EL TEATRO ESPAÑOL:

Calle del Príncipe 25, Plaza Santa Ana, Madrid.

El corazón de Madrid, en la calle del Príncipe, late con un ritmo que no es solo el de los transeúntes o el tráfico. Hay otro pulso, más antiguo, que se esconde entre las piedras de un edificio que ha visto morir y renacer la escena española una y otra vez.
Es el Teatro Español.
Antaño fue el corral del Príncipe, una autorización de Felipe II en 1565 para que las cofradías levantaran un edificio donde representar comedias. En ese solar, entre la calle del Príncipe y sus aledañas, se levantó el corral original, inaugurado el 21 de septiembre de 1583. Un espacio que desde entonces ha sido epicentro de risas y llantos, de aplausos y pitos. Pero también de incendios misteriosos, suicidios y apariciones.

Para entender lo que ocurre hoy entre sus muros, hay que retroceder, escuchar los ecos de aquellos lejanos siglos, y dejarse llevar por la penumbra de sus pasillos, porque el Teatro Español no es solo un escenario; es un umbral.

Los incendios sin origen

La estructura original cambió en 1735. Las obras se alargaron diez años, y el nuevo edificio se convirtió en el Teatro del Príncipe. En 1783, la Cofradía lo vendió al Ayuntamiento. Pero la tragedia no tardó en llamar a su puerta.

El 11 de julio de 1802, el teatro ardió. No quedó nada. Solo la estructura exterior, como un esqueleto de piedra desafiando al cielo. Lo extraño, lo que los vecinos nunca pudieron explicar, es que el incendio ocurrió cuando no había nadie dentro. Sin público, sin actores, sin velas mal apagadas. El fuego brotó de la nada.

El 19 de octubre de 1975, otro incendio. Esta vez, el escenario y parte de la sala ardieron con una voracidad incomprensible. Y de nuevo, el teatro estaba vacío. Los bomberos llegaron pronto, sofocaron las llamas, pero no pudieron salvar nada. El escenario clásico, los anfiteatros, todo quedó reducido a cenizas. La causa, nunca se encontró.

En julio de 1991, otro fuego. Desde las ocho de la tarde hasta casi las once de la noche. Las medidas de seguridad, dijeron los informes, no parecían las más apropiadas. Pero la causa, otra vez, quedó sin esclarecer.

Tres incendios. Tres veces que el fuego devoró el teatro. Tres veces que las llamas brotaron de la nada, en un edificio vacío. Como si alguien, algo, quisiera borrarlo del mapa. O como si el teatro tuviera una memoria de fuego que se niega a apagar.

El teatro del Príncipe, constaba de tablado, vestuario, gradas para hombres, noventa y cinco bancos
portátiles, corredor para las mujeres, aposentos o balcones con ventanas de hierro y rejas o celosías,
tejados que cubrían las gradas. El patio fue empedrado y se confeccionó un toldo que defendía del sol,
pero no de la lluvia.

Desde entonces, este emplazamiento ha sido epicentro de risas y llantos, aplausos y pitos. A lo largo de su existencia, ha resistido los envites de varias guerras, aparte de los tres incendios.

Su última ampliación data del año 2004, cuando se inauguró la Sala Margarita Xirgu, con capacidad para 110 espectadores.

Entre sus muros han tenido lugar una serie de
fenómenos paranormales, de los que han sido testigos
tanto 
empleados del teatro como actores que
representaron sus funciones en el mismo. Ciertos investigadores 
relacionan estos sucesos anómalos con
el hecho de que en el interior del Teatro Español se
han producido dos 
suicidios, aunque, como es
evidente, se 
trata sólo de una mera hipótesis.

 César García fue agente de seguridad del edificio. Una noche, de las tantas que pasó haciendo rondas, subió a la tercera planta. Eran las tres de la madrugada. El edificio estaba en silencio, solo roto por el eco de sus propios pasos. Entonces, lo escuchó. El agua de un inodoro. Alguien tiraba de la cadena en el baño de hombres.
César se quedó helado. Su compañero estaba en otra planta. En el teatro no había nadie más. Entró en el baño precipitadamente, empuñando su linterna. Vacío. Todos los cubículos, abiertos. Nadie. Pero el agua seguía corriendo, como si la mano invisible que había tirado de la cadena acabara de soltarla.

Marisa, otra limpiadora, barría la parte trasera del escenario. De repente, unas cajas apiladas comenzaron a moverse solas. Se movieron, como si alguien las estuviera reordenando desde el otro lado. Marisa pensó que era uno de los chicos de seguridad, gastándole una broma. Reclinó en voz alta su actitud y siguió con lo suyo.

Minutos después, subía las escaleras que dan al llamado palco del rey. Un estruendo atronador sonó a su lado. Y entonces, una fuerza invisible la empujó con violencia. Un traspiés, y habría rodado hasta abajo. Marisa logró mantener el equilibrio de milagro, pero supo, en ese instante, que no era ninguna broma. No había nadie a su lado. Pero alguien, algo, la había empujado. 

La actriz que no se fue

La leyenda más popular del Teatro Español es la de María Guerrero. Nació el 17 de abril de 1867 en Madrid, en una familia modesta. Pero su talento la elevó hasta convertirse en una de las actrices más famosas de España. En 1896, se casó con Fernando Díaz de Mendoza, un aristócrata y actor que se convirtió en su compañero dentro y fuera del escenario. Juntos, en 1909, arrendaron y luego compraron el teatro. Invirtieron una fortuna en su renovación. Pusieron su alma en cada tabla, en cada telón.

La dedicación de María Guerrero al teatro era tan intensa que muchos creen que su espíritu nunca abandonó el escenario del Teatro Español. La leyenda sostiene que su fantasma se manifiesta de diversas maneras.
Algunos empleados han afirmado haber visto una figura vestida de blanco caminando por los pasillos y entre las butacas, especialmente durante las noches de representación. Otros han oído susurros inexplicables y pasos cuando el teatro estaba vacío. La aparición más común es la de una dama vestida de época, que muchos identifican con la célebre actriz.

A lo largo de los años, numerosos testimonios y relatos han surgido alrededor de las apariciones del fantasma
en el Teatro Español. Estos encuentros, documentados por actores, técnicos y personal del teatro, han
contribuido a fortalecer la leyenda de una presencia espectral que cuida y observa el histórico escenario. 

Un técnico de iluminación, durante una revisión de rutina, ajustaba las luces en el escenario vacío. Era tarde. El teatro estaba desierto. De repente, notó una figura femenina en el palco principal. Pensó que era una actriz rezagada o una espectadora que se había quedado atrás. Dirigió la luz hacia el palco para verificar. La figura desapareció. No se fue. Se desvaneció.

Una actriz, sola en los camerinos, repasaba sus líneas frente al espejo. Sintió una mano fría sobre su hombro. Se giró, sobresaltada. No había nadie. Pero el aire se había vuelto helado, denso. Las ventanas estaban cerradas. No había corriente. Solo aquel frío que la recorría de pies a cabeza.

Varios actores han reportado haber oído susurros inexplicables
mientras estaban en el escenario durante los ensayos.
Estos susurros, descritos como voces suaves y femeninas, parecían
provenir de todas partes y de ninguna en particular, creando una
atmósfera inquietante.  

El personal del teatro ha reportado haber visto una figura etérea
caminando por los pasillos y entre las butacas durante las noches de representación. Estas apariciones suelen ocurrir en momentos en
que el teatro está oscuro y silencioso, y siempre describen a una
mujer vestida de época, con un aire de elegancia y serenidad.
 
Durante las diversas restauraciones y renovaciones del teatro, varios trabajadores han afirmado haber tenido encuentros inexplicables.
Uno de los incidentes más destacados ocurrió cuando un grupo de trabajadores estaba renovando el techo del teatro. Escucharon pasos y movimientos en el escenario, aunque
el teatro estaba completamente vacío. Al investigar, no encontraron a nadie, pero la sensación de una
presencia invisible era palpable.

Una noche, un director de escena observó una butaca en la parte trasera del teatro. Le pareció que estaba ocupada por una figura borrosa, una silueta que no terminaba de definirse. Envió a un ayudante a investigar. La butaca estaba vacía. No había nadie. Pero la sensación de que alguien se había sentado allí, de que alguien acababa de levantarse, era tan intensa que el ayudante no pudo evitar estremecerse.

Este fenómeno se ha repetido en varias ocasiones. Siempre en la misma butaca. Algunos ya la llaman "la butaca de María". Como si ella, incluso después de muerta, quisiera tener su asiento reservado.

Los técnicos han encontrado herramientas cambiadas de lugar. Equipos que amanecen en sitios donde no los dejaron. Actores que juran haber dejado sus vestuarios en una percha y los encuentran en otra, como si alguien los hubiera reorganizado. No hay vandalismo. No hay explicación. Solo un desplazamiento inexplicable, como si una mano invisible, con un sentido del orden muy particular, estuviera haciendo su propio trabajo.

Un guardia de seguridad nocturno, veterano de muchos años en el teatro, relató su experiencia con la voz entrecortada. Durante sus rondas, vio una figura femenina caminando por el escenario. Pensó que era una intrusa. Se acercó, decidido a echarla. La figura, ante sus ojos, desapareció.
No se fue. No corrió. Se desvaneció. Como si nunca hubiera estado allí. Como si fuera de humo.

Lo cierto es que el teatro sigue en pie. Las funciones continúan. El público aplaude, los actores se emocionan, los telones suben y bajan. Y en algún lugar, en la penumbra de la butaca vacía, o en el frío repentino de un pasillo desierto, María Guerrero sigue presente. La actriz que no quería irse. La dama de blanco que aún vigila su escenario.

El Teatro Español es un monumento a la cultura. Pero también es un umbral. Un lugar donde los muertos, los que amaron el arte con demasiada intensidad, no han terminado de irse. Y quizá, nunca lo hagan.