HOTEL WASHINGTON IRVING:
El Huésped Eterno de la Alhambra
La noche envuelve la Alhambra como un manto de terciopelo oscuro. Las luces de Granada titilan entre los cipreses centenarios, el silencio tiene otro peso. Y en ese silencio, hay quien dice que todavía se escuchan pasos. Pasos que no deberían estar ahí.
Para entender esta historia tenemos que viajar atrás en el tiempo. Corría el año 1829 cuando un escritor neoyorquino llegó a Granada buscando inspiración, buscando leyendas.
Se llamaba Washington Irving y un año antes, en 1820, ya había inmortalizado en el papel a un jinete sin cabeza y a un pueblo llamado Sleepy Hollow.
Pero lo que él no sabía es que, un siglo y medio después de su muerte, él mismo se convertiría en leyenda. En aparición.
El edificio donde se alojó sigue en pie. Hoy lo conocemos como el hotel Washington Irving, aunque entonces era una construcción levantada en 1802. Está ahí, en pleno Paseo del Generalife, a escasos metros de la Alhambra.
Pero cuidado. Porque si uno se detiene frente a su fachada, si uno aguza el oído cuando el reloj marca las horas muertas de la madrugada, tal vez pueda escuchar lo que muchos aseguran haber escuchado. Pasos que ya no llevan a ninguna parte.
El Regreso del Escritor
Fue el 28 de noviembre de 1859. Washington Irving tenía 76 años y estaba en su casa de Nueva York cuando un infarto detuvo para siempre su corazón. O eso creemos. Porque casi inmediatamente después de su muerte, comenzaron a sucederse los testimonios.
Gente que lo había tratado en vida, gente de fiar, empezó a verlo. Paseando por los pasillos del hotel de Granada. Sentado en la habitación que solía ocupar. Como si la muerte no hubiera roto el vínculo con aquel lugar que tanto amó.
El primero en dar la voz de alarma fue el doctor J. G. Cogswell, un viejo amigo del autor. Estaba trabajando en la biblioteca cuando, al levantar la vista, vio a un hombre depositar un libro en un estante. El hombre se giró. Y desapareció. No tenía duda: ese hombre, vestido con ropas de otra época, con ese porte inconfundible, era Washington Irving. No se trataba de un sueño, no era la imaginación. Era él.
Pero no fue el único. En Tarrytown, la villa al norte de Nueva York donde Irving había vivido, su propio sobrino, Pierre, vio el fantasma de su tío. Y no el sólo, lo vieron Pierre y sus dos hijas. Y lo vieron claro. La figura de Irving cruzó el salón con paso firme, con esa seguridad de quien conoce cada rincón de la casa, y se dirigió hacia la habitación donde solía encerrarse a escribir. Desapareció al traspasar el umbral. Como si aún tuviera trabajo pendiente.
Y luego está el hotel. Porque el edificio de Granada, ese que lo vio pasear en vida, se convirtió en un imán para lo inexplicable. Hasta que en enero de 1999, el hotel cerró sus puertas.
El abandono lo transformó. Sin luz, sin vida, el edificio se convirtió en un cascarón hueco donde el tiempo parecía haberse detenido. Y fue entonces, curiosamente, cuando más se intensificaron los avistamientos. Como si la falta de ruido humano hubiera permitido que lo otro, lo que siempre estuvo ahí, se manifestara con más fuerza.
El hotel volvió a abrir sus puertas en junio de 2016. Hoy se llama Áurea Washington Irving. Está reformado, modernizado, lleno de luz.
Washington Irving escribió sobre jinetes sin cabeza y espectros que cruzaban puentes. Escribió sobre leyendas que se transmitían de generación en generación. Lo que nunca imaginó es que él, el creador de mitos, acabaría convertido en uno de ellos. Y que su leyenda, la suya propia, seguiría escribiéndose noche tras noche en los pasillos de ese hotel que tanto amó.
Allí sigue. Paseando. Esperando. O quizás simplemente recordando que hay lugares donde la muerte no es un final, sino un capítulo más.
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