LA CASA CUNA DE CADIZ:

La noche de Cádiz tiene una luz especial. La que se refleja en el mar, la que tiñe de plata las fachadas blancas, la que convierte a la ciudad en un espejo suspendido entre dos aguas. Pero hay rincones donde esa luz no llega. Rincones donde la memoria se espesa, donde los muros guardan cosas que no deberían recordarse. 

Uno de esos lugares se alza en el barrio de San Severiano, en la antigua calle del doctor Tolosa Latour. Hoy es una oficina, un edificio administrativo, un lugar de trabajo. Pero bajo esa fachada, bajo el hormigón y el yeso, hay algo que no ha encontrado paz en casi cuatro siglos.

Porque aquí, en 1621, se fundó un hospicio. Una casa cuna. Un lugar para los hijos ilegítimos, para los niños de los que sus padres no podían hacerse cargo. Eran los llamados Niños del Hospicio. Los abandonados. Los que nadie reclamaba. Durante siglos, las monjas de la caridad los acogieron, los criaron, los educaron. Y durante mucho tiempo, aquellos niños vivieron entre estos muros, crecieron, se hicieron adultos, se fueron. O no. Porque algunos, según cuentan, nunca se fueron del todo.

El edificio sobrevivió a guerras, epidemias, cambios de gobierno. Pero hubo una noche que lo cambió todo. La noche del 18 de agosto de 1947.

En la base número uno de la Defensa Submarina de San Severiano, a escasos metros del hospicio, se almacenaban 1.100 cargas de profundidad, minas antisubmarinas y cabezas de torpedos. Aquella noche, el calor fue insoportable. O quizá fue otra cosa. Nadie lo sabe con certeza. Lo que sí se sabe es que el arsenal estalló.
La explosión arrasó el barrio. Las ventanas saltaron en pedazos. Las paredes se resquebrajaron. Y la casa cuna, que había dado cobijo a tantos niños, se derrumbó. El techo se desplomó por completo. Y bajo sus escombros, quedaron atrapados todos los residentes.

Los datos oficiales hablan de 24 niños, 6 enfermeras y 6 sirvientas, en la casa cuna. Pero las víctimas totales fueron 2000 heridos y 150 fallecidos.
Pero muchos gaditanos sospechan que la cifra fue mayor. Que aquellos días de agosto, con el calor y el caos, muchos cuerpos nunca fueron contados. Lo que sí se sabe es que cuando los equipos de rescate llegaron al lugar, cuando comenzaron a mover las piedras, se encontraron con una visión que los perseguiría el resto de sus vidas.

Los niños aún estaban acurrucados en sus colchones. Como si hubieran muerto mientras dormían. Como si la explosión los hubiera sorprendido en medio de un sueño del que nunca despertaron. Estaban allí, pequeños cuerpos inertes, envueltos en sábanas que la pólvora había ennegrecido, con los rostros serenos pero los ojos vacíos. Una visión que daba pánico, según relataron quienes la presenciaron.

Muchos cuerpos fueron rescatados. Recibieron sagrada sepultura, en el también polémico, aunque ya clausurado cementerio de San José. Pero otros muchos nunca aparecieron. Quedaron sepultados bajo los escombros. O quizá, bajo los cimientos de lo que vendría después.

En 1956, los pocos restos del edificio que aún quedaban en pie fueron demolidos. Los escombros se retiraron. Y sobre aquel suelo que había absorbido la sangre de tantos niños, se levantó un nuevo centro. La Institución Generalísimo Franco, después renombrada como Institución Provincial Gaditana. Un colegio estrictamente femenino, dirigido nuevamente por religiosas.

Al principio, todo fue normal. Las alumnas internas y externas acudían a clase, estudiaban, jugaban. Pero las noches, para las internas, se convirtieron pronto en una pesadilla.

En la madrugada, mientras las niñas trataban de dormir, comenzaban a escucharse ruidos. Llantos de bebés. Risas infantiles. Carreras de niños por los pasillos vacíos. Y luego, las apariciones. Sombras que cruzaban las paredes. Puertas que se abrían y cerraban solas. Golpes de desconocida procedencia, que retumbaban en las paredes. Campanas que sonaban sin que nadie las hiciera sonar.

Alguna de las internas afirmó haber visto el espectro de una monja vestida a la antigua usanza en el patio del colegio. Una figura blanca que se deslizaba entre los árboles, que desaparecía cuando alguien se acercaba.
Pero lo más perturbador, lo que ninguna de aquellas niñas pudo olvidar, ocurrió una noche en una de las habitaciones. Tres niños de no más de seis años estaban jugando entre ellos. Rondaban, se perseguían, reían. Cuando la joven entró en el dormitorio, los niños alzaron la vista hacia ella. La miraron. Y luego, simplemente, desaparecieron.

Las internas comentaban entre ellas lo que veían, lo que escuchaban. Los rumores se extendieron, llegaron a oídos de las monjas. Y la respuesta fue la previsible: prohibieron cualquier referencia al tema. Pero los sucesos siguieron produciéndose. Como si los niños que jugaban en aquella habitación, los que nunca habían sido rescatados de los escombros, no estuvieran dispuestos a callarse.

A principios de los años 90, el edificio fue vendido. Se convirtió en la sede de Radio Onda. Los locutores, los técnicos, los trabajadores, pronto empezaron a experimentar cosas. El estudio estaba situado al final de una larga escalera que desembocaba en un estrecho pasillo. Una noche, mientras el equipo de radio trabajaba, alguien miró a través de la gran cristalera del estudio y vio algo que no podía estar ahí.

Niños. Varios niños corriendo por el pasillo. Ataviados con vestimentas de décadas atrás. Ropas que no se veían desde antes de la guerra. Uno de los operarios se levantó, salió al pasillo, dispuesto a interrogar a aquellos jóvenes que se habían colado donde no debían. Pero cuando asomó la cabeza, el pasillo estaba vacío. No había nadie.
Los niños habían desaparecido. Como si nunca hubieran estado allí. Como si fueran un eco de algo que ocurrió mucho tiempo atrás y que aún no ha terminado de ocurrir.

Hoy, el edificio es una oficina del INEM. Los empleados no hablan. Mantienen un mutismo absoluto sobre lo que pueda ocurrir en su interior. Quizá por miedo al ridículo. Quizá porque han aprendido a convivir con ello. Quizá porque saben que hablar no cambiaría nada.
Los funcionarios acuden a trabajar. Los vecinos pasan por la calle sin mirar. Pero cuando cae la noche, cuando el barrio de San Severiano se queda en silencio, aún se escuchan cosas. Llantos de bebés. Risas de niños. Carreras por los pasillos vacíos.
Los niños siguen allí. Siguen jugando. Siguen corriendo. Siguen esperando que alguien los vea.

Pero recientemente, unas excavaciones destinadas a demoler las alas del edificio han sacado a la luz algo que podría explicar por qué este lugar ha sido siempre tan activo. Mientras los obreros removían la tierra para nuevas cimentaciones, se encontraron con algo que no esperaban. Los restos de una necrópolis romana.
Un cementerio antiguo. Siglos, milenios de muertos descansando bajo aquel suelo. Y luego, sobre ellos, la casa cuna. Los niños abandonados. Los bebés que nadie reclamó. Y luego, la explosión. Los cuerpos que nunca aparecieron.

Capas sobre capas de muerte. De dolor. De almas que no encontraron descanso. Esperando a que alguien los encuentre. Esperando a que alguien los lleve a descansar.