LA CASA ENCANTADA DE XIRIVELLA:
La noche del 16 de junio de 1999, en una casa cerca de la calle San Antonio, en Xirivella, algo despertó. Algo que llevaba tiempo durmiendo, esperando, quizá, el momento preciso para manifestarse. Nadie en aquel tranquilo barrio valenciano podía imaginar que una vivienda ordinaria, ocupada por una familia corriente, se convertiría en el epicentro de uno de los casos más desconcertantes de la historia de la parapsicología española. Un caso con testigos, con grabaciones, con un parte policial que aún hoy, quien lo lee, no puede dar crédito.
Manuela Ledo y su hijo Raúl Zarzoso llevaban años viviendo en esa casa. Años de normalidad, de rutina. Hasta que los sobresaltos llamaron a la puerta.Tres meses antes de los sucesos, Raúl, un adolescente que cursaba ESO en el colegio Antonio Machado, participó en algo que cambiaría su vida y la de su familia para siempre. Una ouija.Con permiso del profesor de tecnología, que consideró, con esa suficiencia de quien no cree en lo que no ve, que "nada de esto existía". Los chicos cogieron una chapa metálica del taller, grabaron las letras del abecedario, y usaron el mismo vaso de las mezclas de pintura para empezar la sesión.
Al principio, nada. Intentos fallidos, risas nerviosas, la emoción de lo prohibido. Pero durante uno de los últimos recreos, algo cambió. Tres de sus compañeros, Iván, David y Rafa, sintieron un miedo tan intenso, tan primario, que se apartaron de la mesa. Solo quedaron Raúl y otro chico.
Fue entonces cuando la mesa comenzó a moverse sola.
Se desplazaba, vibraba, temblaba. Y de aquel movimiento caótico empezaron a surgir palabras. Frases. Una comunicación. Alguien, algo, les decía que se dividiría en cinco partes. Y que no descansaría hasta que aquella comunicación se cerrara.
Los chicos no entendieron entonces el significado de aquellas palabras. Pero pronto lo comprenderían.
Tres meses después, en la casa de Raúl, empezaron los golpes.
Al principio, pequeños. En tabiques, techos, muebles. Como si alguien estuviera llamando desde dentro de las paredes. Manuela, su madre, pensó que eran cosas de la casa, ruidos sin importancia. Pero los golpes se hicieron más intensos. Más contundentes. Ya no eran llamadas. Eran aporreos. Golpes que hacían vibrar las ventanas, que desplazaban las persianas de sus guías, que retumbaban en el pecho de quienes los escuchaban.
Luego, los objetos comenzaron a moverse.
Los juguetes de Raúl salían disparados de las estanterías. Las cortinas se agitaban sin que hubiera corriente de aire. En el cuarto de baño, frascos y envases caían al suelo como empujados por manos invisibles. Y entonces ocurrió algo aún más extraño: del techo de la habitación del adolescente empezaron a caer gotas de agua. Gotas que al tocar el suelo desaparecían. Sin dejar rastro. Sin manchas de humedad. Sin tuberías en el techo que pudieran justificarlas.Manuela, asustada, llamó a sus padres, a una amiga, a su cuñado. Todos acudieron aquella misma noche. Y todos fueron testigos de un espectáculo dantesco. Los golpes, los movimientos, los objetos volando. Nada de aquello tenía explicación.
La situación se volvió insostenible. El 19 de junio, Manuela marcó el número de la policía local de Xirivella. Una patrulla acudió al domicilio. Los agentes entraron en la casa escépticos, con esa suficiencia de quien ha visto de todo. Salieron con una certeza: no habían visto nada igual.
0 Comentarios