HOSPITAL MILITAR SAN PABLO:
El aeropuerto de Sevilla es un lugar de tránsito, de llegadas y salidas, de vidas que cruzan el cielo sin detenerse. Pero junto a él, a escasos metros de las pistas, hay otro lugar. Un lugar donde nadie llega y de donde nadie quiere salir. Un lugar que los lugareños conocen con un nombre que no admite ambigüedades: el Sanatorio de los Muertos.
El Hospital de San Pablo, hoy abandonado, fue en su día un centro militar de los Estados Unidos. Construido en los años cincuenta, atendió al personal americano destinado en la zona hasta que se trasladaron a la Base Aérea de Morón. Durante casi veinte años, bajo mando norteamericano, el hospital operó con la eficiencia que caracteriza a las instalaciones militares.
Había pabellones de tres plantas, cocina, cafetería, numerosas habitaciones para pacientes.
No se contaron demasiados fallecimientos en su interior, al menos oficialmente. Pero lo que ocurre después del cierre, lo que ha ido acumulándose en sus paredes durante décadas de abandono, es otra historia.
En los años setenta, con la reducción de la presencia militar, el hospital pasó a manos de la Seguridad Social. Fue un período breve. En 1975 se construyó el Hospital Virgen Macarena, y San Pablo quedó obsoleto. Desde entonces tuvo varios usos, ninguno duradero. Hasta que a finales de los noventa, las puertas se cerraron definitivamente. O eso creían.
Hoy, quien se acerca al Sanatorio de los Muertos encuentra un lugar que parece sacado de una pesadilla. La forma de cruz latina del edificio, que en su día debió evocar piedad y esperanza, ahora parece una señal, una advertencia. Las pintadas y grafitis cubren las paredes. Pero hay algo más. Algo que hiela la sangre nada más entrar."Empezamos a sentir como un temblor en el edificio, pequeño pero perceptible, y a continuación una intensa sensación de frío. Mi amigo me dijo: 'vámonos'. Y comenzamos a girarnos para ver detrás nuestra una especie de ser sombrío de un metro ochenta, sin rasgos definidos, que estaba como observándonos... Comenzamos a correr en dirección opuesta, para ver que al final de un pasillo estaba esa misma figura. Era como si estuviera en todos sitios. Nos entró el pánico y salimos por una ventana. No hemos vuelto a poner un pie allí. Aquel lugar está maldito. Pasan cosas raras."
Una figura que se multiplica. Que está detrás y delante al mismo tiempo. Que no tiene rostro pero observa. Un ser que no entiende de paredes ni de distancias.
Entre las muchas apariciones que se reportan en el Sanatorio de los Muertos, hay una que destaca sobre las demás. Una niña. Según cuentan quienes conocen la historia de la zona, fue arrojada viva a un pozo en la cercana hacienda de los Milagros. Un lugar ya de por sí embrujado. Y desde entonces, su alma en pena vaga por estos terrenos, atrapada entre la vida y la muerte, buscando quizá a quien la arrojó, quizá simplemente buscando salir del pozo en el que quedó sepultada.
Quienes se han topado con ella describen a una niña de rostro muy pálido, vestido blanco, que aparece de repente y se desvanece sin dejar rastro.
Enrique Márquez lo vivió en carne propia un día de junio de 2010. Estaba en las proximidades del edificio, con el coche aparcado, mirando con prismáticos cómo aterrizaban los aviones. Serían las seis de la tarde. De repente, sintió como si alguien lo llamara. Se giró. No había nadie. Siguió con lo suyo. Pero la llamada se repitió. Una vez. Otra. Empezó a mosquearse. Se puso los cascos para escuchar el fútbol, intentando ignorar aquella sensación. Pero entonces, alguien lo tocó.
Al girarse, se encontró con una niña de unos nueve o diez años. Ropa ligera. Mal aspecto. Y una expresión demasiado adulta para su edad.
"Te he llamado", le dijo la niña. "¿Acaso no me has escuchado?"
Enrique, desconcertado, intentó responder. Pero antes de que pudiera articular palabra, la niña comenzó a desvanecerse. Poco a poco. Como si el aire la estuviera borrando. Como si nunca hubiera estado allí.
Otros testimonios hablan de fenómenos distintos pero igualmente aterradores.Un grupo de chicos se adentró en el edificio y se separaron para explorar. De repente, uno de ellos escuchó alboroto en el piso superior. Gente corriendo. Un grito horrorizado. Todos acudieron a ver qué pasaba. El chico, pálido, tembloroso, explicó que mientras estaba solo en el amplio pasillo, había oído pasos. No pasos cualquiera. Pasos marciales, sincronizados. Botas de soldados. Cada vez más cerca. Hasta que se apartó, instintivamente, para dejar paso a lo que venía. Pero nada pasó. No había nadie. Solo los ecos de unas botas que llevaban décadas sin pisar aquel suelo.
Otras historias hablan de un sacerdote que se aparece en las ventanas y desaparece en segundos. De pacientes que aún recorren los pasillos, buscando una cura que ya no existe. De sombras que se deslizan entre las habitaciones derruidas, esperando a que alguien las vea.
Hoy, el Sanatorio de los Muertos sigue en manos de la administración. Sin planes de rehabilitación. Sin planes de demolición. Abandonado a su suerte, a los grafiteros, a los curiosos, a los que buscan emociones fuertes. Y también, a lo que allí habita.
Quienes han estado y no han visto nada dicen que es solo un edificio viejo, una ruina más en el paisaje urbano. Pero quienes han visto, quienes han sentido, quienes han escuchado aquella voz pidiendo ayuda, quienes se han encontrado con la mirada vacía de una niña de nueve años que se desvanece ante sus ojos, quienes han sentido el temblor de un edificio que tiembla sin razón, quienes han escuchado las botas de soldados que marchan sobre un suelo que lleva décadas vacío, esos saben la verdad.
El Sanatorio de los Muertos no es solo un hospital abandonado. Es un lugar donde los muertos, los que murieron allí y los que nunca debieron morir, aún no han terminado de irse.
El aeropuerto sigue ahí. Los aviones siguen aterrizando. Las vidas siguen cruzando el cielo sin detenerse. Pero junto a ellas, en ese rincón olvidado de Sevilla, algo espera. Algo que no tiene rostro pero observa. Algo que no tiene voz pero llama. Algo que no tiene cuerpo pero está en todas partes.
Y si te acercas, si te adentras en sus pasillos, si subes las escaleras y escuchas con atención, quizá también tú escuches aquella palabra. "Ayuda". Y cuando te gires, quizá también tú veas lo que tantos otros han visto.
Una niña. Un soldado. Una sombra. Algo que no debería estar ahí.
Pero que está. Y que lleva mucho tiempo esperando.
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