AYUNTAMIENTO DE CEUTA:
El Palacio Consistorial: Un Edificio con Historia
Plaza de África, calle del Alcalde Antonio Sánchez Prados, Ceuta.
Ceuta, esa ciudad española en el norte de África, guarda entre sus calles un secreto que late cuando el sol se pone y las oficinas se vacían.En el corazón de la ciudad, en un edificio que comenzó a levantarse el 5 de agosto de 1914 y que tardó doce años en completarse, ocurren cosas que los funcionarios prefieren no contar en voz alta.
Es el Palacio Consistorial, la sede del Ayuntamiento de Ceuta. Un edificio inaugurado el 6 de octubre de 1927, el edificio abría sus puertas con toda la solemnidad imaginable. Coincidiendo con la visita del rey Alfonso XIII y la reina Victoria Eugenia a Ceuta, se celebró una cena de gala en el majestuoso Salón del Trono. Luces, música, presencia real… y sin embargo, algunos dirían hoy que no todo lo que quedó dentro de aquellos muros era visible.
Décadas después, en 1989, comenzaron las obras de ampliación del Palacio Consistorial, que concluirían en 1991. Nuevos espacios, nuevos pasillos… pero también, según quienes trabajan allí, nuevas formas de inquietud.
Porque en el Palacio Consistorial, cuando cae la noche y los funcionarios se marchan, no todo el mundo se va.
Fenómenos en la Oscuridad
Numerosos empleados, sobre todo los del turno de tarde-noche, han narrado experiencias que desafían toda lógica. Han visto cosas. Han oído cosas. Han sentido un frío repentino en habitaciones cerradas, una presencia invisible en pasillos vacíos, una tensión en el aire que no puede explicarse con palabras. Han sentido cómo el edificio cambia. Cómo deja de ser un lugar administrativo para convertirse en algo difícil de definir. Relatan experiencias que no encajan, episodios que provocan un silencio incómodo al recordarlos.
Uno de los testimonios más escalofriantes es el del agente Luis Díaz. Era su turno de noche. Estaba sentado ante la mesa desde la que controlaba el resto del edificio, vigilando las pantallas, comprobando que todo estuviera en orden. Decidió hacer una ronda por las zonas más nuevas del inmueble. Las habitaciones del ala antigua estaban cerradas bajo llave. Era imposible que alguien hubiera entrado allí. Recorrió todos los pasillos transitables, comprobó puertas, ventanas, accesos. Todo en orden. Volvió a su silla.
Pero solo unos minutos después, su tranquilidad se vio enturbiada por un sonido inesperado. Algo. Alguien. En alguna parte del edificio. Un sonido seco. Inesperado. Fuera de lugar.
Se levantó. Siguió el ruido. Rápidamente acudió a la zona desde la que procedía aquel sonido anormal. Y entonces lo escuchó de nuevo. Pero esta vez no eran pasos, ni golpes, ni voces. Era música. O más bien, un aporreo descompasado. Alguien estaba tocando el piano. El piano que se encontraba en el salón de actos.
Luis no dudó. No sabía quién o quiénes podían haber entrado, ni con qué intenciones. Pero no iba a enfrentarse solo a lo que fuera. Pidió refuerzos. Avisó a los dos agentes que patrullaban la zona en su vehículo.
Pocos minutos después, los tres policías inspeccionaban meticulosamente la sede del Ayuntamiento. Comenzaron por el lugar donde se hallaba el piano. El salón de actos estaba vacío. No había nadie. Registraron cada habitación, cada pasillo, cada rincón. El edificio estaba desierto. No había señal de que alguien hubiera entrado. Y lo más desconcertante: todas las puertas estaban cerradas por dentro con llave. No había ventanas abiertas, no había explicación.
La Persistencia de lo Inexplicable
Sus compañeros se marcharon. Luis se quedó solo de nuevo. Se sentó, tratando de tranquilizarse, pensando que quizá había sido un error, un fallo en su percepción. Pero al cabo de un rato, el piano volvió a sonar. Esta vez con más fuerza. Alguien lo aporreaba, como si estuviera enfadado, como si quisiera llamar la atención. Volvió a llamar a sus compañeros. Regresaron. Repitieron la inspección rigurosa de todas las instalaciones. No encontraron al misterioso intruso. El piano, cuando llegaron, estaba en silencio. Pero los tres agentes sabían lo que habían oído.
Luis no fue el único. La mayor parte de los agentes que han realizado turnos de noche en el Palacio Consistorial han sido testigos involuntarios de fenómenos inexplicables. Lo más frecuente eran las voces. Voces procedentes de un lugar indeterminado, difícil de ubicar. Murmullos que parecían venir de distintas habitaciones al mismo tiempo. A veces, esas extrañas voces iban acompañadas por sonidos de pasos en las plantas superiores. Pasos que recorrían los pasillos, que subían y bajaban escaleras, que se acercaban y luego se alejaban.
Pero no solo voces y pasos. También sonidos de oficina. Máquinas de escribir que tecleaban solas. Grapadoras que se accionaban sin que nadie las tocara. Sillas que se arrastraban sobre el suelo. Puertas que se cerraban. El trasiego rutinario propio de un ambiente en el que deambulan y trabajan muchas personas. Pero no había personas. El edificio estaba vacío.
Uno de los fenómenos que más se repetían era el ascensor. El ascensor comenzaba a cambiar de planta de manera automática, sin que nadie presionara los botones. Subía y bajaba, se detenía, reanudaba su marcha. Y siempre, curiosamente, la puerta terminaba por abrirse en la planta donde se encontraba el desconcertado agente de guardia. Como si alguien, algo, quisiera salir a su encuentro. O como si quisiera que él entrara.
Alguna vez, los agentes llegaron a empuñar sus armas reglamentarias. Porque estas situaciones, más allá de lo inexplicable, provocan momentos de tensión y sensación de peligro. No saben a qué se enfrentan. No saben si lo que se acerca por el pasillo, lo que sea que esté tocando el piano o moviendo las sillas o haciendo funcionar el ascensor, es hostil. Solo saben que no debería estar allí.
El Hombre de la Túnica
Juan Vivas, alcalde de Ceuta por aquel entonces, recordaba con claridad los informes que llegaban a su despacho. Policías que afirmaban ver con cierta frecuencia la materialización de un hombre. Vestía con túnica larga y sombrero. Se paseaba con tranquila parsimonia por los pasillos y habitaciones del Ayuntamiento, como si fuera un empleado más, como si tuviera todo el derecho del mundo a estar allí. Y luego, de repente, desaparecía. De forma espontánea, sin transición, como si nunca hubiera estado.
Un día, uno de los agentes vivió una experiencia aún más desconcertante. Estaba sentado en la mesa de control de la entrada. La puerta principal estaba cerrada. No había nadie más en el edificio. En determinado momento, escuchó un chirrido que procedía de la entrada, más concretamente de la zona del techo. Miró hacia arriba. Un enorme toldo automático, que normalmente está plegado, había descendido unos centímetros desde su posición inicial.
El policía se quedó a la espera. El chirrido se repitió. El toldo comenzó a bajar lentamente, centímetro a centímetro, multiplicándose los chirridos. Finalmente, se desplegó por completo. El agente pensó que el misterioso episodio había concluido. Pero entonces, el toldo empezó a subir. Lentamente, como si una mano invisible estuviera accionando los controles, hasta recuperar su posición original.
Al día siguiente, el agente informó del funcionamiento del mecanismo. Descubrió que el toldo era automático y se accionaba pulsando unos botones que estaban en la caja de los fusibles y la alarma. Durante la noche anterior, él estaba solo. No había nadie más en el edificio. Las únicas llaves estaban en su poder. La única explicación posible era que alguna fuerza invisible hubiese activado aquel mecanismo.
¿La Sombra de Sánchez Prado?
¿Quién es ese hombre de túnica y sombrero que pasea por los pasillos? ¿Quién toca el piano en mitad de la noche? ¿Quién hace funcionar el ascensor y despliega los toldos?
Hay una teoría, recurrente entre los que conocen la historia de Ceuta, que apunta a un nombre: Sánchez Prado. El antiguo alcalde de la ciudad, que da nombre a la propia calle donde se ubica el edificio del Ayuntamiento. Nació el 4 de mayo de 1888. Era médico, muy querido en vida porque solía ayudar a quien lo necesitara sin pedir nada a cambio. Fue condenado a muerte por delito de rebelión militar. Murió fusilado en la playa del Tarajal el 5 de septiembre de 1936. Tenía 48 años. Está enterrado en el nicho 45 del cementerio de Santa Catalina.
Algunos comentan que, durante su etapa de alcalde, solía vestir una capa muy parecida a la que describen aquellos que han visto la figura espectral en el Ayuntamiento. Una capa larga, oscura, que envolvía su cuerpo como un sudario. Y un sombrero, de aquellos que se usaban a principios del siglo XX. Tampoco faltan los testigos que van más lejos y afirman haber divisado un rostro parecido al de Sánchez Prado en aquella figura que deambula por los pasillos.
¿Es él? ¿Es el espíritu del antiguo alcalde el que vaga por el edificio que gobernó? ¿El médico que ayudaba a los necesitados, buscando quizá una justicia que nunca llegó? ¿O es solo un alma en pena, atrapada entre las paredes de un lugar que fue suyo, que no puede o no quiere marcharse?
Las preguntas quedan en el aire. Como las notas de aquel piano que nadie toca. Como los pasos en el pasillo vacío. Como el ascensor que se detiene en la planta donde estás, invitándote a entrar.
Hoy, el Palacio Consistorial de Ceuta sigue siendo el centro del gobierno local. Los funcionarios trabajan durante el día, los políticos se reúnen en sus salones, los ciudadanos acuden a tramitar sus documentos. Todo parece normal. Pero cuando cae la noche, cuando las luces se apagan y las puertas se cierran, los agentes de seguridad saben que no están solos.
En los pasillos, una figura con túnica y sombrero puede cruzarse en tu camino, mirarte con unos ojos que ya no pertenecen a este mundo, y desaparecer antes de que puedas siquiera gritar.
Si alguna noche te encuentras cerca del Ayuntamiento de Ceuta, si ves una luz encendida en una ventana que debería estar a oscuras, si escuchas un piano en un edificio vacío, no te acerques. No preguntes quién está allí. Porque la respuesta, si la obtuvieras, probablemente no te gustaría.
Y en el Ayuntamiento de Ceuta, las puertas, por la noche, nunca terminan de cerrarse del todo.
0 Comentarios