LA CASA MUSEO DE JOSÉ ZORRILLA:
Calle de Fray Luis de Granada 1 esquina con calle Santa Catalina 10, Valladolid, Castilla y León.
En el corazón de Valladolid, parece una casa más. Una fachada discreta, un balcón de hierro forjado, el rumor de la ciudad que pasa de largo.
Pero los que trabajan allí, los que abren y cierran sus puertas cada día, saben que esta casa respira. Sabe que en su interior, algo observa. Algo que lleva más de un siglo esperando.
Es la Casa Museo de José Zorrilla, el lugar donde nació el gran poeta del Romanticismo español. Pero no se dejen engañar por la solemnidad del museo. Porque aquí, entre las vitrinas y los retratos, entre la máscara funeraria del escritor y los objetos de su infancia, ocurren cosas que no figuran en los catálogos.
Para entender lo que pasa en esta casa, hay que adentrarse en la habitación que cerraron. La que está al final del pasillo. La que ya nadie visita. Porque allí, en ese cuarto tapiado, se encuentra la llave de todo el misterio.
El ayuntamiento de Valladolid conserva con mimo su casa natal, hoy convertida en museo, donde tienen lugar sorprendentes fenómenos paranormales que han sido presenciados por los trabajadores del centro: luces que se encienden sin que nadie accione los interruptores; cajones y puertas que se abren, movidos por manos invisibles; objetos que se desplazan solos de su lugar ante la atónita mirada de los empleados de la casa-museo, quienes notan habitualmente la presencia de entes imperceptibles que los observan.
La Casa Museo se divide en dos plantas. En la planta baja, encontramos pequeñas estancias que han sido habilitadas para la recepción de visitantes, tienda, una sala en la que se realizan conferencias y presentaciones y, por último, un pequeño hall en el que se proyecta un vídeo que recorre la vida personal, política y literaria del autor.
En la siguiente planta, guarda todos los objetos originales y obras de arte más relevantes de la Casa-Museo. En esta planta se localizan las estancias donde el escritor nació y vivió su infancia.
Incluso, la máscara funeraria que fue empleada para realizar la estatua de José Zorrilla que se ubica en la plaza con el mismo nombre.
Fue la declaración del inmueble en 1965 como bien de interés histórico-artístico, lo que permitió su apertura como museo en 1970.
José Zorrilla (1817-1893) fue una de las figuras más importantes del Romanticismo español. Uno de nuestros más conocidos y preciados poetas y dramaturgos, no sólo se dedicó a deleitarnos con sus obras. Si no que además tuvo un gran interés por cuestiones esotéricas, escribía en estado de sonambulismo, tuvo experiencias precognitivas y hasta llegó a presenciar apariciones de espectros.El niño que vio a su abuela muerta
Corría la hora de la siesta. La casa permanecía sumida en el más profundo silencio. El pequeño José de 6 o 7 años, desde su alcoba, observó la puerta entreabierta. La curiosidad, como siempre, pudo más. Se levantó, cruzó el pasillo y entró. Allí, junto a la ventana, había una mujer sentada. Era mayor, vestía de verde. No era su madre, ni ninguna de las sirvientas. El niño se quedó paralizado junto a la puerta, sin saber qué hacer.
La anciana esbozó una sonrisa. Con la mano, le hizo un gesto para que se acercara. José obedeció. Ella comenzó a acariciarle la melena y le dijo: "Soy tu abuela Nicolasa". Le tomó las manos, y le pidió que le tuviera cariño. Luego, desapareció.
El niño, emocionado, bajó corriendo al comedor. "¡He visto a la abuelita!", exclamó. Su madre, que creyó que se refería a su abuela materna, corrió a la antesala a recibirla. No había nadie. "¿Dónde está?", preguntó. El niño señaló la habitación de la anciana. "Allí". Su madre no pudo reprimir una sonrisa. "¡Qué ocurrencia! ¡Ver a la abuela Jerónima en la antesala!" Pero José, muy serio, la corrigió: "No era la abuela Jerónima. Era otra señora, vestida de verde".
El padre, que había escuchado la conversación desde el otro lado de la puerta, frunció el ceño. Miró fijamente a su hijo. Luego, cogió la llave y cerró la habitación con un golpe seco. Dio instrucciones para que así permaneciera, para siempre. Porque su madre, Nicolasa, había muerto antes de que José naciera. El niño no podía conocerla. Y sin embargo, la había descrito. Con pelos y señales.
La habitación cerrada y los empleados atónitos
Esa habitación permaneció cerrada durante décadas. Cuando la casa se convirtió en museo los gestores decidieron no abrirla al público. Estaba al final de un pasillo, resultaba incómoda para los visitantes. O eso dijeron. Pero los empleados sabían que había algo más.
Porque los inexplicables sucesos comenzaron a manifestarse precisamente cuando se tomó la decisión de clausurar esa estancia. No antes. No después. En el momento en que se selló aquel cuarto, algo despertó.
Hoy, los trabajadores de la casa-museo ya consideran a la abuela Nicolasa como un integrante más del recinto. Un espíritu viajero, sí, pero benigno. Se encienden luces sin que nadie accione los interruptores. Cajones y puertas se abren solos, movidos por manos invisibles. Objetos que estaban en una vitrina aparecen en otra. Floreros que se desplazan. Espejos que se rompen sin causa aparente.
Y los visitantes, los más sensibles, han dejado constancia de sus experiencias en el libro de visitas. El 5 de septiembre de 2010, alguien escribió: "Gracias a la abuela del poeta por acompañarnos como espectadora estos dos días".
La Casa Museo es un lugar de cultura, de historia, de literatura. Pero también es un lugar donde los muertos, los que amaron demasiado a los vivos, se niegan a irse. Nicolasa murió antes de conocer a su nieto. Pero lo conoció. Y le pidió cariño. Y ahora, más de un siglo después, sigue aquí. Recorriendo los pasillos.
Porque el cariño, ese, no entiende de muertes. No entiende de siglos. No entiende de habitaciones cerradas con llave.
0 Comentarios