CASTILLO DE GLAMIS:

Ubicado en Glamis, Angus, Escocia.

Castillo de Glamis
La noche cae sobre Strathmore como un manto de terciopelo negro. Entre las colinas de Angus, donde el viento susurra entre los árboles centenarios, se alza una silueta de piedra que ha visto pasar reyes, reinas y fantasmas. El Castillo de Glamis.
Dicen que es uno de los lugares más embrujados de toda Escocia. Y cuando uno conoce su historia, cuando uno escucha los testimonios de quienes han pasado una noche entre sus muros, comprende que no es una exageración. Es una advertencia.

Para adentrarse en Glamis hay que retroceder mucho. Hasta el siglo XI, cuando en este lugar existía un pabellón de caza. Pero la fortaleza que hoy conocemos comenzó a levantarse a principios del siglo XV, sobre las tierras que Robert the Bruce entregó a la familia Bowes-Lyons en 1372. Desde entonces, esta familia ha estado ligada a la realeza escocesa y británica como pocas. Fue el hogar de la infancia de la reina Isabel, la reina madre. El lugar de nacimiento de la princesa Margarita. Un castillo de cuento, sí. Pero también un castillo de pesadilla.

Porque en Glamis, los muertos no descansan. Y algunos vivos, aseguran, han visto cosas que no deberían ver.

Comencemos por el principio. Por la muerte más antigua de la que tenemos constancia. El rey Malcolm II murió aquí en 1034, herido en batalla, según unos, asesinado, según otros. Su espíritu, dicen, aún merodea por las estancias. Pero no es el único monarca vinculado a estas piedras.

Janet Douglas
La capilla de la familia es el territorio de la dama gris. Una figura etérea que muchos han visto deslizarse entre los bancos, arrodillarse ante el altar, desaparecer cuando alguien se acerca. Se cree que es Lady Janet Douglas. También llamada Lady Glamis.

Su historia es una de las más trágicas de la nobleza escocesa. Los Douglas no gozaban del favor del rey Jacobo V. En diciembre de 1528, Janet fue acusada de traición por haber apoyado a partidarios del conde de Angus en Edimburgo. También la acusaron de haber envenenado a su primer marido, John Lyon, sexto Lord Glamis, fallecido en septiembre de ese mismo año. Aquella acusación fue desestimada, y Janet pudo casarse con su segundo marido, Archibald Campbell.

Pero el rey no olvidaba. Y en 1537, volvió a por ella.

Janet fue condenada por planear envenenar al rey y por comunicarse con sus hermanos, enemigos de la corona. La encarcelaron en una mazmorra del castillo de Edimburgo junto a su marido, que logró escapar pero fue asesinado poco después. Para obtener "pruebas", el rey ordenó torturar a los familiares y sirvientes de Janet. Y lo que es peor: obligaron a su joven hijo a presenciar cómo condenaban a su madre a la hoguera.
Janet Douglas fue quemada viva en 1537. Su hijo, un niño, tuvo que ver cómo el fuego devoraba a su madre.

Desde entonces, su fantasma vaga por Glamis. La han visto en la capilla, donde quizá buscaba consuelo en vida. En los pasillos aledaños. Y en lo alto de la torre del reloj, como si aún vigilara el castillo que tanto amó.

Pero hay otro espíritu femenino, quizá más inquietante aún. Una mujer sin lengua.
La han visto vagando por los terrenos del castillo, con una mano siempre señalando su boca, la herida abierta donde antes tuvo la lengua. Algunos aseguran haberla visto también asomada a una ventana cerrada, mirando al vacío. No se sabe quién fue, ni qué crimen tan atroz la silenció para siempre. Pero su presencia, muda y acusadora, es de las que hielan la sangre.

Luego está el joven sirviente.

Cuentan que en tiempos pasados, un muchacho fue enviado a sentarse en las escaleras de piedra que dan a la puerta de la habitación de la reina. Debía esperar allí hasta que le asignaran una tarea. Pero todos se olvidaron de él. Pasaron las horas. Pasó la noche. Pasaron los días. El muchacho esperó, fiel, obediente, hasta que el frío de la noche se lo llevó. Murió sentado en aquellas escaleras, esperando una orden que nunca llegó.

Hoy, su fantasma sigue allí. Sentado. Esperando. Y cada vez que alguien sube o baja esas escaleras, el joven sirviente saca una pierna. Solo una. Para hacer tropezar a los desprevenidos. Para recordarles que él sigue allí. Para que no se olviden de él como todos hicieron en vida.

Pero si hay una leyenda que sobrevuela Glamis como una sombra, es la del Conde Beardie y su partida de cartas con el diablo.

Sir Alexander Lyon, segundo lord del castillo, era un hombre apasionado por el juego. Un sábado, estaba enfrascado en una partida de cartas con su amigo, el conde de Crawford. La noche avanzaba. Un criado se acercó para advertirles de que se acercaba el Sabbath, el día sagrado. Debían dejar de jugar.
Sir Alexander, enfadado por la interrupción, respondió con soberbia: "Seguiremos jugando. Y si el mismo demonio quisiera unirse a nosotros, sería bienvenido".

Cuando el reloj marcó la medianoche, una figura apareció en la sala. El demonio en persona, dispuesto a aceptar la invitación. Se sentó a la mesa y jugaron. Largamente. Y en el transcurso de la partida, los dos condes perdieron sus almas.
Desde entonces, están condenados a pasar en aquella habitación, desde el día de su muerte hasta el Juicio Final, jugando eternamente a las cartas.

En 1957, una pobre sirviente abandonó su trabajo aterrorizada. Dijo que todas las noches, desde la habitación contigua a la suya, escuchaba a Sir Patrick y al conde Crawford. Escuchaba cómo arrojaban los dados, cómo golpeaban el suelo con los pies, cómo proferían terribles blasfemias en la oscuridad. Noche tras noche, sin descanso, sin pausa. Como si el tiempo se hubiera detenido para ellos.

El conde Beardie, que así llamaban a Sir Alexander, es sin duda el fantasma que más guerra da. Sobre todo a los niños. Era un alcohólico, un hombre desagradable, siempre propenso a molestar al más débil. Y en la muerte, sigue igual. Sus apariciones no se limitan al castillo. Pulula también por los dormitorios infantiles de la zona, con cara de pocos amigos, asustando a los pequeños. Hay quien dice que durante el día se esconde en una habitación secreta del castillo. Una de esas estancias que nadie puede encontrar.

Y luego están los otros. Porque Glamis está lleno de ellos.

Una anciana que porta un fardo. Nadie sabe qué lleva, ni adónde va.

Un hombre de barba canosa, demacrado, que se cree fue un prisionero muerto de hambre en el sótano.

Un paje negro, con ropajes del siglo XVII, que se deja ver en los jardines y en la habitación de la reina.

Un ser flaco, escurridizo, al que llaman Jack el Corredor.

En una ocasión, un huésped que dormía en una de las habitaciones se despertó sobresaltado. Al otro lado de la ventana, una cara pálida y ojerosa lo miraba fijamente. Antes de que pudiera reaccionar, el rostro desapareció. Y entonces, unos chillidos horribles llenaron la noche. Gritos que no parecían humanos. Otros huéspedes, en diferentes estancias, han reportado golpes en las paredes que no les dejaban dormir. Golpes que no responden a ninguna lógica.

Y en los jardines, hay un pequeño cementerio de mascotas. Allí descansan los mejores amigos de quienes habitaron el castillo. Perros, gatos, quizá algún caballo. Pero algunos visitantes aseguran que, a veces, entre las tumbas, se mueven sombras que no son de animales vivos.

Pero la leyenda más persistente, la más oscura, la que nunca ha sido confirmada pero nunca ha muerto, es la del Monstruo de Glamis.

Cuenta la tradición que, en algún momento de la historia, nació un heredero de la familia Bowman-Lyon terriblemente deformado. Tan deforme, tan monstruoso, que su existencia debía ser ocultada. Encerrado de por vida en una habitación secreta del castillo, vivió y murió sin que el mundo lo supiera. Sin registros de nacimiento. Sin registros de defunción. Sin tumba.

Pero hay lagunas en la documentación familiar. Hay habitaciones selladas en el castillo. Hay pasillos irregulares que no llevan a ninguna parte. Y hay una larga tradición de secretismo aristocrático en torno a la herencia y el linaje. Muchos creen que el Monstruo de Glamis existió. Y que su fantasma, deforme y solitario, aún vaga por los rincones más oscuros del castillo.

Hoy, Glamis sigue siendo un hogar. Sigue siendo un castillo de cuento. Pero quienes han pasado una noche allí, quienes han sentido el frío repentino en una habitación cerrada, quienes han escuchado pasos en un pasillo vacío, quienes han visto una figura deslizarse por la capilla, saben la verdad.

Glamis no es solo piedra. Es memoria. Es dolor. Es muerte. Y los muertos, aquí, se niegan a irse.

Si alguna vez visitan el Castillo de Glamis, recuerden: cuando caiga la noche, no se aventuren solos por los pasillos. No miren demasiado tiempo por las ventanas. Y si escuchan dados rodando, o blasfemias en la oscuridad, o el llanto de una mujer sin lengua...

Salgan corriendo.