EL CORTIJO DE LOS ASOMBROS:

Hay lugares que la tierra misma parece rechazar. Parajes donde el aire no fluye como debiera, donde los pájaros no anidan, donde la niebla se enreda entre los olivos como si buscara algo que perdió hace tiempo.
En la región Subbética de Córdoba, entre los términos de Iznájar, Valdepeñas de Jaén y Alcaudete, existe uno de esos lugares. Dicen que forma parte del llamado "Círculo Mágico" de Andalucía. Dicen también que es uno de los vértices del "Triángulo de la Muerte". Y en su centro, hasta 2010, se alzó una construcción que los lugareños conocían con un nombre que helaba la sangre: el Cortijo de los Asombros.

cortijo de los 14

Los asombros. Así llamaban los campesinos de la zona a las apariciones, a los aparecidos, a todo aquello que no pertenecía a este mundo. Y en este cortijo, los asombros eran tantos que acabaron dando nombre al lugar. Pero el apodo más escalofriante, el que los vecinos pronunciaban en voz baja, si es que se atrevían a pronunciarlo, era otro: el cortijo de los catorce.

Catorce eran las personas que vivieron allí originalmente. Catorce almas que, según cuentan, terminaron colgando de las ramas de los árboles que flanqueaban la entrada. Porque en el Cortijo de los Asombros, la muerte no llegó de una vez. Llegó poco a poco, llamando a la puerta, susurrando desde el más allá.

"Se ahorcaron porque se llamaban unos a otros", explican los vecinos cuando alguien pregunta. "Primero se ahorcó el padre. Y dicen que llamaba al niño para que se fuera con él. Hay quien dice que incluso se le aparecía. Y acabó ahorcándose el niño. Y así pasó con todos los miembros de la familia".

Uno tras otro. El padre llamaba desde la muerte, y los vivos acudían a su encuentro. Hasta que la casa quedó vacía. Hasta que los catorce colgaron de aquellos árboles que aún hoy, dicen quienes han pasado por allí, conservan algo en sus ramas. Algo que no debería estar ahí.

El cortijo fue construido en 1920. Pero las historias de aparecidos en sus alrededores son anteriores. Durante la Guerra Civil española, sirvió de refugio. Quizá por eso, por las muertes que ya arrastraba, por las energías que se acumularon en sus paredes, los fenómenos se desataron con especial virulencia a partir de 1939.

Los campesinos de la zona evitaban pasar por aquellos parajes. Decían que era un lugar habitado por almas torturadas, que las voces de los muertos se escuchaban en días sin viento, que figuras translúcidas de vecinos fallecidos aparecían entre los olivos, que luces circulares de intensidad inaudita danzaban sobre las paredes.
Pero lo más inquietante, lo que convertía al Cortijo de los Asombros en un lugar único, era el martinico. Un duende, un espanto, una presencia que según todas las creencias fue la inductora de los suicidios. Se dedicaba, decían, a asustar a las parejas de novios que se aventuraban por aquellos caminos. Y cuando la familia se instaló en la casa, cuando los catorce comenzaron a vivir entre sus muros, el martinico empezó a llamar.

En los años setenta, la criada de una familia adinerada de Priego trabajaba en el cortijo. Mientras hacía las tareas del hogar, escuchó ruidos en una habitación. Abrió la puerta. Lo que vio la dejó paralizada: una especie de niño o niña, un pequeño que jugaba en el suelo, que alzó la vista hacia ella y luego, simplemente, desapareció bajo la cama. Como si se hubiera esfumado. Como si nunca hubiera estado allí.
Las voces de aquellos fantasmas infantiles, de niñas jugando en habitaciones vacías, han sido recogidas en psicofonías por investigadores que se han atrevido a adentrarse en el lugar. Voces que llaman, que ríen, que susurran nombres de quienes ya no están.

El Cortijo de los Asombros siempre llamó la atención por algo más que sus apariciones. Había en sus alrededores una ausencia total de pájaros. Ningún gorrión, ninguna golondrina, ningún ave sobrevolaba aquel trozo de tierra. Los campesinos lo explicaban con la misma palabra que usaban para todo lo que no comprendían: asombros. Pero había quienes buscaban explicaciones racionales. Decían que las fuerzas telúricas, las corrientes de energía que atraviesan la Subbética, alteraban el entorno. Otros apuntaban al agua, cargada de un alto índice de yeso, que podía provocar trastornos depresivos en quienes la bebían.
Quizá. Pero el yeso no mueve cortinas. No abre puertas. No llama a los vivos desde la muerte.

 En 1945, una familia de Priego compró el cortijo. Desconocían su historia. Se instalaron con la ilusión de comenzar una nueva vida en el campo. Y los fenómenos comenzaron.

Las ventanas repiqueteaban constantemente, como si alguien llamara desde fuera. El trigo y el grano aparecían esparcidos por el suelo, aunque nadie los había tocado. Una mano invisible abría la puerta del establo donde guardaban el ganado, y 'algo' hacía salir a los animales huyendo, despavoridos, como si huyeran de algo que los perseguía.

Ante tales hechos, la familia requirió la presencia de un sacerdote. Que realizara un exorcismo en la casa, que limpiara aquello que no podían ver pero sentían a todas horas. El sacerdote acudió, rezó, roció con agua bendita. Pero no tuvo éxito. Al contrario. Los fenómenos cobraron mayor intensidad, como si el intento de expulsar aquello hubiera enfurecido a lo que allí moraba.

La familia no tuvo otra opción que abandonar la vivienda. La señora de la casa, años después, recordaba el momento de la huida con un detalle que hiela la sangre: "Estábamos cargando todo en el carro para irnos cuando se me olvidó el candil. Cuando fui a por él vi que no estaba en su sitio y escuché clarísimamente una voz, como de niña, que decía: '¡No, el candil ya me lo llevo yo!'"
El candil desapareció. Nunca lo volvieron a ver.

Dentro del cortijo, son muchos los testigos que han afirmado haber escuchado ruidos de gentes en habitaciones vacías. Llantos de niños que no existen. Voces llamando a sus familiares, pronunciando nombres de quienes llevan décadas muertos. Y durante las investigaciones, los equipos que se adentraron en sus ruinas documentaron algo que desafía toda explicación: los grados del termómetro llegaban a bajar hasta cinco grados en apenas unos segundos. Un descenso térmico que no responde a las leyes de la física.

En 2010, el Cortijo de los Asombros se derrumbó. Sus piedras, que habían visto tanto, que habían escuchado tantos llantos, que habían sido testigos de tantas muertes, se rindieron al paso del tiempo. O quizá se rindieron al peso de lo que guardaban.
Hoy, solo quedan ruinas. Escombros. Un montón de piedras que ya nadie se atreve a remover. Pero los campesinos de la zona siguen evitando pasar por aquellos parajes. Y si la niebla les obliga a acercarse, bajan la cabeza, aprietan el paso, y no miran atrás.

Porque saben que, aunque la casa ya no esté, los asombros siguen. El martinico sigue buscando parejas de novios que asustar. Los niños juegan en habitaciones que ya no existen. El padre sigue llamando a sus hijos desde el otro lado. Y el candil, aquel candil que una voz infantil reclamó como suyo, sigue en alguna parte. Esperando. Alumbrando lo que no debería ser visto.