CEMENTERIO SAN MIGUEL:
El Hermano Pepe, que no era hombre de temer a los muertos, siguió el rastro de la voz. Caminó entre panteones, entre nichos, entre estatuas que parecían observarlo. Hasta que localizó el origen. Venía del interior de un nicho. De entre la piedra, del lugar donde reposaban los restos de alguien, salía aquella voz infantil llamando a su madre.
Al día siguiente, consultó los libros de defunciones en el archivo de la necrópolis. Descubrió que en aquel nicho reposaban los restos de un niño de entre uno y dos años. Se llamaba Antoñito. Había muerto de leucemia, después de dolorosos padecimientos. Un niño que, en sus últimos días, probablemente llamó a su madre una y otra vez. Y que, según el Hermano Pepe, seguía llamándola desde el otro lado.
El fenómeno se repitió con asiduidad, en múltiples ocasiones, a distintas horas, con diferentes variantes. Pero no fue la única situación extraña que vivió. En diversas ocasiones, vio a un niño de corta edad que entraba corriendo en la capilla cuando el camposanto ya estaba cerrado al público. Una visión confusa, porque el pequeño pasaba a gran velocidad. El Hermano Pepe se volvía, veía su silueta, y entonces el niño desaparecía, tan repentinamente como había irrumpido. No había puertas abiertas, no había escondites. Simplemente, se esfumaba.
Otras personas también declararon haber visto a este niño a lo lejos, en diversos lugares del camposanto. Según sus testimonios, en algunas ocasiones se aparecía ataviado con vestimentas blancas y vaporosas. Y lo más inquietante: levitaba sobre el suelo. Flotaba en el aire, como si la gravedad no fuera una limitación para él.
Algunas personas, conmovidas por la historia, acudieron a la tumba de Antoñito. Dejaron en su nicho caramelos y cartones de leche. Un presente para el pequeño. Y entonces ocurrió algo que desafía toda explicación. En numerosas ocasiones, con el cementerio cerrado, con las puertas selladas y los vigilantes haciendo sus rondas, los caramelos desaparecían. O aparecían con el envoltorio quitado. O estaban mordisqueados.
Si se sigue el camino principal y se pasa al segundo patio de nichos, se encuentra uno de los rincones más habituales de enterramiento infantil. Allí descansan los restos de María Marta, una niña fallecida en un accidente de coche. Los vigilantes de seguridad, esos hombres y mujeres que pasan las noches en el cementerio cuando todos los demás se han ido, han visto su cuerpo semitransparente e inerte. Una niña que flota entre los nichos, que no camina sino que se desplaza como una burbuja de aire, con los ojos abiertos pero vacíos, mirando sin ver.
Los lugareños cuentan que María Marta intercede en problemas de pareja. Por eso, es común ver en su tumba cartas y notas de gente que pide que se solucionen sus problemas de amor. Jóvenes despechados, esposos en crisis, amantes secretos, todos acuden a ella. Como si una niña muerta pudiera entender mejor que nadie el sufrimiento del corazón.
Otra historia, más sombría aún, es la de Carolina R.G., conocida popularmente como la Novia Cadáver. Falleció en 1928. Oficialmente, de tuberculosis. Pero la tradición oral sostiene que la verdadera causa fue un mal de amores. Su novio la dejó plantada en el altar. Ella, vestida de blanco, con el ramo en la mano, esperó. Y esperó. Y el novio no apareció. Dicen que su corazón se rompió literalmente, que la pena la consumió en cuestión de días.
Varios vigilantes del cementerio aseguran que han visto a una mujer vestida de novia deambulando por el lugar, entre los panteones, con el ramo aún en la mano, buscando a un novio que nunca llegó. Y se cuenta también que su fantasma se vengó: el novio falleció en un accidente unos días después de la muerte de Carolina. Casualidad, dirán algunos. Justicia poética, dirán otros.
Hace décadas, existió otro párroco encargado de la capilla de San Miguel: el padre Eliseo. Murió en enero de 1946. Pero algunos visitantes del cementerio, los que acuden al atardecer, cuando la luz se vuelve dorada y las sombras se alargan, afirman haber visto a un hombre mayor con hábitos monacales caminando entre los panteones. No se detiene, no saluda, no mira a nadie. Solo camina, con paso pausado, como si aún estuviera cumpliendo con su deber. Como si aún fuera el párroco de los muertos.
Y luego está Jane Bowles. Escritora norteamericana nacida en Nueva York en 1917, fallecida en Málaga en 1973.Su panteón es discreto, humilde, fácil de pasar por alto. Pero el 4 de mayo de 2005, más de quince personas se congregaron frente a él. Eran familiares, amigos, lectores de la desaparecida escritora. Hablaban, recordaban, dejaban flores.
De repente, uno de los allí reunidos levantó la vista y se quedó atónito. Entre el grupo, en el que todos se conocían, había un personaje más. Una mujer vestida de luto. Su rostro era extrañamente parecido al de la literata. La mirada de la señora parecía perdida, enfocada hacia el panteón, como si estuviera leyendo su propio nombre en la piedra.
Antes de que nadie pudiera reaccionar, antes de que alguien pudiera acercarse a ella, la mujer desapareció tras la esquina de un panteón de gran tamaño. Varios testigos rodearon la zona por diferentes lugares. No encontraron a nadie. La mujer se había desvanecido sin dejar rastro.
Los más veteranos, los que llevaban años acudiendo a la tumba de Bowles cada aniversario de su muerte, respondieron con una calma que heló la sangre de los presentes: "No os preocupéis. Jane suele venir en el aniversario de su muerte, apareciendo entre nosotros con la misma espontaneidad con que desaparece".
Los vigilantes de seguridad han vivido otras experiencias, algunas tan extrañas que cuesta creerlas. Varios de ellos coinciden en un fenómeno que se repite con todo detalle en días diferentes, como si estuviera programado para seguir siempre el mismo patrón. Mientras se encuentran en la sala de descanso, escuchan un ruido seco. Una losa de nicho que cae al suelo y se hace añicos. Salen corriendo, acuden al lugar donde se ha producido el estruendo. No encuentran ninguna losa caída, ningún nicho abierto, ningún rastro de rotura. Vuelven a la cabina. A los pocos minutos, el ruido se repite. La misma losa, el mismo cristal, la misma caída. Y al acudir, otra vez, nada.
Como si alguien, algo, estuviera jugando con ellos. Como si los muertos de San Miguel tuvieran un sentido del humor macabro, o quizá solo quisieran recordar a los vivos que ellos siguen ahí. Que no se han ido. Que no se irán nunca.
Hoy, el Cementerio de San Miguel es un lugar de visita cultural. Hay recorridos guiados, actos conmemorativos, ofrendas florales. Los turistas pasean entre los panteones, leen los nombres de los ilustres difuntos, hacen fotos de las estatuas y los obeliscos.
Pero los que han estado allí de noche, los que han visto a la novia cadáver deambular entre las tumbas, los que han sentido el frío repentino de una presencia que no ven, esos ya no ven San Miguel como un museo. Lo ven como lo que es: un lugar donde los muertos aún tienen voz. Y a veces, también hambre.
Todo eso es San Miguel. Una necrópolis donde la muerte no es el final, sino un estado de espera. Y donde los vivos, si se atreven a entrar cuando el sol se ha puesto, pueden sentir en la nuca el aliento de algo que no debería estar ahí.
Pero que está. Y que lleva mucho tiempo esperando.
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