LA CASA CERVANTES EN VELEZ:

Calle San Francisco 22 , Vélez-Málaga.

Las calles empedradas, las fachadas centenarias, una ciudad que ha visto pasar siglos sin inmutarse. Pero hay un edificio, en el corazón de este municipio malagueño, que cuando el sol se pone y las luces se apagan, se transforma en otra cosa. Es la Casa Cervantes. Un nombre ilustre, sí. Pero también un lugar donde las paredes guardan secretos que no aparecen en los libros de historia. Porque en esta casa, construida como vivienda noble a mediados del siglo XVI, los muertos no descansan. Y los vivos, los que han tenido que pasar la noche entre sus muros, aún hoy recuerdan el terror con un escalofrío.

La historia de este inmueble es, ya de por sí, notable. Aquí nació Fray Alonso de León, obispo de Málaga y supuesto hijo ilegítimo del monarca Felipe IV. Aquí, según cuentan los cronistas, se hospedó Miguel de Cervantes mientras ejercía como recaudador de Hacienda. El mismísimo autor del Quijote durmió entre estas paredes. Pero ni la gloria literaria ni la eclesiástica han logrado aquietar lo que allí habita.

Hoy, la Casa Cervantes es un lugar con fines educativos y administrativos. Una escuela de idiomas y algunas oficinas de la Junta de Andalucía. Los estudiantes entran y salen, los funcionarios cumplen su horario, todo parece normal. El edificio, como histórico que es, no puede ser derruido ni alterado en profundidad. Mantiene un aspecto muy similar al de hace siglos. Y quizá sea eso, precisamente, lo que permite que algo se haya quedado atrapado en sus muros.

En 1985, se realizó una remodelación. Se incluyó una nueva planta, se modificó el patio, se reforzaron los cimientos del antiguo pozo. Obras normales, necesarias para mantener el edificio en pie. Pero aquellas obras fueron el desencadenante de algo. Como si remover la tierra, tocar los cimientos, hubiera despertado a alguien que llevaba siglos durmiendo.

A las seis de la tarde, la Casa Cervantes cierra sus puertas. Los estudiantes se van, los funcionarios se marchan. Solo quedan las limpiadoras. Y hasta la década de los noventa, también un agente de policía que realizaba su turno de vigilancia en el interior del inmueble. Todos ellos, limpiadoras y policías, han sido testigos de sucesos increíbles. Tanto que la mayoría de las empleadas de limpieza cambiaron su horario de trabajo. Prefirieron entrar a primera hora de la mañana, con luz, con ruido, con otras personas. Y más de un policía, harto de lo que veía dentro, decidió realizar sus labores de vigilancia desde el vehículo. Afuera. Lejos de la célebre mansión.

¿Qué vieron? ¿Qué escucharon?

Los sucesos son constantes, según los testimonios recogidos. Apariciones espectrales. Golpes fuertes que retumban en las paredes vacías. Sonidos de pies arrastrándose por los pasillos. Objetos pesados que se mueven solos. Murmullos. Gritos. Puertas que se abren y se cierran sin que nadie las toque. Luces que se encienden y se apagan, solas, en habitaciones vacías.

Casi todas estas manifestaciones se asocian a un lugar concreto. El pozo. El antiguo pozo que hay en el inmueble, cuyos cimientos fueron reforzados en aquella reforma de 1985. Del pozo, según los testigos, surge una figura. Un espectro. Un hombre vestido con ropas antiguas, que lleva un sombrero. Vaga por el patio, se desplaza lentamente, y luego desaparece ante los ojos de quienes lo miran.

Francisco Ortega, agente de policía, fue uno de los que lo vio. Explica que pudo ver cómo la tapa del pozo se levantaba sola. Se levantaba, quedaba apoyada contra la pared, como si alguien la hubiera movido. Y luego, del interior, emergía la figura.

Otros agentes, que han preferido mantener el anonimato, narran la visión con más detalle. Ese hombre, dicen, viste ropas antiguas. Lleva un sombrero. Pero lo más desconcertante, lo más aterrador, es su rostro. O la ausencia de él. Porque donde deberían estar sus ojos, su nariz, su boca, solo se aprecia una negrura absoluta. Un vacío. Como si la cara hubiera sido borrada.

En 1994, durante una huelga de trabajadores de la empresa de limpieza de la ciudad, los empleados se encerraron en la Casa Cervantes. Era una protesta, un acto reivindicativo. Pero lo que vivieron allí dentro hizo que la huelga terminara de forma abrupta. Porque la figura surgió del pozo. Se desplazó varios metros como si flotara, sin caminar, sin apoyar los pies en el suelo. Y mientras se movía, se oía el ruido de una tela arrastrándose. Como si llevara un sudario. Como si estuviera envuelto en algo que no era de este mundo.

El pánico se apoderó de los trabajadores. Rompieron el encierro. Salieron a la calle. Y la huelga, que debía durar días, terminó aquella misma noche.

¿Quién es ese hombre sin rostro? ¿Qué hace en el pozo? La respuesta, según las crónicas de la ciudad, se remonta a mediados del siglo XIX. Por aquel entonces, la Casa Cervantes aún era una vivienda particular. Un hombre que se hospedaba allí acudió una tarde a sacar agua del pozo. Se inclinó demasiado. Perdió el equilibrio. Cayó de cabeza en el interior. El pozo era estrecho. Muy estrecho. El hombre quedó atrapado, boca abajo, sin poder darse la vuelta. Cuando le rescataron, había fallecido por asfixia. Su rostro, hinchado e irreconocible.

Para evitar el temor de mujeres y niños, decidieron cubrirle la cara con una larga tela a modo de bufanda. Nadie reclamó su cuerpo. Era un forastero, un hombre sin familia en la ciudad. Fue enterrado así, con el rostro velado, para la eternidad.
Desde entonces, su espíritu no ha encontrado descanso. Sigue atrapado en el pozo del que no pudo salir. Sigue llevando aquella tela que le cubría el rostro. Sigue vagando por el patio, sin poder ver, sin poder respirar, reviviendo una y otra vez los últimos momentos de su vida.

A principios de los años noventa, se instaló en el edificio un completo sistema de alarma. Ya no fue necesaria la presencia policial. Las cámaras, los sensores, los detectores de movimiento, se encargarían de la seguridad. Pero el sistema, desde entonces, no ha dejado de activarse.
Cada noche, el dispositivo salta cuatro o cinco veces. Los vecinos se despiertan sobresaltados, no solo por el incómodo sonido, sino porque también oyen ruidos. Voces. Pasos. Creen que están robando, que alguien ha forzado una puerta. Llaman a la policía. Los agentes acuden al inmueble, lo registran todo, habitación por habitación, pasillo por pasillo. No encuentran a nadie. Nunca encuentran a nadie.
Pero las alarmas siguen saltando. Y los vecinos siguen escuchando lo mismo.

Hoy, la Casa Cervantes sigue siendo un lugar educativo y administrativo. Las limpiadoras, las que se atreven a entrar de noche, aún hablan en voz baja de lo que han visto. Pero la mayoría prefiere no hablar. O no recordar.
Porque recordar es volver a sentir ese frío repentino en mitad del pasillo. Es volver a escuchar ese arrastrar de tela. Es volver a ver esa figura sin rostro que emerge del pozo y flota sobre el suelo.

Quienes conocen la historia, quienes han investigado el caso, recomiendan no acercarse a la Casa Cervantes cuando el sol se ha puesto. Y si uno tiene la desgracia de estar allí al anochecer, recomiendan no mirar hacia el patio. No escuchar los ruidos. No prestar atención a las sombras.

Porque el hombre del pozo, sigue buscando algo. Quizá su rostro. Quizá su nombre. Quizá solo un poco de compañía en su eterna soledad.
Y si le miras, si te acercas, si te atreves a ver lo que hay bajo esa tela, puede que él te mire a ti también. Y entonces, quién sabe, quizá no te deje ir.