CASTILLO DE LA MATA:
Turia, Las Palmas de Gran Canaria. Está situado junto al edificio del Cabildo de Gran Canaria en el barrio de Triana. Calle Domingo Guerra del Río 147.
El barrio de Triana, en Las Palmas de Gran Canaria, es un hervidero de vida. Tiendas, cafés, transeúntes, turistas que se pierden en sus calles empedradas.
Pero en medio de ese bullicio, junto al edificio del Cabildo, hay un testigo de piedra que ha visto cinco siglos de historia.
Es el Castillo de la Mata, también conocido como Castillo de Casa Mata o Cuartel de Alonso Alvarado. Un torreón que ha resistido ataques navales, ha servido de calabozo para enemigos torturados, y ha alojado a artilleros y legionarios. Y que, según quienes trabajan en él, también guarda algo que no pertenece a este mundo.
Para entender lo que ocurre en el Castillo de la Mata, hay que retroceder a 1577. El ingeniero Juan Alonso Rubián levantó un torreón redondo al final de la muralla. Era una posición estratégica, la entrada norte de la ciudad. Pero en 1599, la armada holandesa capitaneada por Pieter van der Does lo atacó. Los muros se resquebrajaron, pero la derrota de los holandeses permitió reedificarlo. Francisco de la Rúa lo reconstruyó y le dio el nombre de Casa Mata.
En el siglo XVII, el castillo contaba con nueve cañones y un cuerpo de guardia. En el XVIII se ampliaron sus parapetos, almacenes de pólvora y accesos. Y ya en tiempos modernos, sirvió de alojamiento para las fuerzas del cuerpo de artilleros y unidades de la Legión hasta 1997.
Fue declarado Monumento Histórico Artístico el 22 de abril de 1949.
Y el 18 de marzo de 2015, tras múltiples intervenciones arqueológicas que sacaron a la luz el cúbelo original, se inauguró como museo.
Pero un museo no deja de ser un edificio con memoria. Y la memoria, a veces, duele.
Las Mazmorras del Dolor
Dentro de sus murallas había mazmorras. Los enemigos capturados eran encarcelados allí, y muchas veces torturados. El sufrimiento que acogieron esas piedras, los gritos que absorbieron sus paredes, no son algo que se pueda borrar con una capa de pintura o con una vitrina de cristal. Los historiadores saben que esos lugares quedan impregnados. No es superstición. Es memoria.
Los guardas de seguridad del castillo han hablado en varias ocasiones de llantos y lamentos. No son susurros imaginarios. Son sollozos de un hombre, nítidos, que recorren los pasillos vacíos cuando el museo cierra sus puertas. Puertas que se cierran y abren de forma brusca en las salas expositivas. "Era como si alguien tocara para pedir permiso para entrar", explica uno de los vigilantes. Ruido de desplazamientos, voces de gente que se acercan en grupo, y la sensación de sentirte acompañado cuando sabes que estás solo.
El Cuadro que Cayó
Patricia Santana es guía del museo. Conoce cada rincón del castillo, cada historia, cada leyenda. Pero hay una experiencia que no puede olvidar. "Todavía recuerdo aquel día que se cayó un cuadro", señala. Sin causa aparente, sin una corriente de aire, sin que nadie lo hubiera tocado. Un lienzo que llevaba años colgado en la misma pared, sujeto por los mismos clavos, de repente se desplomó sobre el suelo. Y cuando acudieron a ver qué había ocurrido, no encontraron explicación. Como si alguien, desde el otro lado, hubiera decidido bajarlo.
"Quien más, quien menos, todos hemos escuchado algo aquí dentro al caer el sol", añade. Y no es una exageración.
Hoy, el Castillo de la Mata es un espacio abierto al público. La entrada es gratuita, y las visitas pueden realizarse de lunes a viernes de 10:00 a 14:00 horas, y los sábados de 11:00 a 14:00 horas. Los turistas recorren sus salas, admiran los restos arqueológicos, leen los paneles explicativos. Pero cuando el reloj marca las dos, los guardianes cierran las puertas. Y entonces, el edificio cambia.
Las voces que se escuchan en grupo, cuando ya no hay nadie. Los llantos que suben de las antiguas mazmorras. La sensación de que alguien, desde la penumbra, observa a los que aún permanecen. No es un lugar violento, no es un poltergeist salvaje. Es algo más sutil, más triste. Es el eco de los que sufrieron y no han encontrado el camino para irse.
El Castillo de la Mata es un monumento histórico. Pero también es un lugar donde la historia no ha terminado. Donde los muertos, los torturados, los prisioneros, aún respiran en el silencio de la piedra.
Si alguna vez visitas Las Palmas, y entras en el museo, quizá oigas lo que los guardas oyen cada atardecer. Un sollozo o una puerta que se abre sin que nadie la toque.

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