CASTILLO DEL BUEN AMOR:


Situado entre salamanca y Zamora, Castilla León.

Hay castillos que se alzan orgullosos sobre colinas, mostrando su grandeza a los viajeros. Y hay castillos que se esconden, que guardan sus secretos entre piedras desgastadas por el tiempo, que susurran historias de amor prohibido y condena eterna.
El Castillo del Buen Amor, en la provincia de Salamanca, es de estos últimos. Un lugar que también se le conoce con el nombre de Castillo de Topas o de Villanueva del Cañedo, pero que siempre mantuvo algo inalterable: el eco de dos almas que se amaron contra todo mandato y que, por ello, fueron condenadas a vagar entre sus muros para siempre.

Para entender lo que ocurre en este castillo, hoy convertido en hotel, hay que retroceder al siglo XI. Sobre los cimientos de una antigua fortaleza, se alzó un edificio que pasaría por muchas manos: los Reyes Católicos, los Fonseca, un linaje de arzobispos cuya historia se entrelazó para siempre con la piedra. Pero el nombre que ha perdurado, un título que encierra tanto ternura como condena, el que da título a esta fortaleza, nació de un amor escandaloso. El de Alonso y Doña Teresa.

En 1478, Alonso de Ulloa de Fonseca y Quijada, obispo de Ávila, adquirió el castillo. No lo hizo para defender la fe, ni para ampliar su poder eclesiástico. Lo hizo por amor. Porque en aquella fortaleza pensaba vivir con su amante, Doña Teresa de las Cuevas. Transformó la antigua estructura en una casa palacio señorial. Un hogar. Un refugio para un amor que la Iglesia, por supuesto, no bendecía.

A la pareja no le importó lo que dijeran de ellos. Vivieron felices en el castillo. Formaron una hermosa familia con cuatro hijos: Gutierre, Fernando, Ana e Isabel. El primogénito, Gutierre, se convertiría en el primer señor de Villanueva del Cañedo. Parecía un final feliz. Pero la felicidad, en este mundo, es siempre provisional. Y la muerte de sus padres marcó el inicio de un silencio que pronto se volvería inquietante. 

Porque la Iglesia católica, que en vida no había podido separarlos, encontró la manera de hacerlo después de muertos. Prohíbe el amor entre un obispo y una mujer. Y por ello, anuló su paz eterna. Su destino, según dictaminaron las autoridades eclesiásticas, sería el limbo. Ni cielo ni infierno. Un estado de espera perpetua, de anhelo sin cumplimiento, de amor sin consumación. Sus almas quedaron encerradas entre las paredes del castillo, condenadas a vagar por los mismos pasillos que recorrieron en vida, a recordar para siempre lo que fueron y lo que no pudieron seguir siendo.

El castillo, tras la muerte de la pareja, quedó abandonado. Durante siglos, fue usado como almacén agrícola. Los vecinos, necesitados de materiales, cogían piedras de sus muros para edificar sus propios domicilios. En 1903, un incendio azotó la fortaleza y destruyó gran parte del piso superior. El abandono era tal que, a pesar de ser declarado Bien de Interés Cultural en 1931, pocos parecían recordar lo que aquel lugar había sido.

En 1958, la familia Fernández de Trocóniz adquirió el castillo y realizó una importante restauración. Devolvieron a las estancias su antiguo esplendor, las torres recuperaron su silueta y los muros sus colores.
Pero no fue hasta 2003 cuando el castillo se convirtió finalmente en lugar de hospedaje. Un hotel. Un lugar donde los viajeros pudieran dormir entre muros que habían visto amores prohibidos y condenas eternas.

Y entonces, los huéspedes comenzaron a contar cosas, a ser testigos de lo inexplicable.

Porque en el Castillo del Buen Amor, un halo de misterio lo envuelve todo. Se perciben corrientes de aire frío que surgen de la nada, crujidos de madera que parecen responder a pasos que nadie da. Las personas que han presenciado hechos inexplicables son muchas. Y los relatos, variopintos y de diferente índole, tienen un denominador común: todos parecen apuntar hacia la misma pareja de enamorados condenados.

Una de las historias más perturbadoras ocurrió durante dos noches seguidas. Desde la habitación número 8, se realizaron varias llamadas a recepción. Los recepcionistas que trabajaban aquella noche comprobaron, perplejos, que en ese preciso momento no había ningún inquilino ocupando esa habitación. Estaba vacía. Pero el teléfono sonaba. Y al otro lado, nadie respondía. O quizá sí, pero los recepcionistas no podían escucharlo.

Al día siguiente, los dos empleados comentaron lo ocurrido al resto del personal. Hubo burlas, bromas, comentarios escépticos. Pero el miedo en sus caras era palpable. Un compañero, para tranquilizarlos, decidió desenchufar la línea telefónica de la habitación número 8. Sin conexión física, sin posibilidad técnica de que sonara. Sin embargo, esto de poco sirvió.

En torno a las cinco de la madrugada, volvió a ocurrir. Una llamada. Desde la habitación número 8. La misma que seguía vacía. El mismo teléfono que no tenía corriente. Alguien, algo, estaba llamando. Y los recepcionistas, otra vez, tuvieron que escuchar el timbre en la noche, preguntándose quién, o qué, estaba al otro lado de la línea, como si el castillo quisiera asegurarse de que los vivos recordaran.

Los huéspedes también han tenido sus experiencias. Algunos se han quejado de continuos ruidos "extraños" que les impedían conciliar el sueño. Golpes en las paredes. Pasos en los pasillos cuando no había nadie. El arrastrar de cadenas sobre la piedra. 

En una ocasión, un huésped escribió en el libro de visitas una frase que resume lo que muchos piensan: "Si hay un fantasma en el inmueble, que me lo cuenten". Como si quisiera que alguien le explicara lo que había sentido. Como si la explicación racional no existiera.

Cerca del bar del castillo, una armadura inclinada parece dar la bienvenida al visitante. Es un adorno, un guiño a la historia medieval del lugar. Pero no es la armadura lo que atrae la atención de los más sensibles. Es el lugar donde se encuentra. Porque allí, precisamente allí, Paloma Navarrete, la conocida colaboradora de Cuarto Milenio, vio a través de su bola de cristal algo que la dejó sin aliento.

"Vi una mujer. Una dama blanca que aparece por las noches allí donde vivió, sufrió y gozó. La vi pasear por la zona del bar, junto a la recepción, vestida de blanco…"

Una dama blanca. El espíritu de Teresa de las Cuevas, quizá, que aún recorre los pasillos del castillo que fue su hogar. Que aún pasea por las estancias. Que aún viste de blanco, como si fuera una novia eterna esperando a su amado.

Los clientes del hotel han visto a esa dama blanca en múltiples ocasiones. Unos la han visto subir por unas empinadas escaleras, con paso ligero, desapareciendo en la penumbra del piso superior. Otros han asegurado que la vieron pasar, sin llamar, por las habitaciones. Entraba, recorría la estancia, y salía. Como si estuviera revisando que todo estuviera en orden. Como si aún fuera la dueña de la casa.

Un cliente, especialmente impactado, comunicó al personal que había visto a una mujer ataviada con un vestido blanco cepillándose una larga cabellera en uno de los torreones del castillo. La describió como una figura etérea, casi transparente, pero con gestos perfectamente humanos. Se cepillaba el pelo lentamente. Para sorpresa del inquilino y del personal del hotel, en el momento en que se produjo la visión no había nadie alojado en la habitación correspondiente a ese torreón. Estaba vacía. Pero alguien, algo, estaba allí.

En otra ocasión, dos clientes manifestaron que en una escalera estrecha que hay en el pasadizo construido especialmente para Teresa de las Cuevas, notaron la presencia de una mujer. No la vieron, pero la escucharon. Una voz femenina que entonaba canciones antiguas. Melodías que no sonaban en las radios, que no pertenecían a este tiempo. En el momento en que se produjo este hecho, ambos clientes estaban solos en el pasadizo. No había nadie más. Pero la voz estaba allí, clara, nítida, como si alguien cantara justo a su lado.
El pasadizo. Construido para Teresa. El lugar donde ella caminaba, donde quizá soñaba, donde quizá lloraba su amor prohibido. Allí, siglos después, su voz aún resuena.

Pero no todo son visiones de la dama blanca. El castillo guarda otros secretos, otras presencias. En las antiguas caballerizas, los huéspedes y el personal han oído ruidos imposibles. El movimiento de tropas, como si un ejército invisible recorriera el palacio de armas. Pasos marciales, órdenes gritadas en lenguas antiguas. En el camino de ronda, las centinelas fantasma aún vigilan, aún patrullan, aún protegen un castillo que ya no necesita defensa.

Hoy, el Castillo del Buen Amor es un hotel. Los turistas llegan, se maravillan con la arquitectura, cenan en el restaurante, duermen en sus habitaciones. La mayoría no sabe nada de Alonso y Teresa. No sabe que sus almas fueron condenadas al limbo por amarse contra lo establecido. No sabe que, según los lugareños, siguen encerrados entre estas paredes, recorriendo los pasillos que fueron su hogar, esperando quizá una redención que nunca llegará.

El castillo está lleno de rincones que parecen vivos. Las escaleras crujen bajo un peso invisible, y las sombras juegan a esconderse en los corredores. Los muros parecen susurrar secretos de un amor que la muerte no pudo romper. Se dice que quienes cruzan sus puertas sienten una presencia constante, como si los ojos de Alonso y Teresa nunca los abandonaran, vigilando cada gesto.

Y, sin embargo, el castillo sigue atrayendo a curiosos, investigadores y aventureros del misterio. Porque en algún lugar entre la historia y lo sobrenatural, entre la piedra y la sombra, el Buen Amor guarda su secreto más aterrador: que el amor prohibido no terminó con su muerte, y que su vigilia eterna continúa, firme, en cada habitación, en cada pasillo, en cada torre.

Atravesar sus puertas es entrar en un mundo donde la historia no es solo pasado, sino presencia viva, donde cada crujido puede ser un saludo o una advertencia, y donde el visitante descubre que el miedo y la fascinación pueden caminar de la mano.

Porque el amor, cuando es prohibido, no muere. Se transforma. Y a veces, se convierte en leyenda. O en fantasma.