CORTIJO MIRAFLORES:
El silencio, a veces, no es ausencia de sonido. Es la antesala de algo que no debería estar ahí. Y en este lugar, el silencio tiene nombre y tiene historia.
Para llegar hasta aquí, hay que apartarse del bullicio, dejar atrás las carreteras principales y adentrarse en un paraje que ya en su nombre evoca algo sagrado y perdido: el Prado de San Francisco.
Fue en 1704 cuando don Tomás Francisco Domínguez y Godoy decidió levantar este cortijo sobre las ruinas de lo que un día fue la casa de labor de su abuelo. Pero cuidado, porque no nos engañemos, lo que hoy se alza ante nosotros no es una simple casa de campo.
Medio siglo después de su construcción, alguien quiso embellecerlo, duplicando el espacio interior con un jardín frontal. Y en 1850, un intendente general de Filipinas, plantó aquí especies exóticas que, increíblemente, aún hoy se aferran a la tierra, como si ellas mismas se negaran a marcharse. El edificio, de dos plantas y grandes salones, fue hogar de una familia. Luego, molino de aceite.
Hoy, el ayuntamiento lo ha rehabilitado para exposiciones y actos culturales.
Pero lo que ocurre entre sus muros cuando cae la noche... no es cultura. Es otra cosa.
Hablamos con Germán Borrachero, que fue director del centro. Una noche, cuando todo el mundo se había ido, él se disponía a apagar las últimas luces. Estaba en la Sala II, cuando algo se movió en el pasillo. Una niña. De unos nueve años. Pelo oscuro, con flequillo. Vestida con un traje blanco de manga corta, de esos de falda plisada que parecen sacados de un cuadro antiguo.
Él, en un primer momento, pensó lo lógico: un despiste de los conserjes, una niña perdida, quizás alguien que se había colado. Y fue tras ella. La persiguió por esos pasillos que ya se iban sumiendo en la penumbra, con esa mezcla de responsabilidad y nerviosismo. Pero al girar una esquina, la niña... simplemente, se esfumó. El pasillo estaba vacío. No había puertas. No había nada.
Ustedes pensarán que fue un espejismo, un juego de luces. Pero meses después, Germán escuchó una conversación entre los conserjes. Hablaban de una noche en que ellos mismos habían visto a una niña de blanco corriendo hacia una de las salas. Y que, allí mismo, ante sus ojos, había desaparecido. El mismo testimonio, contado por personas distintas.
Y entonces empezaron a suceder cosas. Por las mañanas, al abrir, los libros de la biblioteca aparecían desperdigados por el suelo. No caídos, no. Desperdigados, como si hubieran explotado en el aire. Lo mismo pasaba con los expedientes del Archivo Histórico. Aparecían desplazados de sus estantes, como si manos invisibles hubieran estado ojeándolos durante la noche.
Pero hay algo más perturbador. En una de las salas, la más amplia, se expone un antiguo molino.
Hay unos cables de acero, a la altura de la cintura, que hacen de perímetro de seguridad. Pues bien, en varias ocasiones, esos cables de acero han aparecido rotos. No desgastados, no oxidados. Rotos. Cortados por la mitad, como por una fuerza repentina. ¿Quién? ¿O qué?
Una profesora de música, Gloria, estaba en un despacho de la primera planta con dos amigas. En un momento dado, fue al servicio. Al volver, sintió un escalofrío que no venía del aire. Fue un silbido. Un extraño silbido justo a su espalda. Y luego, la sensación de que algo corría detrás de ella. Sintió cómo se le movía el pelo, como si alguien le hubiera soplado. Y entonces, un roce. Una mano pequeña, diminuta, que le tocaba el hombro. Gloria se giró, esperando ver a su amiga partiéndose de risa, pero no había nadie.
La situación era ya tan insostenible que el propio ayuntamiento tomó una decisión poco común: llamaron a una médium y a un sacerdote. Y lo que la médium vio heló la sangre de más de uno. Dijo que no había una niña. Había una familia entera. Una mujer, un hombre, una niña y un niño. La mujer, vestida totalmente de negro, como de luto. El niño, decía, estaba en la planta de arriba, donde le gustaba jugar. Y la niña... la niña estaba inquieta, correteando de un lado a otro, sin parar. Y todos, insistía la médium, todos le pedían agua.
Uno de los empleados del ayuntamiento estaba un día enseñando el cortijo a un invitado. En un momento dado, el invitado empezó a sentirse mal, muy mal. Pálido, con la mirada perdida, empezó a repetir una y otra vez, con voz entrecortada: "La niña, la niña".
El otro empleado, alarmado, se dio la vuelta para pedir ayuda. Y fue entonces cuando la vio.
A unos pasos, había una niña de unos siete u ocho años. Vestía un vestido blanco y unos calcetines de crochet, de esos que hacen las abuelas. Pero lo que le heló la médula no fue el vestido. Fue el peinado. Unos tirabuzones perfectamente formados, de otra época, de esos que ya no se ven. Y el rostro... No tenía rostro. Solo un vacío donde deberían estar los ojos, la nariz, la boca.
En su desesperación, pensó que aquella niña, a pesar de su aspecto fantasmal, podría ayudarle a socorrer a su compañero, que no dejaba de repetir lo de "la niña". Estiró el brazo y le golpeó suavemente el hombro para llamar su atención. Pero su mano no encontró carne, ni hueso, ni tela. Su mano atravesó aquella figura. Y entonces, la silueta de la niña comenzó a distorsionarse, a moverse como el humo, como una cortina que se agita con el viento... y se evaporó. Desapareció.
¿Quién era esa niña? ¿Por qué esa obsesión por el agua? ¿Por qué esa familia vestida de luto?
Hay un viejo recorte de periódico, de 1903. Habla de un incendio en el cortijo. No da detalles. No dice nada sobre sus habitantes.
Hoy, el cortijo está reformado. Hay exposiciones. Hay conferencias. Pero entre sus paredes, algo permanece. Algo que rompe cables de acero, que desordena libros, que te toca en el hombro y que aparece con un vestido de otra época. Algo que sigue buscando... quizás lo que perdió hace más de un siglo.
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