EL CONVENTO DE OLIVENZA:


La noche en Olivenza tiene una densidad especial. La que nace de las piedras, de los siglos acumulados, de la sangre que empapó el suelo y que, por más que el tiempo pase, nunca termina de secarse. En el corazón de esta localidad extremeña, fronteriza entre España y Portugal, se alza un edificio que ha cambiado de nombre tantas veces como de función. Convento de las Clarisas. Convento de San Juan de Dios. Real Hospital Militar. Cuartel de la Guardia Civil. Escuela de Teatro y Danza.
Pero los que conocen su historia, los que han sentido lo que allí ocurre, lo llaman de otra forma. Lo llaman un lugar donde los muertos no se han ido.

La historia comienza en el siglo XVI, cuando Leonor Velha, dama de la alta burguesía extremeña, decide invertir sus bienes en algo que perdure. Un convento. Un lugar de recogimiento, de oración, de clausura. Pero las obras se retrasaron. Décadas pasaron. No fue hasta 1601 cuando los cimientos comenzaron a levantarse, y treinta años más tarde, en 1631, el obispo de Elvas inauguró por fin el convento. Las hermanas Clarisas se asentaron entre sus muros, dispuestas a vivir en paz. Pero la paz, en este edificio, nunca fue bienvenida.

La Guerra de Restauración, el conflicto por el que Portugal se separa de la corona de Felipe IV, barrió a las monjas. Fueron sustituidas por los Monjes Hospitalarios de San Juan de Dios, que convirtieron el convento en Real Hospital Militar. Durante dos siglos, aquel lugar que había sido pensado para la oración se llenó de heridos, de enfermos, de soldados moribundos que llegaban de las batallas. No había recursos suficientes. Muchos murieron. Y fueron enterrados allí mismo, en el convento, bajo las losas, en las paredes. Dos siglos de dolor, de desesperación, de muerte lenta. Dos siglos de sangre que se filtraba en la piedra.

Pero la tragedia del edificio no terminó con los hospitalarios. En 1936, con la Guerra Civil española, el convento fue convertido en cuartel de la Guardia Civil. Y las paredes, que ya habían escuchado los lamentos de los soldados moribundos, se tiñeron de rojo con la sangre de los fusilados. Cuentan los que saben, los que heredaron la memoria de sus abuelos, que muchos cadáveres fueron arrojados a un pozo. Otros, enterrados en improvisadas zanjas. Sin nombres. Sin cruces. Sin oraciones.

Durante décadas, el edificio permaneció abandonado. Hasta que en 1998, alguien decidió darle una nueva vida. La Escuela Regional de Teatro y Danza se instaló entre sus muros. Los alumnos llenaron los pasillos de risas, de ensayos, de música. Pero durante las reformas, cuando los obreros levantaron suelos y derribaron tabiques, empezaron a encontrar cosas. Huesos. Cadáveres emparedados. Cuerpos que llevaban siglos esperando ser encontrados. Las autoridades retiraron los restos. O eso creían.

Los fenómenos no tardaron en manifestarse.

Ángeles Saavedra era administrativa en la escuela. No era especialmente creyente en lo sobrenatural, pero lo que vivió allí la marcó para siempre. "Yo me asomaba a la puerta del aula y no había nada, pero notaba que pasaban sombras". Sombras. Siluetas que se deslizaban por el pasillo, que cruzaban las puertas, que desaparecían al mirarlas de frente. "A veces llamaban a la puerta y cuando abríamos, allí no había nadie".

Los alumnos, los profesores, el personal de mantenimiento, todos empezaron a tener experiencias. Las aulas de ensayo se convirtieron en los escenarios preferidos de lo inexplicable. Porque allí, en un edificio que había sido hospital y cuartel, la realidad parecía tener fisuras.

Una profesora preparaba una obra titulada "El espíritu no puede morir". Ironías del destino. Ella y sus alumnos escucharon perfectamente el sonido de un piano. No era una grabación. No era una radio. Era un piano, notas nítidas, una melodía que salía de la sala de ensayos. Entraron. No había nadie. El piano estaba cerrado, pero la música seguía sonando.

Las sombras eran constantes. Aparecían en los pasillos, en los escenarios, en los camerinos. Algunas tenían forma humana, otras eran solo manchas que se movían al borde de la visión. Las ráfagas de aire helado, inexplicables en pleno verano extremeño, acariciaban el cabello de las alumnas mientras ensayaban. Y la sensación de ser observados, de que alguien, algo, estaba allí, en la sala vacía, siguiendo cada movimiento, cada gesto, cada palabra.

Un trabajador confesó haber sentido un frío intenso en un día de calor. No era el aire acondicionado, no era una corriente. Era un frío que venía de dentro, que se clavaba en los huesos, que desaparecía tan rápido como había llegado. Otro aseguró haber visto a un hombre que atravesaba una pared y aparecía por la otra. Como si las piedras no fueran un obstáculo para él. Como si ya no perteneciera al mundo de lo sólido.

Los alumnos de la asignatura nocturna de teatro fueron testigos de algo que aún hoy no saben explicar. Estaban en la sala de actuaciones, preparando una escena, cuando alguien señaló el telón. Sobre la tela, proyectada como una sombra china, se veía la silueta de una mano. Una mano que parecía acariciar la suave tela. Los dedos se movían lentamente, como si acariciaran algo, o a alguien.  Se levantaron, se asomaron detrás del telón. No había nadie.  

El conserje del centro tenía su propia historia. En una de las aulas, el reloj de pared se paraba siempre a la misma hora. Siempre. Lo comprobó una y otra vez. Cada día, a la misma hora, las manecillas se detenían. Cambió el reloj. Puso otro. Y otro. Todos se paraban a la misma hora. Por curiosidad, o quizá por desesperación, llevó todos los relojes a la misma aula. Y todos, uno tras otro, se pararon a la misma hora. El tiempo, en aquella sala, parecía tener un límite.

En 2013, Paloma Navarrete se acercó al convento para grabar un reportaje para Cuarto Milenio. Paloma recorrió los pasillos con el equipo de grabación. Y vio cosas.
Gente con camisones y vendas en la cabeza. Pacientes de un hospital que ya no existe. Siluetas que caminaban por los corredores, que entraban en las salas, que desaparecían al llegar a las paredes. Mientras caminaba, escuchaba puertas abrirse y cerrarse. Puertas que no tenía nadie, que se movían solas, que repetían un ritual que llevaba siglos repitiéndose.

Y luego, una segunda presencia. Un hombre. Venían de una guerra, dijo. Su cara era triste. Estaba muy delgado. Las facciones hundidas, la mirada perdida. Un soldado que quizá había muerto en aquel hospital militar, en aquel cuartel, en aquel edificio que fue todo y nada. Un hombre que aún esperaba, quizá, que alguien le dijera que la guerra había terminado.

En el antiguo Convento de las Clarisas de Olivenza todos, en algún momento, sintieron algo. Una presencia. Un escalofrío. Una sombra al final del pasillo. 
Porque la historia no es un libro que se lee y se cierra. Es un eco que no deja de resonar. La sangre de los soldados moribundos, la de los fusilados de la Guerra Civil, la de los cuerpos arrojados al pozo,  todo eso sigue allí. En las paredes. En los suelos. En el aire que se respira cuando el sol se pone y la escuela se queda vacía.

Quienes pasan por delante, quienes conocen su historia, a veces se detienen. Miran las ventanas. Escuchan. Y si el viento sopla del lado adecuado, quizá escuchen también un piano, una puerta que se abre y se cierra. Los pasos de un hombre que viene de una guerra. Y una mano que aparece desde el otro lado, donde los vivos no pueden verla.