MERCADO DE TRIANA:

Calle San Jacinto. Plaza del Altozano, Sevilla.

El río Guadalquivir pasa por Sevilla como un testigo silencioso. Ha visto nacer imperios, desfilar flotas, crecer una ciudad. Pero hay un lugar, donde el río guarda un secreto más oscuro. Un lugar donde las aguas no han podido borrar lo que ocurrió sobre sus orillas.
Es el Castillo de San Jorge. Hoy, bajo los pies de quienes compran pescado y fruta en el mercado de Triana, bajo las losas y los puestos, algo sigue moviéndose. Algo que no ha encontrado paz en más de cinco siglos.

En 1171 se levantó el castillo como fortaleza. Pero su verdadera naturaleza se reveló en 1481, cuando se estableció allí la sede de la Inquisición española. Durante siglos, sus muros fueron testigos de todo tipo de tropelías, torturas y crímenes. Acusados de herejía, de brujería, de cualquier cosa que desafiara la ortodoxia, pasaban por sus calabozos, por sus salas de interrogatorio, por sus patios de ajusticiamiento. Hasta , en 1626, el río reclamó lo suyo. Las crecidas del Guadalquivir deterioraron los muros, y la Inquisición abandonó el lugar. Siendo concedido entonces al Conde Duque de Olivares, que se ocuparía de su reparación, La inquisición volvió más tarde, en 1639, y se quedó hasta 1785. Pero la sangre ya había empapado cada piedra.

En el siglo XIX, el Ayuntamiento demolió el castillo. Querían ensanchar el espacio entre la calle Altozano y la calle Castilla. Crear un almacén de grano. Olvidar lo que había allí. En 1823, sobre sus ruinas, construyeron el Mercado de Triana. Un lugar de vida, de comercio, de bullicio. Las familias acudían a comprar, los niños correteaban entre los puestos, las vecinas se encontraban para charlar. Nadie miraba al suelo. Nadie sabía que bajo sus pies, bajo los cimientos del mercado, aún descansaban los restos de un castillo que había sido centro de tortura, y más abajo aún, los de un cementerio almohade. Capas sobre capas de muerte.

En 1992, con motivo de la Exposición Universal, se decidió modernizar el mercado. Lo demolieron. Y entonces, al levantar el suelo, al remover la tierra, los arqueólogos encontraron lo que llevaba siglos oculto. Los restos del castillo. Las mazmorras. Las estancias donde los inquisidores habían ejercido su poder. Y el cementerio almohade, aún más antiguo. En 2009, el Ayuntamiento inauguró el centro de interpretación. Un museo sobre la represión religiosa. Un lugar para recordar. Para no olvidar.

Pero los muertos, que llevaban siglos esperando que alguien los recordara, no necesitan museos.

Cuando el mercado cierra sus puertas, cuando los comerciantes se van, cuando las luces se apagan y Triana se queda en silencio, algo despierta bajo los adoquines.

Las cámaras de seguridad lo registran. Sus sensores de movimiento, diseñados para detectar intrusos, se activan una y otra vez. En la pantalla del ordenador, los vigilantes nocturnos ven cómo los puntos verdes, que indican calma, se vuelven rojos. Movimiento. Presencia. Pero cuando enfocan las cámaras con infrarrojos, cuando esperan ver a alguien, no hay nadie. Las imágenes muestran pasillos vacíos, estancias desiertas, el silencio absoluto de un lugar cerrado. Y sin embargo, los sensores insisten. Algo está ahí. Algo que no se deja ver, pero que se mueve.

Juan Manuel Guerrero ha trabajado como vigilante nocturno durante muchos años. Ha visto llegar y marcharse a compañeros. "Hay gente que no ha aguantado el turno de noche y ha dejado el trabajo", cuenta. "Incluso un empleado se salió a la calle, puso una silla, y esperó ahí toda la noche hasta que amaneció". Prefirió la intemperie, el frío de la madrugada, a seguir dentro.

Los ruidos, dicen, son lo peor. Golpes en la pared, en la entrada del museo del Castillo de San Jorge. Golpes que resuenan en la noche, que no tienen origen, que no cesan. "Han oído golpes en la pared", "y han tenido tanto miedo que ni siquiera podían ir al baño". El miedo, ese miedo primario que anula la razón, que convierte a un adulto en un niño aterrado, se apodera de los vigilantes cuando los golpes comienzan.

Pero no son solo golpes. Hay noches en que se escucha un llanto. Claro, nítido, humano. "Es un llanto", aseguran los que lo han oído, "no es ningún animal. Buscas pero no encuentras nada". Un llanto que sube de las entrañas del edificio, que se cuela por las rendijas, que se pega a la piel y no se va.

Y luego están las apariciones.

Los comerciantes más madrugadores, los que llegan al mercado cuando aún es de noche para preparar sus puestos, han visto cosas. Una figura vaporosa que cruza los pasillos. Una niña vestida de blanco. Traje de comunión, pelito largo, se mueve muy rápido, casi como si flotara. Algunos dicen que no se le aprecian las extremidades inferiores. Como si fuera un torso que se desliza, un vestido que se mueve solo.

Un comerciante, que trabaja en la noche de Todos los Santos cuenta su experiencia. "Era como una niña vestida de blanco, de comunión, y jugaba en una de las calles del mercado". Jugaba. Como si aquel lugar, que había sido testigo de tanto dolor, fuera su patio de recreo. Como si la muerte no hubiera interrumpido su infancia, solo la hubiera desplazado a otro plano.

Un investigador que ha estudiado el caso encontró algo en los archivos. En ese mismo lugar, en el Castillo de San Jorge, fue ajusticiada una niña de catorce años. Acusada de herejía. Condenada por la Inquisición. Seguramente pereció en la hoguera. Catorce años. La edad en que una niña comienza a ser mujer. La edad en que una acusación bastaba para arder.
¿Es ella la que vaga por los pasillos del mercado? ¿Es su fantasma el que los vigilantes ven de reojo, el que los comerciantes encuentran al llegar de madrugada? ¿O hay más? Porque en los bajos del mercado, en los sótanos donde se hallaron los restos arqueológicos, hay quien asegura haber visto algo más.

Un individuo etéreo. Alto. Al que le falta la mitad de la cara. Un traje de época, de aquellos que usaban los inquisidores quizá, o los soldados que custodiaban el castillo. Vagando entre las ruinas, condenado a recorrer los mismos pasillos que recorrió en vida, con la mitad del rostro borrado, como si la historia lo hubiera tachado.

Las cámaras de seguridad siguen captando extrañas bolas de luz. Esferas que flotan, que se desplazan, que aparecen y desaparecen sin lógica. Los sensores de movimiento siguen activándose en mitad de la noche, cuando no hay nadie, cuando las puertas están cerradas con llave, cuando los sistemas de alarma están conectados.  

Hoy, el Mercado de Triana sigue en funcionamiento. De día, es un lugar vibrante, lleno de vida, de colores, de olores. Las sevillanas acuden a comprar, los turistas hacen fotos, los niños piden chucherías. Nadie mira al suelo. Nadie piensa en lo que hay bajo sus pies.
Pero cuando el sol se pone, cuando las últimas luces se apagan, cuando los comerciantes cierran sus puestos y se van a casa, el lugar cambia. Las piedras que fueron castillo, que fueron mazmorra, que fueron hoguera, recuperan su memoria. Las cadenas que arrastraban los condenados suenan bajo el suelo, invisibles pero audibles. Los golpes en la pared se reanudan. Y el llanto, que es de alguien que murió hace siglos pero no ha dejado de llorar, vuelve a escucharse.

Los muertos del Castillo de San Jorge, los que ardieron en la hoguera, los que sufrieron tortura, los que fueron enterrados en el cementerio almohade, los que llevan siglos bajo los pies de Triana, no han encontrado descanso. Y quizá no lo encontrarán nunca.
Porque hay muertos que no necesitan flores. Necesitan justicia. Necesitan paz. Necesitan que alguien, alguna vez, les devuelva lo que les fue arrebatado.