LA REAL CANCILLERIA DE GRANADA:
Entre la Plaza del Padre Suárez 1 y Plaza Nueva, Granada.
La Plaza Nueva de Granada respira historia por sus cuatro costados. Pero hay un edificio, en concreto, que parece haber absorbido toda la tensión de los siglos.
Es la Real Chancillería, también conocida como la Audiencia. Un coloso de piedra que el Emperador Carlos I mandó construir en 1531. Las obras se alargaron más de medio siglo, hasta 1587.
Cuando uno se acerca a su fachada, puede sentir el peso de los años. Pero hay otro peso, más oscuro, que solo perciben los que trabajan dentro cuando el reloj marca la hora del cierre.
Y llevaba siempre consigo una reliquia macabra: el garrote con el que fue ejecutada Maríana Pineda Muñoz en 1831. Lo paseaba por los bares mientras se echaba al gaznate una copichuela de anís. Decía ser de Baiona (Galicia), y presumía de ser muy bueno en su oficio. También de tener sentimientos humanitarios. Una contradicción que solo la muerte podía entender.
Luego llegó Bernardo Sánchez Bascuñana, uno
de los últimos verdugos españoles. Los
granadinos de cierta edad aún recuerdan su
tétrica figura atravesando Plaza Nueva: larga
capa oscura, gafas de sol, maletín en mano.
Un paseante más, si no fuera porque su maletín
contenía la muerte.
Algunos creyeron ver en él al fantasma de la
Chancillería. Pero eso era imposible: la primera
aparición del verdugo fantasma fue en 1924, y
Bernardo no murió hasta 1972.
Entonces, ¿Quién es el que vaga por los pasillos?
El encuentro de Encarna
Corría el final de la primavera de 1988. Alrededor de las ocho y media de la tarde, cuando la luz aún no se
había ido del todo. Encarna, una limpiadora, trabajaba junto a otra compañera en la parte superior del edificio. Mientras pasaba el paño por una de las ventanas interiores, le pareció ver una sombra en el piso inferior.
En concreto, en uno de los pasillos de la antigua Fiscalía.
Siguió limpiando. Pero la curiosidad pudo más. Volvió a asomarse. Y entonces lo vio. No era una sombra.
Era una figura indefinida. Vestía capa larga y sombrero de alas anchas. El rostro estaba completamente lívido,
las facciones apenas reconocibles. Y lo más extraño, lo que la hizo estremecerse, fue que entre el borde
inferior de la capa y el suelo había una franja de aire. La figura flotaba.
Encarna bajó las escaleras hacia el piso inferior. Cuando aún estaba en los últimos escalones, pudo ver con
más nitidez al misterioso aparecido. No podía adivinar sus ojos, pero sí una inquietante frialdad en el
semblante. Se atrevió a dirigir sus pasos hacia él. Entonces, la figura se alejó. Pero no se dio la vuelta.
Retrocedió, de cara a ella, mirándola fijamente. Se fue perdiendo al fondo del pasillo, hacia un oscuro
vestíbulo que desembocaba en una habitación cerrada a cal y canto.
Cuando Encarna y su compañera se dieron cuenta de qué habitación era, el frío les recorrió la espalda. Era la destinada a guardar los enseres personales y los instrumentos del verdugo.
Ese mismo día, Encarna pudo constatar algo más. El ascensor comenzó a funcionar sin que nadie lo
manipulara. Subía y bajaba de una planta a otra. Siempre coincidiendo con sus movimientos. Como si alguien,
algo, quisiera acompañarla.
En la década de 1970, durante unas obras de restauración, varios operarios afirmaron haber oído golpes
metálicos y pasos en zonas cerradas al público. Zonas donde no había nadie. Donde no debería haber nadie.
En los años 2000, grupos de investigación paranormal realizaron grabaciones de audio en el sótano del
edificio, donde se conservan restos de las celdas originales. No obtuvieron pruebas concluyentes, según los
informes.
En la Chancillería hay puertas muy antiguas, pesadas, con bisagras del siglo XIX. Trabajadores del archivo y del personal de limpieza han contado cómo las puertas se abren lentamente sin que haya corriente de aire.
Cómo otras se cierran de golpe cuando el edificio está vacío. Ruidos de cerrojos antiguos, como si alguien los manipulara desde el otro lado. Esto ocurre sobre todo en la zona que da al patio interior.
Hay relatos que se repiten entre trabajadores y guías de la zona. Sombras que cruzan el pasillo del piso
superior cuando no hay nadie. Figuras que parecen asomarse desde las salas vacías, solo para retirarse
cuando alguien se acerca. La sensación de que “alguien pasa detrás” en la zona cercana a la antigua Sala de
lo Criminal. Murmullos breves, como conversaciones apagadas. Pasos en salas donde no hay nadie. Golpes
secos en madera o en las paredes del archivo.
Hoy, la Real Chancillería es la sede del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía. Jueces, fiscales, abogados y ciudadanos entran a diario para buscar justicia. Pero hay otra justicia, más antigua, que no se dicta en las salas
de vistas. Es la que imparte el verdugo fantasma, el que vaga con capa y sombrero desde antes de 1924.
El que flota sobre el suelo y se pierde en la habitación de los instrumentos de ejecución.
Puede que el verdugo esté cumpliendo su condena perpetua. O puede que solo esté esperando. Allí, entre
garrotes y capas, la justicia es otra. Y los muertos, los que ejecutaron y los que murieron, aún no han cerrado
el caso.
Y tú, si alguna vez pasas por la Plaza Nueva al anochecer, no mires a los ventanales de arriba. Puede que
alguien te esté devolviendo la mirada.
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