LA DIPUTACIÓN DE SEVILLA:

Avenida Menéndez Pelayo, 32, Sevilla.

El corazón de Sevilla, esa ciudad de luz y alegría, guarda rincones donde la sombra se espesa. Donde la historia no termina de pasar página.
Uno de esos lugares se alza en pleno centro, imponente, con sus muros de piedra que han visto pasar soldados, políticos y trabajadores durante siglos.
Es el edificio de la Diputación de Sevilla. Antiguo Cuartel de la Puerta de la Carne.
Y bajo sus cimientos, bajo el asfalto y el hormigón, bajo los garajes, algo espera.

La construcción se remonta a 1785, aunque su diseño es un calco fiel de un proyecto militar de 1751. Cuartel. Lugar de soldados, de disciplina, de orden. Durante dos siglos, la vida militar llenó sus estancias. Hasta que, a mediados de los ochenta, el abandono comenzó a instalarse.

Los jardines delanteros, antes un magnífico ejemplo de mantenimiento militar, se convirtieron en un bosque desproporcionado de hierba, árboles y palmeras rotas. Las palmeras, al caer, arrastraron garitas, verjas, pilotes, paredes. Y también vidas. Una familia que paseaba por allí encontró la muerte bajo el peso de una de aquellas palmeras. El matrimonio y uno de sus hijos menores murieron en el acto. El soldado que hacía guardia en la garita también pereció, sepultado por los cascotes de su propio puesto de vigilancia.

El edificio comenzó a vaciarse. Los militares se fueron, las instalaciones quedaron desiertas. Puertas y ventanas tapiadas con ladrillos. Grandes salones vacíos, cerrados, sin acceso. Y entonces, los vecinos empezaron a hablar. Movimientos de sombras en los ventanales tapiados. Formaciones evanescentes que se desvanecían al mirarlas de frente. Gritos desgarradores en la noche. Apariciones espectrales que nadie podía explicar.

Pero los fenómenos no se quedaron en la calle. Entraron dentro.

Los primeros en escucharlo fueron los miembros del equipo de limpieza. Llantos. Quejidos. Alguien lloraba en las cercanías del antiguo patio de cocheras. Uno de los trabajadores, lo relata con el estremecimiento aún fresco:
"Fue estremecedor. Me dirigía al edificio de presidencia cuando en el entorno, muy cerquita de mí, pude oír claramente como alguien estaba llorando. Pero allí no había nadie. Eran unos quejidos y llantos lastimeros raros. Me impresionaron mucho".

Nunca se supo de dónde provenían aquellos "llantos de ultratumba". Pero hoy, décadas después, aún se escuchan.

Otro testigo bajaba una tarde de febrero hacia los garajes de la zona de presidencia, en el antiguo patio de cocheras. Un grito desolador le asaltó. Bajó apresuradamente las escaleras, buscando a la persona que estaba sufriendo. No encontró a nadie. Oía los lamentos, pero no veía a nadie. Ya en el garaje, notó una presencia extraña e incómoda. Alguien, algo, la seguía. La situación se hizo insostenible:
"No sé lo que ocurría. Algo me cogía del hombro y me era muy difícil soltarme. Pero allí no había nadie. Fue algo increíble."

Una entidad invisible mora en los garajes de la Diputación sevillana. Y no es el único caso.

El cuerpo de seguridad del edificio también ha tenido sus experiencias. Una noche, uno de los ascensores que suben a presidencia comenzó a funcionar solo. Ascensores de uso exclusivo, que solo atienden llamadas con llave especial. Aquella noche, el ascensor no dejaba de subir y bajar, accionado por una mano invisible que parecía jugar con los vigilantes.

En otra ocasión, a uno de los efectivos de seguridad le ocurrió algo aún más perturbador. Algo invisible y con mucha fuerza le agarró la mano cuando se disponía a llamar al ascensor. Algo que no quería que aquel ascensor acudiera a su llamada mientras se prolongaba aquel extraño rito de subidas y bajadas sin ser solicitado por nadie.         

Un testigo tuvo un encuentro con unas sombras en la segunda planta de garajes:

"Fue algo terrorífico. Me disponía a llevar unas bolsas a los contenedores cuando algo me agarró. Intenté tirar de la bolsa, pero aquello lo mantenía firmemente pegado al suelo pese a que no llevaba nada de peso. No podía mover la bolsa. Me puse muy nerviosa porque sentí unos pasos, pero sin embargo no veía a nadie ni nada que los provocara. Cuando solté la bolsa, decidida a ir para otro lugar o simplemente salir de allí, pude ver una sombra que se alejaba de donde estaba la bolsa. No tenía forma concreta, solo era una sombra. Allí están pasando cosas raras. Y la verdad es que no es de este mundo."

Otra persona relata cómo cierta noche oyó un ruido en la segunda planta. Se dirigió hacia allí. No había nadie. Pero el ruido persistía, provenía del interior de los entornos de trabajo. Al llegar al lugar que generaba el ruido, la fotocopiadora había comenzado a funcionar sola. Y aquella ala estaba vacía.

En la Diputación de Sevilla se pueden escuchar voces extrañas. Sentir presencias. Ser acompañado de ruidos y golpes. Ver luces que se apagan y encienden sin explicación. Contemplar sombras que vagan por los pasillos vacíos. La zona más afectada es la segunda planta de garajes, la que tiene como techo el edificio nuevo de presidencia.
En uno de los pasillos laterales de esa segunda planta, hay otro foco de fenómenos. No es infrecuente oír el murmullo de un sinfín de personas que hablan ahogadamente. Un sonido extraño, como si hubiera muchas personas conversando en voz baja, de cuyas conversaciones se oyen fragmentos sueltos. Palabras que no llegan a completarse. Frases que empiezan y se cortan.

Y entonces, los obreros empezaron a excavar.

En 1993, durante las obras de acondicionamiento del antiguo cuartel para convertirlo en edificio administrativo, se proyectaron nuevas edificaciones. Hubo que remover las tierras del patio trasero. En el patio de cocheras, a unos seis metros de profundidad, los trabajadores encontraron algo que nadie esperaba. Una necrópolis. Judía. De la Edad Media. Y bajo ella, otra más antigua. Romana.

Cientos de cuerpos. Cientos de almas que habían descansado allí durante siglos, bajo tierra, en paz. Hasta que las palas mecánicas llegaron.
Los restos humanos fueron desalojados. Se trasladaron. Se despojó a los muertos de su último lugar de descanso. Para construir un edificio.

El hallazgo de la necrópolis explica muchas cosas. Los restos fueron encontrados en el patio trasero, a varios metros de profundidad. Y es en esa zona, precisamente, donde los fenómenos son más intensos. A esa misma profundidad, en la segunda planta de garajes, se escuchan las voces. Se sienten las presencias. Algo acecha en los sótanos de la Diputación.
Otros trabajadores afirman tener sensaciones extrañas sobre las bocas de desagüe. Como si de las alcantarillas surgieran susurros. Como si algo ascendiera desde las profundidades.

La historia de Sevilla no olvida. En 1391, tuvo lugar la conocida como matanza de la judería sevillana. En aquella época, se degolló a hombres, mujeres y niños hebreos. De tan terrible manera perecieron cuatro mil personas. Cuatro mil almas arrancadas de la vida en un baño de sangre. Los cronistas de la época lo relataron con un detalle escalofriante: la sangre llegaba hasta los tobillos.

Huesos viejos y mucha sangre. Eso hay bajo los pies de los cientos de políticos y trabajadores que cada día cruzan las puertas de la Diputación. Un cementerio milenario. Una matanza medieval. Y ahora, un edificio administrativo con sus ascensores, sus fotocopiadoras, sus garajes, sus pasillos.
Los muertos, despojados de su descanso, no se han ido. Deambulan por las plantas que se levantaron sobre sus huesos. Lloran en los patios donde antes había tierra sagrada. Murmuran en pasillos laterales con voces que no llegan a completar las frases.

Hoy, la Diputación de Sevilla es un edificio moderno, funcional, lleno de luz. Pero bajo esa luz, bajo ese hormigón, algo sigue ahí. Algo que no ha encontrado paz. Algo que reclama lo que perdió.

Y en los garajes, en la segunda planta, quienes bajan a aparcar su coche, quienes suben a su oficina, quienes se quedan hasta tarde, a veces lo sienten. Un llanto que viene de ninguna parte. Una sombra que se aleja. Una voz que susurra.
Como si los muertos, después de tantos siglos, aún no se hubieran resignado a ser olvidados.