseaba durante las noches por los dormitorios, salas inmensas que se encontraban divididas en habitaciones de 25 camas». Esta monja, a quien muchos de los antiguos internos reconocerían como Sor María, era una antigua superiora del Hospicio que se encargaba de las funciones de portera.
Lo más aterrador es que Sor María existió. Fue una mujer muy mayor que permanecía sentada nada más entrar al edificio, a la izquierda, vigilando con ojos de águila y al cuidado de toda la documentación que se custodiaba en el archivo situado justo enfrente de la portería. Tras su muerte, su espíritu no abandonó su puesto. Ahora, parece vigilar durante las madrugadas que ninguno de los niños fantasmales esté fuera de sus camas. Su ronda es silenciosa, pero el frío delata su paso por los dormitorios vacíos.
EL NIÑO LLAMADO DIEGO
El horror de los niños es profundamente trágico. Los archivos históricos y los testimonios de antiguos empleados permitieron hacer una reconstrucción parcial de la historia del niño fantasma más frecuente en el centro. Su nombre era Diego. Se cree que fue uno de los niños más maltratados y desamparados del orfanato. Perdió a sus padres a una edad temprana, pero su vida en el hospicio fue un infierno: los testimonios hablan de abusos físicos y emocionales por parte de los cuidadores, y de condiciones deplorables en las que los niños eran obligados a vivir. Diego murió con miedo, y ese miedo es lo que lo ancla a este mundo.
Charo Marín, una testigo de gran credibilidad, vivió en carne propia el calvario de Diego. Se encontraba en la sala de baile una tarde, sobre las siete y media. «Al mirar hacia arriba vi a un niño que se escondía tras uno de los muros de la barandilla, asomaba su cabecita y nuevamente al ver que yo lo estaba mirando se escondía, como si quisiera jugar».
Lo más curioso y aterrador es la imposibilidad física de la escena: la parte de arriba está cerrada con llaves, nadie sube y no se permite el acceso. Las llaves hay que pedirlas en conserjería y las puertas son pesadas, difíciles de abrir. Y lo peor de todo: en esta zona del centro no hay niños. Charo lo supo en ese instante, con la certeza absoluta que da el terror: «supe perfectamente que aquel niño que parecía jugar conmigo era un fantasma».
José David Flores también se topó con el pequeño Diego, en un encuentro que le marcaría el alma. Sucedió a última hora de la tarde del mes de abril de 2007. José se arrodilló para atarse los cordones de los zapatos y notó cómo alguien se le acercaba. Al levantar la cabeza, vio unos pequeños zapatos rotos por los laterales. A apenas 20 centímetros de su rostro, un niño de aspecto famélico, casi mortecino, lo miraba.
«No supe reaccionar, me quedé allí frío como el hielo mirándolo», confesaría José David, con la voz quebrada. «Aquel niño no era de este mundo. Me miraba, pero sus ojos estaban muertos. Notaba frío a nuestro alrededor y el chico me miraba con miedo, con nostalgia. Fue un choque de emociones, algo inenarrable». Cuando José David, cediendo a un impulso de lástima, fue a tocarlo, la figura se desvaneció entre sus dedos. Tras eso, lo primero que hizo fue quedarse sentado en el suelo, recuperándose del susto, tratando de hablar con alguien para que le dijera si lo que había visto era real, si era de este mundo, o «simplemente» era un fantasma que quería aproximarse a nosotros.
EL CORO DE LOS CONDENADOS
El pasado de hospicio de posguerra a veces se manifiesta no en soledad, sino en coro. Manuel Campos, estaba sentado en uno de los bancos de la primera planta, metiendo varios datos en su PDA. De pronto, sintió un cántico que se aproximaba. Cada vez era más evidente y claro. Cuando miró hacia su izquierda, vio cómo al final del pasillo se aproximaba una columna de niños que cantaban una canción de la guerra. Iban vestidos con pantalones cortos, muy decrépitos, pálidos como la cera. Les acompañaba una monja.
«Pero lo peor fue que eran casi transparentes, aquello no era normal», relató Manuel, con el corazón aún acelerado al recordarlo. «Se me aceleró el corazón, creí que me iba a dar una taquicardia y, nada más pasar ante mí, desaparecieron». Para confirmar su cordura, acudió a conserjería a preguntar si había habido una visita de algún colegio de niños pequeños. La respuesta fue un no rotundo: por la tarde solo hay talleres. Aquello lo acabó de convencer.
La carga espiritual del lugar es tan densa que atrae a quienes poseen el don (o la maldición) de la sensibilidad. Tres personas que decían tener una cierta sensibilidad para este tipo de fenómenos paranormales fueron llevadas al patio del Hogar Virgen de los Reyes. Sin contarles absolutamente nada de lo que allí ocurría, se les pidió que relataran lo que sentían.
Nada más entrar, nuestra primera protagonista se llevó las manos a la cabeza: «En este lugar hay niños, escucho sus cantos, son varios, forman en la primera planta y están acompañados por religiosas. Llevan mucho tiempo muertos, este sitio está muy cargado por sus presencias».
Otra de las personas, palideciendo de golpe, señalaba hacia la capilla: veía a un ser oscuro, de negro, negativo, malo, que rondaba la sacristía. Lo describió con un detalle que heló la sangre de los presentes: «tiene la cara marcada por la viruela».
LA SACRISTÍA DEL SACERDOTE DEMONÍACO
Este extraño personaje, ese demoniaco sacerdote con el rostro picado por la viruela, ha sido visto por otros testigos. Incluso en lugares sin acceso, de imposible entrada o salida, este espectral y maligno sacerdote estaba allí, inamovible, con una sostenida actitud amenazadora.
La vieja sacristía es el epicentro de su ira y de la actividad poltergeist. Las lámparas del recinto se movían como un péndulo, como si las empujasen unas manos invisibles. Conviene advertir que dichas lámparas se encuentran a más de 6 metros de altura y no existen corrientes de aire que justifiquen tal movimiento. Los testigos, algunos de ellos trabajadores del lugar, también afirman haber oído golpes en la antigua sacristía, como si todos los objetos, sillas y demás materiales que allí se guardaban se derrumbaran cual castillo de naipes. Y sin embargo, al abrir la puerta, todo estaba en su sitio, burlándose de la lógica.
El investigador catalán Jordi Fernández vivió en sus propias carnes la furia de la sacristía. Durante unas incursiones autorizadas en el edificio, Jordi había sido alertado por una testigo de que había oído algo extraño en su interior y decidió ver qué sucedía. Una vez en el interior de la sala, vio con horror cómo las sillas que se guardan en ella comenzaron a moverse solas, como movidas por unas manos invisibles y malintencionadas.
De repente, la puerta se cerró de un portazo tras él, dejándolo a oscuras. Algo le susurró al oído, con una voz gutural: *"marchaos ya"*. Los golpes (los famosos *raps*, que quedaron grabados en sus grabadoras) replicaban en la pared. Las sillas comenzaban a caerse sobre el investigador.
«No sé, siempre me tomo estos fenómenos con mucha calma, pero aquella experiencia fue brutal». «Creía que no saldría vivo de aquella sala. Cuando comencé a escuchar los raps y esa voz que me decía que nos marcháramos ya, me asaltó un sentimiento de inseguridad. Pero lo peor fue al volverme y, entre la poca luz que se filtraba en aquella sala, apreciar la silueta de un ser ataviado con sotana. La cara muy marcada, muy picada por la viruela, y que se correspondía con la voz que había escuchado. Estaba justo delante de la puerta y creí que no saldría de allí... De repente, aquello se desvaneció y fue cuando comencé a pedir ayuda, ya que la puerta no se abría».
ASALTO INVISIBLE
El Hogar no solo ataca la mente; ataca el cuerpo y la tecnología. Se han podido recoger diferentes psicofonías y hechos extraños grabados en video. Las cámaras sufren comportamientos anormales, hay agotamiento súbito de las baterías en cuestión de segundos y descensos bruscos de temperatura que empañan los lentes.
La última y más violenta experiencia física fue la de uno de los profesores de Reiki. Estaba en una de las salas impartiendo los talleres de su actividad cuando, de la nada, sintió cómo lo zarandeaban. Alguien, o algo, lo violentaba físicamente, mientras escuchaba atónito a su alrededor extraños gruñidos. La experiencia duró unos quince segundos. Quizás solo quince segundos, pero fueron los quince segundos más duros, intensos y sorprendentes de su vida, dejándolo con un terror que ningún ejercicio de relajación pudo calmar.
Todos estos relatos provienen de testigos con un notable nivel cultural y una gran credibilidad, personas que no buscan el morbo, sino que huyen de explicar lo inexplicable.
EL CICLO ININTERRUMPIDO
Los fenómenos que suceden en el Hogar Virgen de los Reyes no son caprichos del azar. Tienen una raíz profunda, oscura y sangrienta. El edificio absorbió el dolor de los apestados en 1540, el hambre de los huérfanos de la posguerra, los abusos de los niños y la severidad de las monjas.
Hoy, el Ayuntamiento de Sevilla y la Diputación Provincial llevan a cabo en el edificio diversos talleres ocupacionales, intentando llenar de vida un lugar saturado de muerte. Pero las sombras son pacientes, y el futuro parece destinado a repetir la historia.
El edificio rehabilitado una vez más para dar cobijo a inmigrantes y personas sin hogar, almas errantes buscando un refugio. Además, acogerá, en unidades diurnas, a personas mayores, enfermos de párkinson, de alzhéimer y a discapacitados sociales.
Vulnerables. Olvidados. Con la mente frágil o el cuerpo debilitado. Exactamente el mismo tipo de almas que, durante siglos, han vagado por los pasillos de la calle Fray Isidoro. El Hogar Virgen de los Reyes sigue en pie, con sus lámparas que se mecen, su órgano fantasma, su sacerdote y las monjas, esperando en la oscuridad para darles la bienvenida a su eterno y frío hospicio.
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