CASTILLO CAWDOR:
Está situado al norte de Escocia, entre las localidades de Inverness y Nairn.
El castillo de Cawdor se alza entre los bosques de Highland, a pocos kilómetros de Inverness, como un sueño hecho piedra. Pero no un sueño cualquiera. Un sueño antiguo, nacido de la voluntad de un hombre y del capricho de un animal. Porque Cawdor no se construyó donde los hombres querían, sino donde un burro decidió descansar.
Para entender esta historia, debemos retroceder hasta 1179, cuando Guillermo Cawdor, o Calder, fundó una fortaleza en estas tierras. Pero de aquella construcción apenas quedan restos, solo los cultivos que aún recuerdan lo que hubo. El castillo que hoy conocemos comenzó a levantarse más tarde, siguiendo instrucciones muy precisas. Instrucciones recibidas en un sueño.
El barón soñó que debía cargar un cofre de oro en el lomo de un burro y dejar que el animal vagara libremente durante todo un día. Allí donde el burro se tumbara al atardecer, allí debía construir su castillo. Y allí prosperaría para siempre.
El burro caminó. Caminó durante horas, sorteando colinas y vadeando arroyos. Hasta que, al caer la tarde, se tumbó bajo un árbol de acebo. Allí, en ese lugar, comenzó la construcción del castillo de Cawdor.
El árbol de acebo, testigo de aquel momento, murió en 1372. Pero no desapareció. Hoy, petrificado, aún puede verse al pie de la antigua torre. Como un recordatorio de que los sueños, a veces, tienen consecuencias muy reales.
La primera fecha documentada del castillo es 1454. Desde entonces, ha sido hogar de los barones de Cawdor, testigo de alianzas y traiciones, escenario de historias de amor y de muerte.
Sus jardines, famosos en toda Escocia, incluyen el Jardín Amurallado, el Jardín de Flores del siglo XVIII y el Jardín Salvaje, añadido en la década de 1960. Los bosques que lo rodean albergan especies de árboles centenarias. Pero bajo esa belleza, bajo esa paz aparente, algo se mueve.
Porque en Cawdor, los muertos también tienen historia.
Todo comenzó con Muriel Calder. Una niña. Una heredera.
John Calder, jefe del clan, tenía una hija pequeña llamada Muriel. Pero el conde de Argyll, poderoso y ambicioso, tenía otros planes. Envió una expedición de unos sesenta miembros del clan Campbell para secuestrar a la pequeña y llevarla a su fortaleza, con el pretexto de educarla. Un rapto disfrazado de generosidad.
Pero Lady Kilravock, la madre, no era ingenua. Antes de que se llevaran a su hija, metió la llave de su cofre en el fuego, al rojo vivo, y marcó a la pequeña Muriel en el muslo. Una marca indeleble, un hierro que la identificaría para siempre, por si algún día alguien dudaba de quién era realmente.
Muriel creció entre los Campbell. En 1510, con apenas doce años, se casó con Sir John Campbell de Muckairn, el hijo menor de Archibald Campbell. Una unión política, un sellado de alianzas. Pero en 1523, la pareja tuvo que huir al norte después de que John se viera implicado en un asesinato.
Llegaron a Cawdor. Y allí les esperaban los cuatro tíos de Muriel, decididos a impedir que los Campbell tomaran el poder. Sitiaron el castillo. Pero enfrentarse al poder de los Campbell era inútil. El asedio terminó como tenía que terminar: dos de los tíos fueron asesinados. Los otros, huyeron.
John Campbell se convirtió en el primer señor de Calder. Y comenzó a ampliar el castillo, a convertirlo en el hogar que hoy conocemos. Fue entonces, en esos años de construcción y consolidación, cuando algo comenzó a gestarse en las sombras. Algo que aún hoy permanece.
Hoy, los visitantes del castillo hablan de ella. Una mujer vestida de terciopelo azul que aparece en el interior. La han visto en la galería sobre el salón, con la mano apoyada en la barandilla, mirando hacia abajo como si buscara a alguien entre los vivos. La han visto en los pasillos, deslizándose sin hacer ruido. Algunos creen que es Muriel Calder, la niña marcada, la heredera raptada, la esposa forzada. Otros piensan que podría ser Lady Isabella Caroline Howard, que mira con anhelo el retrato de su marido, Sir John Campbell, cuyo fantasma también se aparece por los pasillos durante las visitas.
De lo que están seguros es de que no puede ser una visitante viva. En una ocasión, cuando vieron a la mujer de azul en la galería, el sistema de alarma no se activó. Y tendría que haberlo hecho. No había explicación.
En agosto de 1997, una madre y su hija visitaban el salón. Llevaban apenas cuatro minutos cuando ambas sintieron una presencia. Alzaron la vista y la vieron: la mujer de azul, flotando en la galería. No caminaba. Flotaba. Las miró durante unos segundos que se hicieron eternos. Y luego, desapareció.
Pero hay otra historia en Cawdor. Una mucho más trágica. Una que no aparece en los folletos turísticos.
Era la hija de uno de los Thanes de Cawdor. Joven, hermosa, con toda la vida por delante. Y se enamoró del chico equivocado. Su padre, tenía otros planes para ella. Un matrimonio que beneficiara a la familia, una alianza que aumentara su poder. Pero ella seguía escapando, seguía viendo a su amado a escondidas.
Hasta que un día, el padre los descubrió.
Su ira fue terrible. Arrastró a su hija hasta su dormitorio, en lo alto de una de las torres, y la encerró allí. La dejó sola, con sus lágrimas y su miedo, para que reflexionara sobre su desobediencia.
Al día siguiente, el padre subió a la torre. Abrió la puerta, esperando encontrar a una hija arrepentida. Y la encontró intentando escapar por la ventana.
En un arrebato de rabia ciega, desenvainó su espada. Y de un solo tajo, cortó las manos de su propia hija.
La muchacha cayó al vacío. O quizá no. Quizá se desangró allí mismo, en el suelo de su habitación. Los relatos no se ponen de acuerdo. Pero todos coinciden en lo mismo: desde entonces, su fantasma recorre el castillo.
A veces, la ven en las ventanas de las torres, mirando al exterior. Otras, sienten un roce frío, como de manos inexistentes. Manos que ya no están.
El castillo de Cawdor sigue en pie. Sigue siendo hogar. Sigue recibiendo visitantes. Sus jardines siguen floreciendo. Sus bosques siguen creciendo.
Pero cuando cae la noche, cuando los turistas se han ido y las puertas se cierran, algo despierta.
Cawdor no es solo un castillo. Es un lugar donde los sueños de los vivos se encontraron con la voluntad de un burro. Y donde los muertos, simplemente, nunca se fueron.

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