El viento en el Pirineo Aragonés no silba: aúlla. Se cuela entre los valles, golpea las laderas, sacude los pinos. Y en lo alto, en un lugar desde el que se domina todo el valle de Benasque, hay un edificio que lleva décadas escuchando ese viento. El Refugio Militar de Cerler. Cuartel, puesto de vigilancia, hogar de soldados. Y también, según quienes lo han vivido, un lugar donde los muertos no se han ido.
Para entender lo que ocurre allí, hay que retroceder a 1950. La Guerra Fría partía el mundo en dos, y España, en su neutralidad vigilante, necesitaba ojos en las montañas. El Pirineo era una frontera, un paso, una herida abierta entre dos mundos. Así nació este acuartelamiento, diseñado para monitorear las rutas de comunicación, garantizar la seguridad nacional. Todo normal. Hasta que la normalidad se rompió.
Corría el verano de 1992. Los soldados destinados en el refugio empezaron a hablar. Al principio en voz baja, entre ellos, sin atreverse a contar nada fuera. Pero los rumores crecieron, se extendieron, llegaron a oídos de periodistas, de investigadores. Y lo que contaban era siempre lo mismo: cosas extrañas. Cosas que no deberían pasar.
Ruidos. Luces que se apagaban y encendían solas. Pisadas en pasillos vacíos. Sombras que se movían al final de la noche.
Los jóvenes soldados, muchos de ellos cumpliendo el servicio militar obligatorio, no tardaron en relacionar aquellos fenómenos con algo que había ocurrido apenas un año antes. Algo que todos conocían, aunque nadie quisiera recordar.
El 11 de marzo de 1991.
Ese día, un grupo de 133 soldados de la Compañía de Esquiadores de Barbastro realizaba maniobras en la montaña. Divididos en grupos de diez o doce, ascendían por las laderas heladas, entrenando para lo que pudiera venir. Eran jóvenes, la mayoría, miembros del Batallón de Cazadores de Alta Montaña III/65. Chicos que habían dejado sus casas para servir a su país.
En algún momento, en un lugar conocido como pico Tuca Blanca de Paderna, en el macizo de la Maladeta, la montaña rugió. Un alud. Una lengua de nieve, piedra y hielo que se desprendió de la ladera y cayó sobre ellos con una fuerza imposible de imaginar.
La mayoría pudo salir por sus propios medios, o ayudados por sus compañeros. Pero nueve no lo consiguieron. Siete soldados. Dos suboficiales. Nueve hombres sepultados bajo toneladas de nieve, esperando un rescate que, para ellos, llegaría demasiado tarde.
Más de 150 efectivos de la Guardia Civil y el Ejército, ayudados por perros rastreadores, trabajaron durante horas. Días. Hasta que los cuerpos fueron encontrados, rescatados, bajados de la montaña. Y luego, llevados a un lugar. Al refugio militar de Cerler.
Allí, en el secadero, esa estancia destinada a descongelar los utensilios de las maniobras, depositaron los nueve cadáveres. Esperaron. Hasta que pudieron trasladarlos a sus lugares de origen, a sus familias, a sus funerales.
Después de aquello, el valle volvió a la calma. O eso creían.
Un año después, en el verano de 1992, los soldados destinados en el refugio comenzaron a experimentar cosas. Al principio, pequeños golpecitos en las ventanas. Golpes que podían ser del viento, de alguna rama, de un animal. Pero los golpecitos se convirtieron en algo más. Susurros. Voces. Puertas que se abrían solas, a pesar de haber sido cerradas con llave.
El epicentro de los fenómenos parecía estar en el secadero. Allí donde los nueve cuerpos habían permanecido. Y en la sala contigua, el dormitorio donde los soldados dormían durante las maniobras.
Los testimonios se acumulan.
Taquillas que se abren y cierran solas. Objetos que caen sin motivo aparente. Sombras que se desplazan por la noche, de un lado a otro, como si alguien estuviera caminando. Algunos soldados vieron figuras fantasmales tumbadas en las literas, descansando, que al acercarse desaparecían.
Estos sucesos comenzaron de forma leve, con pequeños golpecitos en las ventanas que bien podrían estar producidos por el viento o por cualquier pequeño animal de la zona. Pero los golpecitos se convirtieron en susurros y, más tarde en voces. Algunas puertas se abrían solas a pesar de haber estado previamente cerradas con llave.
Los que hacían guardia en el exterior veían los postigos de las ventanas cerrarse solos, una y otra vez, sin que nadie los tocara.
Uno de los jóvenes contó una experiencia aterradora. Una noche, mientras hacía guardia con un compañero, comprobó que las más de treinta ventanas del refugio, distribuidas en tres plantas, se abrían y cerraban solas. Cada vez que daban la vuelta al edificio, las ventanas se movían. Como si alguien, algo, estuviera jugando con ellos.
Otro soldado, también de guardia, sintió que algo lo acosaba. Pisadas. Sonido de pasos que se acercaban cada vez más a él, a pesar de que estaba completamente solo. Los pasos eran nítidos, reales, inconfundibles. Y se acercaban.
Incluso los militares más escépticos, aquellos que nunca vieron nada, coinciden en algo: el ambiente en el interior del refugio es extraño. Hay una energía negativa, densa, incómoda. Algo que te empuja a querer marcharte, a no querer estar allí.
Distintos equipos de investigación paranormal han acudido al refugio a lo largo de los años. Algunos lograron captar psicofonías: sonidos, pisadas, golpes que no se explicaban. Otros se fueron de vacío, sin pruebas, alimentando la división entre creyentes y escépticos.
El Gobierno Militar de Huesca, por supuesto, desmintió todos aquellos sucesos. Oficialmente, nunca pasó nada. Pero muchos opinan que lo hicieron por necesidad. Para evitar el miedo colectivo, para que aquel destino no cogiera mala fama, para que los soldados no se negaran a ir. Cuando un periodista intentó contactar con un sargento que había estado destinado en Cerler y que, según se sabía, había sido testigo directo de algunos fenómenos, la respuesta fue tajante. Rotunda. Escalofriante: "No puedo contaros nada. Me dijeron que me callara". El silencio militar. La orden de no hablar. El miedo a contar lo que vieron, lo que vivieron, lo que aún hoy recuerdan cuando cierran los ojos.
Hoy, el refugio sigue en pie. Sigue siendo un puesto militar, sigue recibiendo soldados, sigue cumpliendo su función. Pero quienes han estado allí saben que no están solos.
Los nueve hombres que murieron en el alud, quizá nunca se fueron del todo. Quizá su último descanso no fue en el cementerio, sino en aquel secadero donde depositaron sus cuerpos. Quizá sus almas se quedaron en las literas, en las ventanas, en los pasillos.
Por las noches, cuando el viento aúlla en el valle, algunos soldados aún escuchan pasos. Puertas que se abren. Susurros que llaman. Y en el secadero, algo espera. Algo que no ha encontrado la manera de irse.
0 Comentarios