CASTILLO DE CULZEAN:

Cerca de Maybole, Carrick en la costa de Ayrshire, Escocia, Reino Unido.

Castillo Culzean
La costa oeste de Escocia guarda secretos que el viento del Atlántico no logra arrastrar. Entre colinas verdes y acantilados que se asoman al mar de Irlanda, se alza una silueta de piedra que parece desafiar a la gravedad.
Es el Castillo de Culzean, una fortaleza que no fue concebida para la guerra, sino para el orgullo.
Mandado construir por David Kennedy, décimo conde de Cassilis, entre 1777 y 1792, este castillo fue en su día la residencia del marqués de Ailsa.

El castillo se utilizó como el castillo de Lord Summerisle (interpretado por Christopher Lee ) en la película de 1973 The Wicker Man.

Hoy es propiedad del National Trust for Scotland, y los turistas recorren sus salones, sus jardines, sus escaleras de caracol. Pero los turistas no ven lo que ven los lugareños cuando la noche cae y la tormenta ruge en el horizonte.
Porque en Culzean, los muertos no se han ido. Y algunos, según cuentan, nunca encontrarán el camino de vuelta.

El Gaitero que Nunca Salió

La gente del lugar lo sabe. Cuando el viento silba entre los árboles y la lluvia golpea las ventanas del castillo, en una zona de los jardines llamada Piper's Brae, algo se mueve. Una figura. La de un hombre cargando una gaita. Camina despacio, con paso firme, como si aún tuviera una misión que cumplir. Pero su misión, si la tuvo, quedó inconclusa siglos atrás.

La leyenda es antigua, tan antigua como las cuevas que se abren bajo los cimientos del castillo. Un laberinto de piedra caliza, de pasadizos estrechos, de rincones donde la luz nunca ha llegado. Los vecinos, supersticiosos, creían que aquellas cuevas estaban embrujadas. Que algo acechaba en su interior. Que quien entraba, no salía.

Para demostrar que no había nada que temer, alguien propuso una prueba. Un gaitero, acompañado de su perro, entraría por una de las bocas de la cueva y saldría por otra, a cierta distancia, en lo alto de una colina. El sonido de su gaita guiaría a los espectadores, demostrando que el túnel era transitable y que no había brujería que valiera.

El gaitero aceptó. Ajustó su instrumento, silbó a su perro, y se adentró en la oscuridad. Al principio, la gaita se escuchaba nítida, vibrante, llenando el valle de su melodía. La gente asumió que estaba avanzando. Pero entonces, el sonido empezó a apagarse. No gradualmente, como si se alejara, sino de forma abrupta, como si algo lo hubiera cortado. Y luego, el silencio. Un silencio absoluto, roto solo por el viento y la lluvia.

Los ladridos del perro también cesaron.

Esperaron. Minutos. Horas. Nadie salió por la boca de la colina. Un grupo de vecinos, armados con antorchas, entró en las cuevas para buscar al gaitero. Recorrieron los pasadizos, llamaron, escucharon. No encontraron nada. Ni el hombre, ni el perro, ni la gaita. Solo la piedra desnuda y el eco de sus propios pasos.

El gaitero y su leal compañero nunca volvieron a ser vistos ni escuchados. Pero a veces, en las noches de tormenta, cuando el viento aúlla entre los acantilados, los lugareños juran oír algo. Una gaita. Lejana, distorsionada, como si viniera de muy profundo. Y si te acercas a Piper's Brae, si aguzas el oído, puedes distinguir la silueta de un hombre cargando su instrumento, caminando sin rumbo, buscando una salida que lleva siglos negándose a aparecer.

La Dama Blanca de la Escalera

Pero el gaitero no es el único que vaga por Culzean. En el interior del castillo, en la escalera que conduce a la entrada principal, los empleados han visto algo que les heló la sangre.

Fue en 1972. Un grupo de trabajadores describieron la aparición de una dama muy elegante. Llevaba un precioso vestido blanco de fiesta, de esos que se usaban en los bailes del siglo XIX. Bajaba las escaleras despacio, con la mano apoyada en la barandilla, como si fuera a recibir a sus invitados. Pero no había invitados. No había fiesta. Y la dama, cuando llegó al final de la escalera, simplemente se desvaneció.

Poco después, una pareja que visitaba el castillo aseguró haber visto una sombra fantasmal en el mismo lugar. La forma era muy similar a la que describieron los empleados años antes.
Una mujer. Un vestido blanco. Un movimiento pausado, elegante, como si fuera consciente de estar siendo observada.

Los investigadores apuntan a una posibilidad.

En lo alto de la escalera, presidiendo el paso, hay un cuadro. Es el retrato de Margaret Erskine de Dun, esposa del duodécimo conde de Cassillis. Una mujer de belleza serena, vestida con un traje de época, con la mirada perdida en el horizonte.
Pero quienes han pasado frente a ese cuadro en la penumbra del atardecer cuentan algo inquietante. Los ojos de Margaret te siguen. Mientras caminas, mientras subes o bajas las escaleras, los ojos del retrato se mueven contigo. Como si Margaret, desde su marco de oro, observara cada uno de tus pasos.

Y en ocasiones, cuando el castillo está en silencio, cuando los turistas se han ido y los empleados han cerrado las puertas, una extraña niebla aparece en las escaleras. Blanca, densa, fría. Se mueve de un lado a otro, como si buscara algo. Su camino siempre comienza frente al retrato de 
Margaret. Como si ella fuera el origen. Como si la niebla fuera su aliento.

El Asesino que Cayó al Mar

Pero hay otra historia en Culzean. Una historia de crímenes y venganzas. Una historia que tiene su escenario no en los salones del castillo, sino en los acantilados que se desploman sobre el mar.

Sir John Cathcart era un asesino de esposas. No una, sino varias. Se casaba, y sus esposas desaparecían en circunstancias misteriosas. Nadie podía probarlo, pero todos lo sospechaban. Hasta que puso sus ojos en May Kennedy.
May era joven, hermosa, y según los rumores, rica. Sir John la cortejó, la enamoró, se casó con ella. Y entonces, comenzó a tramar su asesinato. Pero May, a diferencia de las anteriores, era inteligente. Se dio cuenta de lo que su marido planeaba. No se sabe cómo, ni cuándo, pero un día decidió adelantarse.

Lo empujó desde lo alto de los acantilados que se encuentran a los pies del castillo.
Sir John cayó al vacío. Su cuerpo se estrelló contra las rocas, y las olas del mar de Irlanda se lo llevaron. Nunca se encontró su cadáver. Pero su espíritu, según los lugareños, sigue allí.

En las noches de viento, cuando el mar golpea con furia los acantilados, se dice que se escucha una voz. Es Sir John, clamando venganza. Maldiciendo, jurando que volverá, que la encontrará, que la arrastrará con él al fondo del mar.

Los más viejos del lugar evitan acercarse a los acantilados cuando cae la noche. Y si tienen que hacerlo, se persignan. Porque saben que Sir John no descansa. Que su odio es más fuerte que la muerte. Y que, algún día, quizá, encuentre la manera de volver.

El Castillo que Guarda sus Secretos

Hoy, el Castillo de Culzean es una atracción turística. Los visitantes recorren sus estancias, admiran sus jardines, se asoman a los acantilados. La mayoría no sabe nada del gaitero perdido, ni de la dama blanca que baja las escaleras, ni de Sir John clamando venganza.
Pero algunos, los más sensibles, los que se quedan hasta el atardecer, los que visitan el castillo en un día de tormenta, sienten algo. Un escalofrío. Una presencia. Un sonido lejano, como de gaita, que viene de ninguna parte.

Y si miran hacia Piper's Brae, si se fijan en la niebla que se acumula en las escaleras, si escuchan con atención el viento que golpea los acantilados, quizá entiendan la verdad.
Culzean no es solo un castillo. Es un lugar donde el tiempo se detuvo para algunos. Donde un gaitero sigue buscando la salida. Donde una dama de blanco baja unas escaleras que no llevan a ninguna parte. Donde un asesino maldice desde las rocas, esperando su venganza.
 
Porque los muertos, cuando se quedan, no entienden de museos ni de horarios de visita. Simplemente, están. Y esperan.
Y el viento, en las noches de tormenta, sigue trayendo el eco de una gaita que nunca dejó de sonar.