EL POLTERGEIST DE LOGROSAN:

Calle Teatro (o calle Salón), Logrosán, un pueblo de Cáceres entre Guadalupe y Trujillo. 

El caso es que en Logrosán, hay una vivienda que bien podría haber sido extraída de una película de terror. Y no es una exageración. Porque lo que ocurrió entre sus paredes en aquel otoño de 1982 supera cualquier cosa que hayan podido imaginar los guionistas de Hollywood.

Para entenderlo, hay que retroceder al 2 de octubre de ese año. Una noche que empezó como cualquier otra en la casa de María Sanromán, una mujer de 80 años que vivía con su hijo Ulpiano, de 49, y su nieto Andrés, de 13. Una casa humilde, de pueblo, con olor a cocina de leña y a tierra mojada. Un hogar tranquilo. Hasta que el silencio se rompió.

María estaba sola. Las cortinas de su habitación cayeron al suelo sin que nadie las hubiera tocado. No había corriente de aire. No había nadie. La anciana, con la paciencia de quien ha visto mucho en la vida, las volvió a colocar. Pero apenas habían pasado unos minutos cuando las cortinas volvieron a caer. Ya no era un accidente. Algo las estaba tirando.

Y entonces fueron los cuadros. Uno a uno, los cuadros de la estancia comenzaron a descolgarse misteriosamente. Como si manos invisibles los hubieran arrancado de los clavos. María, aterrorizada, no sabía qué hacer. En ese momento entró su nieto, Andrés. La abuela, con la voz temblorosa, le pidió que fuera a buscar a su tío Ulpiano. Sabía que estaría en la taberna con sus amigos.

El chico corrió. Ulpiano y sus amigos, hombres de pueblo, de los que no creen en fantasmas, se rieron del relato. Pero Ulpiano, por si acaso, decidió ir a casa. Lo que vio le borró la sonrisa de la cara.

El albañil que salió corriendo

Al día siguiente, un albañil trabajaba en una pequeña obra en la casa. Era un hombre rudo, acostumbrado al esfuerzo, a los andamios y al cemento. Pero no estaba preparado para lo que ocurrió.

Vio cómo un saco de yeso comenzó a arder. El yeso, un material que no arde, se consumía solo. Apagó el fuego como pudo, pero cuando volvió a su faena, oyó unos golpes a sus espaldas. Eran fuertes, secos. Venían de la mesa donde había dejado su paleta.

Se giró. La paleta se deslizaba sola hacia el borde de la mesa. El albañil, con un arrojo de valentía, la agarró firmemente y la llevó al centro. Respiró hondo. Volvió a su trabajo. A los pocos minutos, la paleta cayó al suelo. Sin que nadie la tocara.

El albañil no lo pensó dos veces. Salió corriendo. Dejó atrás todo su material. La paleta, el yeso, las herramientas. Nunca más volvió para finalizar la obra. Y no hubo sueldo que pudiera convencerlo.

La sandía voladora y el abogado incrédulo

Don Evaldo era el abogado del pueblo. Un hombre serio, de toga y expedientes, que no creía en fantasmas ni en cuentos de viejas. Cuando oyó los rumores, decidió entrar en la casa para comprobar por sí mismo que todo eran malas interpretaciones.

Salió pálido. Literalmente pálido. Porque en el interior de la vivienda vio cómo una sandía que reposaba en un plato salió despedida por los aires. Voló a través de la cocina, sin que nadie la hubiera tocado, y se estrelló contra el suelo con un golpe sordo. La sandía explotó en pedazos. Don Evaldo, el abogado incrédulo, no dijo una palabra. Solo salió de la casa y no volvió a hablar del tema.

Los fenómenos se sucedieron sin descanso. Jarras, botellas, cacharros de cocina volaban por los aires y se estrellaban contra las paredes. Tomates explotaban como si fueran granadas de mano, manchando de rojo las paredes Y lo más increíble: los jamones que colgaban del techo se incendiaban por combustión espontánea. El fuego aparecía de la nada, consumía la carne, y luego se apagaba sin dejar rastro. Como si alguien, algo, estuviera jugando a una versión macabra de la cocina.

A estas anomalías se sumaron las sombras. Extrañas formas oscuras que recorrían las paredes de la estancia. No eran siluetas humanas, no eran animales. Eran manchas que se movían con lentitud, como si exploraran su nuevo territorio. María, aterrorizada, intentó comunicarse con ellas. Nunca obtuvo respuesta.

El retrato y la Virgen

Pero algo llamó la atención de la familia. En medio de aquel caos, dos objetos permanecían inalterables. El retrato del marido de María, José Sánchez, fallecido quince años atrás, seguía en su sitio. Ni un solo golpe, ni un solo desplazamiento. Y la imagen de la Virgen de Guadalupe, igual. Como si la fuerza que desataba todo aquello respetara esos dos objetos.

María recordó entonces algo que su esposo le había mencionado años atrás. Una promesa que tenía que cumplir con la Virgen de Guadalupe. Nunca supo el motivo, ni su marido le había contado los detalles. Pero en un arrebato de fe, la familia acudió a Guadalupe y encargó una misa en memoria del difunto.

Durante unos días, la casa se calmó. Los fenómenos cesaron. La familia respiró aliviada. Pero fue un espejismo. La paz duró poco. Los golpes volvieron, los objetos volvieron a volar, las sombras volvieron a deslizarse por las paredes. Y la situación, incluso, pareció volverse más angustiosa. Como si la misa hubiera enfadado a algo. Como si aquello que había desatado el caos no fuera a contentarse con una simple ceremonia.

Ulpiano, el hijo soltero de María, apenas dormía. Pasaba las noches en vela, escuchando los golpes, viendo las sombras. Su madre, mientras tanto, seguía intentando comunicarse con la entidad. Le hablaba, le preguntaba qué quería. Pero solo recibía silencio. O más violencia.

El niño y la duda final

Con el tiempo, los investigadores que se interesaron por el caso comenzaron a barajar una hipótesis. Quizá el agente generador de los fenómenos no era un fantasma, ni una promesa incumplida, ni una entidad demoníaca. Quizá era Andrés, el nieto de trece años. Los poltergeists, se sabe, suelen centrarse en adolescentes, especialmente en épocas de estrés o cambios hormonales.

Cuando separaron al chico de la casa, todo cesó. Andrés se fue a vivir con sus padres al cortijo donde estos trabajaban. Los fenómenos no lo siguieron. En otros lugares donde residió el chico nunca se habían producido efectos de este tipo. Pero tampoco se pudo confirmar si Andrés era el causante. No hubo pruebas concluyentes.

Quedó la duda. Y el miedo.

Hoy, la casa sigue en pie. Los vecinos la miran de reojo cuando pasan. Nadie ha querido volver a habitarla. Los fenómenos, según cuentan, cesaron para siempre. 

María Sanromán falleció años después, sin saber nunca qué había ocurrido en su hogar. Ulpiano, el hijo soltero, se fue del pueblo. Andrés, el nieto, creció y formó su propia familia. Nunca más se supo de fenómenos a su alrededor.

El poltergeist de Logrosán es uno de los casos más inquietantes de la parapsicología española. Porque no hubo una explicación. Solo preguntas. Y miedo. Mucho miedo.

Si alguna vez pasas por Logrosán, si te pierdes entre sus calles, no entres. No preguntes qué pasó allí. Porque los vecinos, si te ven, bajarán la cabeza y se irán. No quieren recordar. No quieren hablar. Solo quieren que el olvido, algún día, haga su trabajo.