POLTERGEIST DE ALCALÁ LA REAL:


El Escenario del Misterio.

Número 36 de la calle Belén, en Alcalá La Real, Jaén. 

El final de una vía sin salida. Una calle empinada, de esas que suben hacia las colinas de Jaén, donde los coches no llegan y el silencio se acumula como el polvo. En el último número, al fondo, hay una casa antigua, de dos plantas, con ventanas que miran a ninguna parte.
Es el hogar de Encarnación. Una viuda de 75 años que ha vivido allí durante décadas, sola durante la semana, visitada por su nieto adolescente, acompañada los fines de semana por una hija con discapacidad psíquica.
Una casa de anciana, de recuerdos, de fotos amarillentas en estanterías polvorientas. O al menos, eso era antes.

Porque en agosto de 2008, la paz de ese hogar se rompió.  

El Estallido de los Fenómenos.

Encarnación recibió a los investigadores presa de un estado de excitación y desesperación. Hablaba rápido, con las manos temblorosas, señalando las paredes, los techos, los muebles. Contaba cosas que hacían que los pelos se erizaran.
Golpes fuertes y secos en las paredes. Tan fuertes que los vecinos los escuchaban y llamaban a la policía.
Objetos que cambiaban solos de lugar. Cristales que se rompían sin motivo aparente. Y la hornilla de la cocina, la de hierro fundido, la que pesa varios kilos, que prácticamente había llegado a levitar. Levitar. Como si nada pesara. Como si alguien la hubiera cogido con manos invisibles.

Pero lo que más perturbó a los investigadores fue el relato de un vaso. Encarnación estaba en la cocina, tomando algo, cuando el vaso que sostenía en su mano salió despedido violentamente. Como si alguien se lo hubiera arrancado. Como si no quisiera que bebiera. El vaso se estrelló contra la pared y se hizo añicos. Y Encarnación se quedó allí, con la mano extendida, sintiendo el vacío donde antes había vidrio y agua.

Terror en el Dormitorio.

El miedo se hizo tan intenso que la anciana no podía dormir en su propia casa. No podía. Una noche, aseguró, fue literalmente expulsada de su lecho. A empujones. Una mano invisible, sin rostro, sin cuerpo, la agarró del hombro, la levantó, la arrojó fuera de la cama. Cayó al suelo, dolorida, aterrorizada. Y no volvió a acostarse allí.

Mercedes González fue la primera investigadora en personarse en el lugar de los hechos. Había recibido la llamada de Encarnación, que le relató una serie de hechos inexplicables que llevaban ocurriendo aproximadamente un mes. Mercedes no lo dudó. Se desplazó a la vivienda y durante varios días realizó una investigación exhaustiva. Lo que encontró superó sus expectativas.

El Testimonio de los Vecinos.

Rafael Pérez, el vecino colindante, fue una de las primeras personas en hablar. Su testimonio es escalofriante por la precisión de los detalles. "Todo comenzó el 15 de agosto, el día de la Virgen. En la casa de Encarnación se escuchaban golpes como si alguien estuviera golpeando la pared con una maza. Desde mi domicilio, lo oía clarísimo. La señora salió a pedirme explicaciones, pero yo no me encontraba en casa. Había salido a pasar el día fuera con unos amigos".

Los ruidos se repitieron durante días. A distintas horas. Por la mañana, por la tarde, de madrugada. Rafael llegó a recibir la visita de toda la familia de Encarnación, que exigía que dejara de dar golpes en la pared. "Pero yo no tenía nada que ver con eso", insiste.
La intensidad de los ruidos era tal que una noche Rafael recibió la visita de dos agentes de la Policía Local. Sonómetro en mano, realizaron un estudio de los ruidos. Pero en presencia de los agentes, no se produjeron golpes. Nada. Silencio absoluto. Los agentes se marcharon, pensando quizá que todo era una invención de vecinos nerviosos. Pero cuando se fueron, los golpes volvieron.

Mercedes González explica que comprobaron que en el lugar se daba una fenomenología típicamente "poltergeist". Cambios de temperatura bruscos. En pleno verano jiennense, con 40 grados a la sombra, en algunas habitaciones el termómetro caía en picado, hasta el punto de que se veía el vaho al respirar. Olores intensos en determinados momentos y lugares diferentes de la casa. Una mezcla de flores e incienso que aparecía de repente, que llenaba una estancia, y que luego desaparecía sin dejar rastro. Esferas de luz en la cocina, recogidas en fotografías, que flotaban en el aire como pequeños soles errantes.

Pero Mercedes observó algo crucial. Algo que quizá es la clave de todo. Los golpes, los ruidos, los fenómenos, solo ocurrían cuando estaba el nieto de Encarnación. El adolescente que la visitaba a diario. Cuando él no estaba, la casa se calmaba. Cuando él llegaba, los golpes volvían. Como si el chico, sin saberlo, fuera el conductor de aquella energía. Como si algo se alimentara de su presencia.

Las Voces del Pasado: Psicofonías.

Después de permanecer dos horas en el inmueble, Mercedes obtuvo treinta y seis psicofonías. Treinta y seis grabaciones de voces que no se escuchaban en el momento, que solo aparecieron al reproducir las cintas. Tres voces distintas. Dos masculinas, una femenina.

La primera voz se identificó a sí misma como Paco. Paco era el nombre del marido de Encarnación. Había muerto hacía exactamente veinte años. En las psicofonías, enviaba dos mensajes. Uno sobre su hija María del Carmen. Otro sobre su nieto, el adolescente que visitaba a su abuela a diario. El chico que, según Mercedes, desencadenaba los fenómenos.

La segunda voz se identificó como Antonio. Antonio era el cuñado de Encarnación, hermano de Paco. Había muerto hace cuarenta y ocho años. Y su muerte había sido violenta. Se había arrojado desde la ventana de un dormitorio a la calle. Se había suicidado. Ahora, según las psicofonías, su voz estaba allí, en la casa de su cuñada, mezclándose con los golpes y los objetos que volaban.

Uno de los investigadores, mientras revisaba las fotografías tomadas durante la investigación, encontró algo que le heló la sangre. En una de las imágenes, aparecía una figura humana masculina de perfil. Borrosa, translúcida, pero reconocible. La familia, al verla, no tuvo dudas. El aspecto coincidía con el hombre que se había suicidado hacía casi medio siglo. Antonio. El que se había tirado por la ventana. El que ahora, quizá, había vuelto.

La tercera voz era femenina. No se identificó con nombre, pero los investigadores la relacionaron con una médium que había vivido en la casa años atrás. Una mujer que, según los vecinos, realizaba rituales y sesiones espiritistas en aquella misma vivienda. Había muerto hacía seis años. Pero su voz, según las psicofonías, seguía allí.

Tres muertos. Tres almas. Tres presencias en una casa de una viuda de 75 años.

Encarnación, desesperada, acudió a la iglesia. Se celebraron misas por las almas de los tres fallecidos en la iglesia de El Salvador. Se llevaron flores a la tumba de Antonio. Se rezó, se pidió, se suplicó. Que se fueran. Que dejaran en paz a una anciana que solo quería vivir sus últimos años en tranquilidad.

El Origen, Los muertos Despertados.

Pero los investigadores buscaron algo más. Algo que pudiera explicar por qué, después de tantos años, aquellos espíritus se habían manifestado. Por qué Paco, después de veinte años muerto, había vuelto a hablar. Por qué Antonio, después de cuarenta y ocho años, había regresado a la casa desde cuya ventana se había arrojado.

Y encontraron una pista. Una pista que heló la sangre de Mercedes González.

El antiguo cementerio de Jaén, el de San Eufrasio. Allí estaba enterrado Antonio. Y en los últimos meses, en ese cementerio, habían ocurrido cosas. Se había instalado un monumento, y para ello habían sido exhumados numerosos cadáveres. No solo eso. Corrimientos de tierra, habituales en la zona, habían removido la tierra, habían desplazado restos, habían abierto fosas que llevaban décadas cerradas.

Los muertos, que descansaban en paz, habían sido perturbados. Sus huesos, removidos. Sus tumbas, abiertas. Sus almas, quizá, despertadas.

Mercedes lo expresó con claridad: "Es muy probable que los fenómenos tengan como causante esta exhumación". Los muertos, desenterrados sin permiso, sin respeto, sin el debido ritual, habían vuelto a la casa donde en vida habían estado. Paco, el marido, a ver a su esposa. Antonio, el cuñado suicida, a la ventana desde la que saltó. Y la médium, a la casa donde había invocado a tantos espíritus, ahora convertida ella misma en uno de ellos.

Los vecinos, cuando pasaban por delante, a veces bajaban la voz. A veces miraban de reojo las ventanas. A veces, si el silencio era el adecuado, esperaban escuchar algo. Un golpe seco. Una silla que se arrastra. Una voz que no debería estar ahí.

Tres muertos. Tres almas. Una anciana. Un adolescente. Una casa al final de una calle sin salida.

Y un cementerio donde la tierra se ha movido y los muertos han sido despertados.

Porque en Jaén, en esa casa de la calle sin salida, los muertos no han terminado de irse. Y los vivos, los que aún respiran, solo pueden esperar. Y rezar.