PARADOR DUQUES DE CARDONA:
Localidad de Cardona en la provincia de Barcelona, España.
El Castillo de Cardona. Uno de los edificios medievales más importantes de España.
Pero los que trabajan allí, los que han pasado noches en sus habitaciones, los que conocen sus pasillos y sus torres, saben que el Castillo de Cardona no es solo un monumento. Es un lugar donde los muertos no han entendido que deben irse.
En el siglo XIII se alzaron las murallas que aún hoy rodean la fortaleza, muros que han visto batallas carlistas, la guerra de Sucesión, asedios y rendiciones. Y en medio de todo ello, en el corazón del castillo, se levanta la iglesia de Sant Vicenç. Románico puro, la segunda iglesia más alta de España después de Santiago de Compostela. En su interior, los féretros de los Cardona, la dinastía más importante de Cataluña, descansan desde hace siglos.
Pero un día, al llamar, una voz respondió desde el interior. Tosca, grave, firme: "Espera". Las empleadas, extrañadas, llamaron a recepción. ¿Estaba ocupada la 712? No, les dijeron. Estaba vacía. Volvieron a la puerta. Introdujeron la llave. No pudieron abrir. La cerradura no cedía.
En ese instante apareció por la planta el director, Carlos Herrero. Las empleadas le explicaron la situación. El director llamó a la puerta. Y de nuevo, la misma voz, el mismo tono: "Espera". Tres testigos. Tres personas que escucharon lo mismo.
Minutos después, la puerta se abrió. No hubo nadie en la habitación. Pero el cuarto de baño estaba lleno de vaho. El espejo, empañado. Una toalla húmeda colgaba del toallero. En el suelo, una huella de agua. El grifo, abierto. Alguien había estado allí. Alguien se había duchado. Alguien había salido, dejando rastros de su presencia. Pero la habitación estaba vacía. Y el director lo sabía: desde la ventana de la 712 es imposible salir. Lo han comprobado una y otra vez.
Los huéspedes que duermen en la sexta planta, justo debajo de la 712, se han quejado en numerosas ocasiones. No han podido dormir. Arriba, en la habitación vacía, alguien arrastra muebles toda la noche. Mueve sillas. Golpea el suelo. Una y otra vez, sin descanso. El prestigioso periodista, abogado y escritor Francisco González Ledesma fue uno de los que vivió esa experiencia. Arriba, la 712 estaba vacía. Pero alguien, algo, no paró de moverse en toda la noche.
Los trabajadores del hotel, por razones obvias, se rehúsan a subir solos a la séptima planta. Es norma no escrita que se les permita ir en parejas. Dos personas, al menos, para que puedan realizar sus tareas con algo más de tranquilidad. Porque la soledad, en ese piso, se vuelve densa. La compañía, una defensa.
¿Qué ocurre en la 712? ¿Quién es esa voz tosca que pide esperar? La respuesta, según la leyenda que ha sobrevivido diez siglos, está en una historia de amor prohibido, de traición familiar, de muerte lenta en una torre.
En el siglo XI, el vizconde de Cardona, Raimón Folch, invitó al castillo a un príncipe musulmán llamado Abdalà. Algunos dicen que fue un gesto de cortesía. Otros, que buscaba una alianza comercial. Lo que nadie esperaba es que el príncipe, paseando por los jardines, se cruzara con Adalés, la hija menor de los Cardona. Y que quedara cautivado al instante.
Adalés era conocida por su devoción. Había expresado su deseo de ingresar en un convento, de renunciar al matrimonio. Pero Abdalà, con su trato refinado, su mundo de encanto, la envolvió. La hizo cuestionar sus resoluciones. Rompió la rigidez de su vida anterior. Así comenzó una historia de amor clandestino. Se encontraban en la sombra de la noche. Se amaron en secreto.
Hasta que uno de los hermanos de Adalés los descubrió.
El Señor de Cardona, enfurecido, reunió a la familia para decidir el destino de su hija. Algunos querían matarla. Pero el hermano mediano, que era sacerdote, intervino: "Que el Altísimo decida. Metamos a Adalés en la torre. Si llueve, beberá. Si no, morirá de sed".
Encerraron a Adalés en la torre. Sin agua, sin comida. Esperando que Dios decidiera. Abdalà acudió al castillo, ofreció tesoros, renunció a su religión. Pero la sentencia seguía su curso. Y Adalés murió en aquella torre.
Abdalà regresó una vez más, sin pedir permiso. Avanzó hacia el castillo hasta que los guardias lo atravesaron con sus dagas. Cayó junto a los muros, sin que nadie tomara represalias. Había renunciado a su fe por amor. Los suyos lo habían repudiado. Y la muerte, para él, fue un reencuentro.
Desde entonces, algunos huéspedes del Parador han visto cosas. Luces que se encienden solas en habitaciones vacías. Cambios de temperatura repentinos, escalofríos en pleno verano. Una sensación de presencia constante, como si alguien los observara desde el otro lado de la habitación. Y a veces, en los pasillos de la séptima planta, una figura de mujer que se desvanece al mirarla. Un hombre que camina con paso firme, como buscando algo que perdió hace mil años.
Los dos enamorados, dicen, siguen buscándose. Intentando redimir la injusticia que sufrieron. Él, esperando a que ella salga de la torre. Ella, esperando a que él vuelva a buscarla.
Durante la transformación del castillo medieval en Parador, en 1976, los obreros pararon más de una vez. Asustados. Porque una doncella se lamentaba entre sollozos en los andamios. Y a veces, un caballero la acompañaba. No estaban solos.
El presidente de Paradores de Turismo, Miguel Martínez, ha bromeado en más de una ocasión sobre el tema. Pero sus palabras, dichas entre risas, esconden una verdad incómoda: "Sus apariciones son casi constantes, un día sí y otro también; es el más activo que tenemos". Se refería al fantasma de la 712. Y añadió algo más: recibieron una queja formal. Unos clientes y su hija, a los que un fantasma no había dejado pegar ojo en toda la noche. Vociferaba, dicen. Y les tiraba piedras.
Como si alguien estuviera enfadado. Como si alguien no quisiera que durmieran allí.
Otra historia, más inquietante aún, es la del espectro con cuerpo de mujer que se entromete en las camas. Que se mete entre las parejas para evitar que mantengan relaciones sexuales. Como si hubiera jurado castidad y quisiera imponerla a los vivos.
Durante las obras de los años ochenta, un grupo de investigadores captó todo tipo de fenómenos extraños. Y el perro de un vigilante de seguridad, un animal entrenado para no tener miedo, se negaba a entrar en una determinada estancia. Se plantaba en la puerta, gruñía, tiraba de la correa hacia atrás. No quería pasar. Sabía que había algo dentro que no debía estar allí.
El director del Parador relató otra experiencia. Una mujer se acercó a recepción. Dijo que había tenido la sensación de que alguien invisible le había estado agarrando la mano durante toda la noche. Pero, curiosamente, explicó que era una sensación agradable. Como una compañía. Como un consuelo.
Quizá Adalés, que murió sola en una torre, busca ahora la mano de los vivos para no sentirse tan sola. Quizá Abdalà, que murió atravesado por dagas, busca ahora la compañía de los huéspedes para no sentir el frío de la piedra.
Pero no todo en el Castillo de Cardona son amores trágicos. También hay mazmorras. También hay calabozos donde se dio muerte a muchas personas en tiempos de guerra. Asesinatos, torturas, masacres. Almas que quizás continúan aún hoy atrapadas, sin encontrar una salida, reviviendo minuto a minuto las mismas cruentas vejaciones.
Hoy, el Castillo de Cardona es un hotel de cuatro estrellas. Uno de los mejores hoteles dentro de un castillo, dicen las guías. Los turistas llegan, admiran las vistas, cenan en el restaurante, duermen en sus habitaciones. La mayoría no sabe nada de la 712.
Pero los que trabajan allí, los que han vivido esas experiencias, los que han escuchado la voz tosca y grave, los que han visto la huella de agua en el suelo de una habitación vacía, los que han sentido la presencia de alguien que no está, saben la verdad.
El Castillo no es solo un monumento. Es un lugar donde el amor y la muerte se entrelazaron hace mil años y aún no han encontrado la manera de separarse. Donde una joven que quería ser monja se enamoró de un príncipe musulmán y murió de sed en una torre. Donde un hombre renunció a todo por ella y murió atravesado por dagas. Y donde ambos, quizá, siguen buscándose en los pasillos, en las habitaciones, en la séptima planta.
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