AEROPUERTO DE LOS RODEOS:
Carretera TF-5, San Cristóbal de La Laguna, al norte de Tenerife.
La noche en la isla de Tenerife tiene una densidad especial. La brisa que baja del macizo de Anaga arrastra consigo los ecos de algo que muchos prefieren olvidar.
En el norte, en el municipio de San Cristóbal de La Laguna, las luces de la pista de aterrizaje del Aeropuerto de Los Rodeos perforan la niebla como cuchillos anaranjados. Pero hay quienes afirman que, entre esas luces, se mueven otras formas. Siluetas que no deberían estar ahí. Voces que se pierden antes de que el viento las traiga. Y una niña. Una niña que no tiene piernas y que lleva más de cuarenta años cruzando la carretera que bordea los hangares.
Al año siguiente, fue declarado oficialmente aeropuerto. Pero lo que hizo conocido a Los Rodeos no fue su historia, sino una tarde de niebla, el 27 de marzo de 1977. La tarde en que dos gigantes de hierro se fundieron en una bola de fuego.
Entre ellos, dos Jumbos 747: el de la KLM holandesa y el de la Pan Am estadounidense. La niebla era espesa. La visibilidad, casi nula. El capitán de la KLM, convencido de que tenía autorización para despegar, aceleró sus motores. No la tenía. El otro avión aún estaba en medio de la pista. La colisión fue inevitable.
Pero el lugar, dicen, quedó impregnado para siempre con el dolor, el miedo y las almas desorientadas de las víctimas. Se llevaron a cabo ceremonias extraoficiales para purificar el entorno, para ayudar a los muertos a cruzar al Más Allá. Pero algunos, al parecer, no quisieron cruzar.
El accidente puso al descubierto las sorprendentes historias premonitorias de algunos supervivientes, las corazonadas descritas por Norman Williams, superviviente de 52 años del avión estadounidense, quien incluso aseguró sentirse auxiliado, en el amasijo de hierros y fuegos, por manos y voces invisibles que le ayudaron a salvarse.
Un pálpito irrefrenable también salvó la vida de la única superviviente del avión holandés de la KLM, Robine van Lanschot. Por razones aparentemente prácticas y a pesar de las presiones, insistió en no volver a subirse al avión rumbo a Gran Canaria tras su parada en Los Rodeos.
Voces entre los Hangares
A lo largo de varias investigaciones sobre estos desconcertantes sucesos, localizamos a más soldados que también habían hecho guardias en esta zona y aseguraban haber escuchado lamentos y sollozos.
Según la versión de los testigos, la fisionomía o aspecto de la supuesta niña puede variar, pero el denominador común es que se trata de una niña de corta edad (6 ó 7 años), ojos claros y pelo oscuro que se aparece cruzando los alrededores de la garita con aspecto desolador, ropa algo rota y sin las extremidades inferiores.
Un testigo incluso habla de que la niña ha llegado a dirigir su mirada hacia él con expresión desconcertante al tiempo que se desvanecía entre los arbustos cercanos.
El Niño del Camión de Juguete
No solo una niña. También un niño ha sido visto. Un soldado de guardia, sobre las tres de la madrugada, notó de repente una figura que cruzaba delante de su garita. Un pequeño, de unos seis o siete años, piel pálida pero con un extraño brillo, cabello oscuro, y en sus manos un camioncito de juguete. Cruzó de izquierda a derecha y se perdió en la oscuridad. La observación duró unos 15 o 20 segundos. El soldado empezó a notar cierta ansiedad.
El soldado abandonó su puesto, se alejó un centenar de metros buscando al niño. No encontró nada. Al volver a la garita, le invadió un gran malestar. Llamó al puesto de guardia, y cuando sus compañeros llegaron, un cabo y dos soldados, lo encontraron en el suelo, víctima de una lipotimia. Al día siguiente, un alto mando le ordenó tomar vacaciones y no hablar con nadie de lo sucedido.
Las Almas del Coromoto
Don Ignacio, un agricultor de 79 años del barrio de Coromoto, justo a pocos metros de las pistas, lo tiene claro. No son pocas las veces que ha visto a gente asomarse en lo alto de la ladera, mirando hacia abajo. Algunos levantan los brazos, como si aún esperaran un rescate. No se les oye decir nada. Están ahí y luego desaparecen de golpe.
"Esas pobres personas están ahí porque no han podido encontrar la paz", dice. Su esposa les ponía velas el Día de Todos los Difuntos. "Ella me decía que esa gente solo quiere regresar a su casa".
Los pilotos que hoy toman vuelos hacia Los Rodeos conocen las historias. Algunos las cuentan en voz baja. Un comandante afirmó haber retrasado al menos dos despegues porque creía ver figuras en la pista, agitando las manos como si advirtieran de algo peligroso más adelante. Como si las víctimas del 77 intentaran evitar otra catástrofe.
El Acuartelamiento y los Otros Accidentes
En el acuartelamiento cercano, los fenómenos no se limitan a apariciones. Se han registrado alteraciones en la instalación eléctrica, apertura y cierre de puertas sin mediación humana, potentes ruidos en zonas desalojadas. Como si el lugar, independientemente de la tragedia de los Jumbos, tuviera su propia actividad misteriosa.
Y es que Los Rodeos ha sido escenario de otros cinco accidentes aéreos con un considerable número de víctimas:
16 de septiembre de 1964: durante el despegue el avión se estrelló por problemas técnicos, 32 fallecidos.
5 de diciembre de 1970: se salió de la pista por exceso de velocidad al aterrizar, 4 fallecidos.
3 de mayo de 1971: accidente en vuelo de entrenamiento, 3 fallecidos.
5 de enero de 1972: se estrelló en aproximación por niebla intensa, 93 fallecidos.
25 de abril de 1980: se estrella en el monte el diablillo, entre candelaria y la victoria, debido a la niebla el avión descendió sin saber que estaba sobre el monte, 146 fallecidos.
El 27 de marzo de 2007, treinta años después de la tragedia, se inauguró en Mesa Mota un Monumento Conmemorativo.
Una estructura de 18 metros de altura con forma de escalera de caracol que asciende hacia el cielo. Un símbolo de que los muertos no son olvidados. Pero los muertos, a veces, no necesitan monumentos. Ellos mismos se encargan de recordarnos que siguen allí.
Hoy, el Aeropuerto de Los Rodeos sigue operativo. Los aviones aterrizan y despegan, los turistas recogen sus maletas, los taxis esperan en la puerta. Pero hay rincones, hay noches, hay bancos de niebla en los que el pasado se hace presente.
La niña sin piernas sigue deslizándose por la carretera, el niño del camión de juguete sigue cruzando delante de las garitas. Las figuras en la ladera siguen levantando los brazos. Y los pilotos, los que saben, los que creen, a veces aprietan los dientes al aterrizar, y susurran un "lo siento" a la pista vacía.
Porque en Los Rodeos, la niebla no es solo agua condensada. Es memoria. Es carne. Es un lunes 27 de marzo de 1977 que nunca terminó de acabar.
Y las víctimas, esas, aún esperan. No saben bien qué. Quizá una oración. Quizá un reconocimiento. Quizá que alguien les diga que ya no hace falta que adviertan a los aviones que se acercan.
Pero mientras esperan, siguen ahí. En las pistas. En los hangares. En la piel de los que los vieron.
Es parte de la historia de una isla, que nunca podrá olvidar lo que pasó en su propia tierra.



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