SANATORIO DE TORREMANZANAS:
Torremanzanas, Comunidad Valenciana. Al norte de Alicante en la Comarca Alicantí, sierra del Rentonar.
El reloj biológico de los hombres es
capaz de percibir el paso del tiempo
de formas muy diferentes. Para un
paciente recluido en un sanatorio, una
hora puede ser una eternidad. Para un
edificio abandonado, cincuenta años
no son nada.
Hoy nos adentramos en la serranía
alicantina, en un paraje donde la piedra
ha olvidado el ruido de las pisadas
humanas, pero la memoria del dolor
se niega a desvanecerse.
Hablamos del Sanatorio de Torremanzanas.
Un edificio de 1926, levantado por los
Jesuitas, con 54 camas, que fue dirigido por el doctor Antonio Barbero Carnicero, una eminencia en la lucha
contra la tuberculosis, muy relevante en la provincia de Alicante en el siglo XX.
Fue albergue, colonia infantil hasta 1931, al llegar la Segunda República, el edificio cambió de nuevo su uso
para convertirse en un hospital infantil hasta 1936, y durante la Guerra Civil fue utilizado como hospital militar
hasta 1939. Y finalmente, el último bastión contra una enfermedad que asoló España, la tuberculosis.
En 1963, con la erradicación de la tuberculosis, el sanatorio cerró sus puertas. Y desde entonces, el abandono
lo cubrió todo.
La Diputación lo compró en 1999, quiso convertirlo en un hotel rural, pero el proyecto nunca se ejecutó.
El olvido se instaló en los pasillos. La maleza creció sobre las camas donde un día hubo sábanas blancas y
cuerpos febriles. Los ventanales se rompieron, la pintura se desprendió, el silencio se hizo dueño y señor.
Hasta que los investigadores, los curiosos y los valientes comenzaron a llegar. Y entonces, el silencio habló.
El pabellón infantil y las voces del más allá
Los investigadores lo saben bien: la zona más activa del sanatorio es el antiguo pabellón infantil. Allí, las
grabadoras captan pasos que nadie da, golpes que no tienen origen, el arrastrar de objetos que llevan
décadas inmóviles. Son psicofonías, sí. Pero no son ruidos vagos. Son palabras. Frases. Órdenes. Amenazas.
Un grupo de investigadores planteó una pregunta al vacío, al silencio, a lo que fuera que habita entre esas
paredes. "¿Hay alguien aquí con nosotros?".
La respuesta llegó clara, fría, inmediata: "Sí... aquí".
Pero las psicofonías no son lo único. A veces, lo inexplicable se hace carne. O al menos, una sombra.
Corría el año 2001. Pleno verano. Una testigo, cuyo nombre se ha perdido en el relato pero cuyo terror quedó grabado en sus palabras, esperaba fuera del edificio mientras una compañera entraba a buscar unas mochilas
y una bolsa. Levantó la mirada hacia el lado izquierdo del sanatorio. Y lo vio.
Salió por la puerta. Un ente. Un fantasma. Un espectro. Cada uno
puede llamarlo como quiera. Pero era de un color que heló su sangre: totalmente rojo. La ropa, roja. El pelo, rojo. La piel, roja. Como si
hubiera sido teñido en un baño de sangre. Como si el fuego que una
vez consumió algo en sus entrañas aún lo envolviera.
La testigo se fijó en un detalle que la dejó helada. No tenía manos. No
tenía pies. No tenía ojos. No tenía boca. Era una silueta roja,
perfectamente definida, pero sin rasgos. Levitaba a una altura de diez
o quince centímetros del suelo. Se quedó parado, inmóvil, justo
delante de un bancal pegado al sanatorio. Veinte minutos. Veinte
minutos eternos, en los que la testigo no pudo apartar la mirada.
Luego, el espectro dio media vuelta y se metió por la misma puerta
por la que había salido. En ese mismo instante, su compañera salió
del edificio con las mochilas y la bolsa. La testigo le preguntó, con la
voz temblorosa, si ella había salido por esa puerta antes.
Su compañera respondió que no. Que llevaba todo el rato dentro.
Que no había salido por ninguna puerta.
Esa misma noche, hubo un incendio en un pueblo cercano a
Torremanzanas. Casualidad, dijo la testigo. O quizá no.
El hombre que no estaba allí
El grupo Urbex GIP también tiene su propia historia. Durante una de sus incursiones, no solo captaron
psicofonías. Dos de sus miembros vieron a un hombre. Por unos instantes. Un hombre normal, de pie, en un
lugar donde no debería haber nadie. Lo vieron con claridad. Y luego, el hombre desapareció. Como si el aire
se lo hubiera tragado.
En esa misma zona, grabaron una psicofonía que no dejaba lugar a dudas. Una voz seca, cortante, "Fuera".
Como si el lugar, o lo que lo habita, no quisiera visitantes. Como si les estuviera ordenando que se marcharan.
Pero hay más. Visitantes y exploradores urbanos afirman haber visto figuras humanas en la segunda planta
del edificio. El problema es que esa planta está derruida. Es físicamente inaccesible. No hay escaleras, no hay andamios, no hay forma de llegar hasta allí. Y sin embargo, ahí están. Siluetas que se asoman a los ventanales
rotos, que se mueven entre las sombras, que desaparecen cuando alguien enfoca sus linternas.
También destellos. Luces breves, intermitentes, en una planta donde no hay electricidad desde hace décadas.
No hay cables, no hay baterías, no hay generadores. Pero las luces están allí. Como si alguien, algo, estuviera encendiéndolas y apagándolas desde el otro lado.
En el Sanatorio de Torremanzanas las paredes se agrietan, los techos se hunden, la naturaleza reclama lo que
es suyo. Pero los muertos, los que allí sufrieron, los niños que nunca volvieron a jugar, los soldados heridos
que vieron la muerte cara a cara, los tuberculosos que tosieron su último aliento entre estas paredes, no se
han ido.
Pero los vivos siguen llegando. Curiosos, investigadores, buscadores de emociones. Y el sanatorio los recibe,
en silencio. Y luego, los despide. A veces, con una foto borrosa. A veces, con una grabación escalofriante.
A veces, con la certeza de que no estaban solos.
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