HOSPITAL DEL TORAX DE OFRA:
Carretera Cuesta Taco, Ofra, Santa Cruz de Tenerife.
Las colinas de Ofra, en Santa Cruz de Tenerife, guardan un secreto de piedra y silencio. Entre el barrio de Taco y la Carretera de la Cuesta, se alza un edificio que durante décadas fue un bastión contra la muerte. Un lugar donde los pulmones rotos de los isleños buscaban una cura que a menudo no llegaba.
Es el Hospital del Tórax, un sanatorio construido para luchar contra la tuberculosis, ese mal que durante el siglo XIX y principios del XX sembró el terror en las Islas Canarias.
Un horror invisible, que llegaba sin avisar y se llevaba a sus víctimas tosiendo sangre. El miedo era tal que, en los años 40, muchas personas evitaban acercarse al hospital. Lo consideraban un lugar maldito.
Hoy, el Hospital del Tórax sigue en pie. Ya no es un sanatorio de tuberculosis. Ahora alberga cuidados paliativos, un lugar donde los enfermos terminales pasan sus últimos días. Y quizá por eso, porque la muerte es una vecina tan constante, los testimonios de fenómenos paranormales son numerosos y, en ocasiones, escalofriantes.
El Día que Abrió sus Puertas
Fue el 16 de agosto de 1945. El día que el horror se hizo institución. Oficialmente, se inauguró el centro con la entrada de 96 enfermos de tuberculosis. Aquellos hombres y mujeres, tosiendo en camillas, llegaron con la esperanza de encontrar una cura. No sabían que algunos de ellos nunca volverían a ver la luz del sol fuera de esos muros.
El edificio se articulaba a partir de tres plantas. La enfermería, con sus amplias terrazas, estaba orientada hacia el este-sureste para captar los primeros rayos del sol, que se creían beneficiosos para los pulmones enfermos. Al lado contrario, se alzaba la fachada principal con su puerta de acceso, a la que se unían los servicios generales del establecimiento.
Junto al gran edificio se construyeron garajes y un cuarto destinado a las lavadoras, donde la ropa de los enfermos se hervía para matar los gérmenes. Más allá, se levantaron las viviendas para el director, el administrador, las enfermeras, el conserje y los empleados masculinos. Un pueblo dentro de un hospital. Una pequeña ciudad de los condenados.
Junto al gran edificio se construyeron garajes y un cuarto destinado a las lavadoras, donde la ropa de los enfermos se hervía para matar los gérmenes. Más allá, se levantaron las viviendas para el director, el administrador, las enfermeras, el conserje y los empleados masculinos. Un pueblo dentro de un hospital. Una pequeña ciudad de los condenados.
Las Monjas de Fuego
No es de extrañar que en un edificio como este surjan historias de fantasmas. Una de las más recurrentes es la de una monja fantasmal que se pasea por los pasillos. Vestida con el hábito de la orden mercedaria, las hermanas que trabajaron durante décadas en el hospital cuando no había enfermeras. Ellas curaban, consolaban, acompañaban a los moribundos en sus últimas horas. Algunas, según cuentan, nunca se fueron del todo.
La monja ha sido vista también en la capilla del hospital, arrodillada ante el altar, rezando en silencio. Un ciudadano alemán que visitó el lugar años atrás hizo una fotografía. No vio nada extraño en el momento. Pero al descargar el archivo en su ordenador, la sorpresa fue mayúscula. Allí, en medio de la imagen, aparecía una "figura de fuego", una silueta ardiente, translúcida, cuya apariencia recordaba a la de una monja. No era un reflejo, no era un error de la cámara. Era algo que no debería estar ahí.
La Habitación 29
Pero si hay un lugar en el Hospital del Tórax que concentra toda la oscuridad, ese es la habitación 29. Situada en la tercera planta, en el Área de Cuidados Paliativos, esta habitación ha sido testigo de un visitante que no figura en ningún registro.
No dice nada. No transmite ningún mensaje. Solo mira. Y luego, o regresa por el mismo camino, o se difumina lentamente hasta desaparecer.
En unos diez años, lo han visto entre treinta y cuarenta personas. Algunos podrían pensar que son alucinaciones o delirios propios de los enfermos terminales. Pero los enfermos no son los únicos testigos. Y además, estos fenómenos solo ocurren en la habitación 29.
Lo más curioso es que los pacientes no sienten miedo. No indican ninguna sensación de inquietud. Algunos incluso parecen reconfortados. Quizá sea un guía, alguien que calma la ansiedad del enfermo y le enseña el camino a seguir. Una forma de canalizar el momento de la muerte. Un psicopompo, un conductor de almas.
El Ser Vestido de Blanco
Los enfermeros también han tenido sus experiencias. Juan Antonio Gómez, auxiliar de enfermería en Paliativos, vivió algo en 2002 que aún hoy recuerda con un escalofrío.
Estaba sentado en su escritorio, escribiendo, cuando vio pasar de reojo a una persona vestida de blanco. Pensó que era una enfermera. Le preguntó a la compañera que tenía al lado: "¿Tú acabas de pasar por aquí?". Ella dijo que no. "Sí has pasado por aquí, que te acabo de ver". Pero ella insistió: no había sido.
Juan Antonio no podía creerlo. Vio claramente a un hombre vestido de blanco, con paso firme, cruzar la estancia. La puerta de entrada se cierra con llave, no puede entrar nadie. Y la puerta exterior, que da al aparcamiento, también se cierra con llave. Era imposible que un extraño hubiera accedido.
Llamó a la enfermera a gritos. Los dos se dirigieron hacia la habitación que hay al otro lado del pasillo, en la dirección hacia la que se movió y desapareció ese individuo. Era una habitación sin salida. Allí había varios pacientes, pero estaban muy sedados. No había ningún visitante. No había nada.
Al rato, volvieron a pasar por la habitación. Uno de los pacientes había fallecido.
Cinco días después, ocurrió algo similar. En esta ocasión, fue una compañera de Juan Antonio la que se enfrentó a una extraña presencia. Elena y otra auxiliar estaban haciendo una ronda de madrugada. En la tercera planta solo había un paciente, en fase agónica. Todo estaba cerrado. Las puertas, los accesos, todo.
Cuando entraron en la habitación donde se encontraba el enfermo, vieron salir a alguien. Un hombre joven, completamente vestido de blanco, que se dirigía hacia el balcón. Las dos mujeres se quedaron sin reaccionar durante unos segundos. No podía haber nadie allí.
Fueron tras él. Al llegar al balcón, no había rastro. No podía haberse colado por ninguna puerta, porque estaban cerradas con llave. No podía haber saltado al vacío, porque por esa parte del edificio hay varias plantas y al menos habrían oído el impacto. Era como si se hubiera esfumado.
Alertaron al médico de guardia. Hicieron una ronda para encontrar al intruso. No hubo resultado. Dos horas después, el único paciente de aquella habitación falleció.
La Habitación Secreta
Pero no todo son apariciones. En la cuarta planta, durante unas obras de mantenimiento, unos operarios abrieron un agujero en la pared. Y descubrieron algo que nadie esperaba: una pequeña habitación secreta. No había muebles lujosos, ni obras de arte, ni dinero escondido. Solo un tocador antiguo, un espejo empañado por el tiempo, y un crucifijo de madera.
Nadie sabía para qué servía aquella estancia. Quizá era un lugar de oración para las monjas. Quizá era un escondite para alguien que no quería ser encontrado. Pero lo que los médicos descubrieron después fue aún más inquietante.
Todos los enfermos que eran instalados en las habitaciones cercanas a ese lugar empeoraban su estado de salud de forma inmediata. No gradualmente, sino de repente. Como si algo en el ambiente, en el aire, en las paredes, les robara las fuerzas. Se investigó si había hongos o bacterias en los conductos de ventilación, en el aire acondicionado, en los rincones más oscuros. No se encontró nada sospechoso.
Finalmente, los responsables del centro llamaron a un sacerdote para que bendijera el lugar.
El Hospital del Tórax sigue en pie. Los pacientes siguen llegando, los enfermeros siguen trabajando, la muerte sigue haciendo su visita diaria. Y las apariciones, esas, siguen ocurriendo.
Si alguna vez visitas el Hospital del Tórax, si recorres sus pasillos y subes a la tercera planta, no te sorprendas si sientes un escalofrío al pasar por la habitación 29. No te asustes si ves una sombra con sombrero al final de la cama. No hagas caso si oyes pasos que no tienen origen.
Solo respira hondo, sonríe, y sigue caminando. Porque en el Hospital del Tórax, los muertos no quieren asustar. Solo quieren acompañar. Solo quieren que los vivos sepan que no están solos en el momento más difícil. Y que, al final, alguien siempre viene a buscarte.
Incluso si ese alguien es un hombre con sombrero.


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