LA CATEDRAL Y EL AYUNTAMIENTO DE JAEN:


La noche en Jaén tiene un color especial. El de la piedra de la Catedral bajo la luna, el de los balcones que asoman a la plaza como testigos mudos de siglos de historia.
En el corazón del casco antiguo, en la Plaza de Santa María, se alza imponente el templo dedicado a la Asunción de la Virgen. Declarada Monumento Histórico Artístico, donde se alberga el Santo Rostro de Cristo o “La Verónica”, una de las reliquias más famosas del cristianismo que se encuentra en el altar mayor de la Catedral.

Pero no se dejen engañar por su fachada solemne, por sus piedras bien talladas, por su aire de grandeza religiosa. La Catedral de Jaén guarda secretos que no aparecen en las guías turísticas. Guarda un rostro. Una maldición. Y un niño que nunca dejó de llorar.

Para entender lo que ocurre en este lugar hay que retroceder hasta la época de Fernando III el Santo. Fue entonces cuando se edificó el primer templo cristiano sobre la antigua mezquita. Pero la construcción que hoy contemplamos, de marcado estilo renacentista, comenzó en el siglo XV y duró 164 años. 164 años de obreros, de arquitectos, de piedra sobre piedra. 164 años de rezos y de ritos. Suficiente tiempo para que algo quedara impregnado en los muros.

La Catedral es única en España. Tiene 62 balcones, 27 exteriores y 35 interiores. Más de 100 ventanas.  

También guarda en una caja fuerte de máxima seguridad bajo siete llaves, uno de los rostros más antiguos de Cristo.  Una reliquia que atrae a peregrinos de todo el mundo: el Santo Rostro de Cristo.
El paño con el que Verónica enjugó el sudor y las lágrimas de Jesús camino del Calvario, y en el que su rostro quedó milagrosamente impreso.
Tan impactante es la imagen como el marco de oro que la protege: 191 rubíes, 193 diamantes, 210 esmeraldas. Durante la Guerra Civil, la reliquia se perdió. Apareció en París en los años cuarenta. Y para celebrar su regreso, se añadió al marco un lazo de oro y brillantes, un símbolo de unión entre la reliquia y la ciudad, con el deseo de que nunca más se extraviara.

Pero hay otro rostro en la Catedral. Uno que no está en el altar, sino en un friso exterior. Uno que no es sagrado, sino maldito. Es la Mona de Jaén.

La leyenda cuenta que fue una hermosa joven que vivía en la época de los Reyes Católicos. Era conocida por su belleza y su amabilidad.
Pero despertó la envidia de un mago oscuro que deseaba poseerla. Otras versiones dicen que se trataba de un hombre de origen judío o árabe.
Sea quien fuere, el caso es que la joven fue convertida en piedra. Justo antes de que el hechizo se completara, pronunció una maldición que persigue a la ciudad hasta hoy.
Predice desgracias para cualquiera que se atreva a mirar a los ojos de la mona de manera directa. Quienes caen bajo su mirada experimentan infortunios, dificultades, mala suerte. Algunos, incluso, aseguran haber sentido una presencia oscura después de mirarla, como si algo se hubiera despertado en su interior.

Pero la leyenda más inquietante de la Catedral de Jaén no es la de un rostro pintado ni la de una mujer convertida en piedra. Es la de un niño. Un niño vestido de comunión que deambula por el templo cuando la noche cae y los turistas se han ido.

Los testimonios se acumulan. Personas que afirman haberlo visto, haberlo oído, haberlo sentido. Siempre igual: primero, un leve lloro. Un llanto infantil que parece venir de ninguna parte. Luego, se hace más intenso, más desgarrador. Y al final, aparece la imagen del niño. Vestido de blanco, como aquellos que hacen la primera comunión. Su rostro, pálido. Sus ojos, tristes.

Los testigos coinciden en otro detalle: antes de verlo, sienten una ráfaga de viento gélido que les eriza la piel. Un frío que no es de este mundo, que no se corresponde con la temperatura del templo, que aparece y desaparece sin explicación.

El niño parece tener una especial predilección por la imagen de la Virgen de las Angustias, una de las figuras más veneradas de Jaén. Durante la Semana Santa, cuando la imagen está en su trono para la procesión, los cofrades han visto al niño levantando los faldones del paso y deslizándose debajo. Piensan que es un crío travieso, alguien que se ha colado donde no debe. Se asoman debajo del paso para reprenderlo. Pero no hay nadie. El niño ha desaparecido.

El sacristán, cuando realiza su ronda nocturna para asegurarse de que no queda nadie en la Catedral, ha sido testigo de la figura de un niño corriendo hacia la sacristía. Ha seguido sus pasos, ha abierto la puerta. La estancia está vacía. Y sin embargo, las puertas y ventanas que él mismo cerró horas antes aparecen por la mañana abiertas o entreabiertas. Como si alguien hubiera estado allí.  

Personajes notables, como el ex obispo de Jaén Santiago García Aracil, han afirmado haber visto a este niño. Un obispo, un hombre de fe, que no tiene razón alguna para inventar historias. Él también lo vio.  

¿Quién es este niño? ¿Por qué vaga por la Catedral? La respuesta, según la tradición oral de Jaén, se remonta a un Viernes Santo. Al Viernes Santo de 1948.

Ese día, un niño de once o doce años, al que apodaban "El Popeye" por su constitución recia, se subió a un sitio alto de la Catedral. Quería ver el desfile procesional, alejarse del gentío, tener una mejor perspectiva. Perdió el equilibrio. Al intentar agarrarse a algo, sus manos contactaron con la red eléctrica. Un calambre. Una sacudida. El niño salió despedido y cayó sobre el duro asfalto. Su vida se apagó en segundos.

Iba vestido de comunión. Era tradición, en aquella época, vestir a los niños de blanco el Viernes Santo.  Era solo un niño que quería ver la procesión. Y murió.

Desde entonces, su espíritu no ha encontrado descanso.

Pero la Catedral no es el único lugar donde se aparece. A escasos cincuenta metros, en el Ayuntamiento de Jaén, también han visto al niño.

Una mujer de la limpieza llamó a la policía. Había visto a un niño, vestido de primera comunión, en el hueco de la escalera que sube a las dependencias municipales. La policía acudió, realizó una inspección. No encontraron nada. Pero cuando el alcalde en funciones, Francisco Javier Márquez, se enteró de lo ocurrido, quedó profundamente sorprendido.
No porque le pareciera increíble. Sino porque, al preguntar a los trabajadores del Ayuntamiento, descubrió que la historia del fantasma del niño no era nada nuevo para ellos. Llevaban años viéndolo. Años sin atreverse a hablar.

Otra limpiadora, con más de una década de trabajo en el edificio, añadió su testimonio: "Nunca presencié algo tan paranormal. Una vez, limpiando una oficina, vi al niño junto al escritorio. Me miraba con sus ojos tristes, sin emitir sonido. Intenté acercarme, pero se esfumó ante mis ojos".

Según los testimonios, las apariciones en el Ayuntamiento siempre tienen lugar en las mismas zonas: el ala contraria al despacho de alcaldía, las escaleras principales, y la sala de informática. El niño no deambula al azar. Parece tener un territorio marcado. Un lugar al que regresa una y otra vez.

¿Por qué el Ayuntamiento? El edificio actual, el Palacio de Montemar, data del siglo XVI y fue remodelado en el XIX para albergar las oficinas municipales. No hay ninguna historia conocida que lo vincule directamente con la muerte del niño. Pero está a solo cincuenta metros de la Catedral. Quizá, como sugieren algunos, el fantasma ha ampliado su territorio. Quizá el niño, que murió en la calle, en el asfalto, entre la Catedral y el Ayuntamiento, no entiende de límites administrativos. Para él, todo es el mismo lugar. El lugar donde murió.

Hoy, la Catedral de Jaén sigue siendo un templo vivo, un lugar de culto, un monumento histórico. Los turistas entran a ver el Santo Rostro, a admirar los balcones, a fotografiarse bajo sus piedras. Pero los que saben, los que han oído el llanto, los que han sentido el viento helado, los que han visto de reojo a un niño vestido de blanco que desaparece al mirarlo, esos ya no ven la Catedral igual.

Y si alguna noche te acercas a la Plaza de Santa María, si el silencio es el adecuado, quizá también tú lo escuches. Un leve lloro, el frío. Y luego, la aparición.
No intentes seguirlo. No intentes hablarle. Solo respira hondo, y recuerda que hay lugares donde los muertos no descansan. Donde un niño, que murió un Viernes Santo por querer ver una procesión, aún recorre los pasillos de la Catedral y las escaleras del Ayuntamiento.

Llorando. Buscando. Esperando.

Quizá, solo quizá, lo que busca es que alguien lo acompañe. Que alguien lo lleve de vuelta a casa. Pero su casa, desde aquel Viernes Santo de 1948, es esta plaza. Estas piedras. Este frío. Y no hay procesión que pueda cambiar eso.