REAL CONSERVATORIO DE MÚSICA DE GRANADA:

Palacio de los Marqueses de Caicedo, Calle San Jerónimo 46, Granada.

La ciudad nazarí de Granada, con sus calles empedradas, guarda secretos que no siempre están escritos en las guías turísticas. En pleno centro, entre la Alhambra y el Albayzín, se alza un edificio que ha sido instituto, facultad y hoy, templo del arte.
Es el Real Conservatorio Superior de Música de Victoria Eugenia. Un palacio del siglo XVI, con hermosas columnas y elaborados adornos florales que engañan a la vista. Por fuera, es belleza. Por dentro, según quienes han pasado la noche entre sus paredes, es otra cosa.

Hay edificios que respiran historia. Y luego están los que… respiran algo más.

El conservatorio abrió sus puertas el 10 de diciembre de 1921. Pero antes de que la música llenara sus salas, estas paredes acogieron el Instituto de Enseñanza Media y la Facultad de Farmacia.
Cientos de estudiantes, miles de horas de estudio, de exámenes, de esperanzas y de fracasos. Y también, según los que allí trabajan, algo más. Algo que no tiene explicación.
Te invito a cruzar sus puertas. Pero no te quedes hasta el anochecer… a menos que te atrevas.

Felipe, el profesor sin título

Miguel Carmona fue director del conservatorio y catedrático de Música de Cámara. Era un hombre que prácticamente vivía en el centro, incluso de noche, consumido por sus numerosas tareas. Y fue él quien, por primera vez, habló abiertamente de lo que vagaba por los pasillos.

Según Carmona, el fantasma era el alma en pena de un profesor a quien llamaba familiarmente “Felipe”. La historia era trágica: un profesor de música que había entregado toda su vida a la enseñanza fue expulsado de su trabajo. No poseía título alguno, a pesar de sus amplios conocimientos musicales y su probada experiencia. Para él, la música y la enseñanza eran su mayor ilusión. Murió con una gran pena en el alma. Y desde entonces, frecuenta el lugar que tanto amó. El que fue su hogar.

Enrique Rueda, otro profesor, es uno de los muchos testigos de fenómenos inexplicables. Era invierno de 1988. Estaba solo en el conservatorio, o eso creía. De repente, la luz de uno de los aseos se encendió. No era un fallo eléctrico, porque el mecanismo de la cisterna también se activó. El agua corrió, la luz brilló, y luego todo se apagó. Cuando fue a comprobar, no había nadie. Las puertas, cerradas. Las ventanas, también.

No fue la única vez. Enrique y otros profesores han escuchado voces que pronuncian sus nombres. Alguien los llama en la penumbra, pero cuando se giran, no hay nadie.

Por la noche, en el patio del edificio, ocurre algo que desafía la lógica. En noches de calma absoluta, sin una brisa que mueva el aire, una ráfaga de viento surge de la nada. Aparta las hojas de las plantas, como si algo se abriera paso a través de ellas. No es una corriente de aire normal. Es un viento dirigido, con un propósito, como si alguien invisible caminara entre los maceteros.

Enrique
decidió quedarse una noche estudiando en el centro. Su perra, Clara, dormitaba tranquilamente junto al piano. De repente, el animal dio un salto. Se dirigió a la puerta de la habitación y comenzó a ladrar en el pasillo. No ladraba al aire, sino a un rincón oscuro, a un punto concreto en el centro del corredor. Estaba aterrorizada. Su pelo se erizó, sus orejas se echaron hacia atrás. Era como si estuviera enfrentándose al ataque de un gran peligro, de otro animal más grande. O de algo que no era de este mundo.

Enrique encendió la luz. No había nadie. Pero Clara seguía ladrando, fija, inamovible. El profesor, presa del miedo, abandonó el edificio. No volvió a quedarse solo de noche.

Antonia, la conserje, vivió dos experiencias que la marcaron para siempre. La primera fue en el verano de 1987. Estaba sola en la consejería, disfrutando de la tranquilidad del verano, cuando escuchó a sus espaldas un estrépito. Un paquete de papel enorme, de bastante peso, se había caído. Se volvió instantáneamente, esperando ver el paquete en el suelo, el desorden, la causa del ruido. No había nada. Ni paquete, ni papeles, ni rastro.

La segunda fue un año después, en 1988. Enrique Rueda llegó una mañana y encontró a Antonia “blanca como un papel”, temblando. Acababa de subir del sótano, donde había ido a encender la caldera de la calefacción. Al parecer, mientras bajaba las escaleras, notó pasos a su alrededor. Alguien la seguía. Sintió el aliento de alguien invisible en su nuca. Corrió escaleras arriba sin mirar atrás.

Dos profesores permanecían en el aula de Música de Cámara. El conservatorio estaba cerrado. No había nadie más. Las puertas, cerradas con llave. Las ventanas, también. De repente, una moneda de cien pesetas cayó del techo. Flotó un instante en el aire, suspendida por una fuerza invisible, y luego se precipitó al suelo. Los profesores la recogieron. Era una moneda real, de las que ya no se usaban. No había ninguna rendija por la que pudiera haber entrado. No había nadie que pudiera haberla lanzado. Se materializó de la nada.

Nicanor de las Heras trabajaba en la secretaría del centro entre 1982 y 1987. Desde su despacho, escuchaba cómo encima de él, en la biblioteca, se escuchaban pasos de carreras atropellándose. Gente que corría de un lado a otro, que movía sillas, que abría y cerraba puertas. Subía a mirar, y no había nadie. El silencio era absoluto.

José Ángel Morente, alumno del conservatorio, estaba ensayando en un aula de la tercera planta. Desde la sala contigua, llegaba el sonido de un piano. No era cualquier música. Era una pieza de gran complejidad, tocada con una destreza que él reconocía como superior a la de cualquier alumno. Pensó que sería un compañero suyo, algún virtuoso que también ensayaba. Terminó su ejercicio y salió al pasillo. La sala contigua estaba cerrada con llave. Preguntó al conserje si alguien había estado tocando allí. El conserje negó: nadie le había pedido la llave de esa aula.

En diciembre de 1992, José Ángel se encontraba en la tercera planta del centro con otra persona. Todas las dependencias cercanas estaban cerradas a cal y canto. No había nadie más en toda el ala. De repente, ambos escucharon una misteriosa melodía de procedencia desconocida. No era un piano, no era una radio. Era una música etérea, como si saliera de las paredes. Duró unos minutos, y luego se desvaneció. No había explicación.

El Real Conservatorio Superior de Música de Granada es hoy un centro de enseñanza. Los alumnos entran y salen con sus partituras bajo el brazo, los profesores dan clases. Pero cuando cae la noche, cuando las luces se apagan y el silencio se instala, el edificio cambia.

Felipe no quiere hacerte daño. Solo quiere que recuerdes que él sigue ahí. Que la música que tanto amó aún resuena en sus oídos. Y que, aunque no tenga título, sigue siendo el mejor profesor que estas paredes hayan conocido.
El conservatorio es su hogar. Y los muertos, cuando aman su hogar, nunca se van del todo.

Y si alguna vez visitas Granada, ya sabes... escucha con atención. Puede que el Conservatorio tenga una melodía extra reservada para ti.