LA CASA FRIAS:
Zona de Frías, el Escobonal, parte alta de Güímar, Comarca de Agache, Tenerife.
La noche en la comarca de Agache, en lo alto de Güímar, tiene un sonido especial. El viento silba entre los pinos, los barrancos devuelven ecos que parecen venir de otra época, y en la soledad de las cumbres, entre los 1.300 metros de altitud, se alzan las ruinas de una casa que fue testigo de uno de los fenómenos más inquietantes de la historia de Canarias.
Es la Casa de Frías. Un humilde caserón de cabreros que en la década de 1940 se convirtió en el epicentro de una actividad poltergeist que aterrorizó a sus habitantes, atrajo a sacerdotes que huyeron despavoridos y requirió la intervención de un misterioso espiritista cubano.
Hoy, sus muros derruidos siguen siendo un imán para senderistas y amantes de lo paranormal, que juran haber sentido en sus paredes algo que no pertenece a este mundo.
El Testimonio de Alejandro
Gran parte de lo que sabemos sobre la Casa de Frías se debe al testimonio de Alejandro, el único hijo varón del matrimonio, que años después, con 75 primaveras, relató su experiencia en una entrevista grabada en vísperas de San Juan de 1997. Sus palabras, recogidas por investigadores, son la crónica más completa de aquellos meses de terror.
Alejandro creía que todo aquello era obra de un vecino que quería quedarse con la casa y sus 300 cabras. "Ese hombre y su hermana tenían un libro de magia en su casa", contó. "Entre los dos hacían cosas así, usándolo contra mi familia y contra otros muchos vecinos. Era muy mala gente. Cuando usaban la magia blanca no era tan malo, pero cuando usaban la negra, entonces aquello era terrible".
Todo comenzó un día, a la hora de comer. La familia estaba reunida con unos vecinos cuando, de repente, comenzaron a caer piedras del cielo. No eran piedras normales. Eran de distintos colores: negras, amarillas, blancas. Brillaban como el oro y parecían tener una luz propia. Lo más extraño es que caían mojadas, como si alguien las hubiera escupido antes de lanzarlas. Y no caían todas al suelo: algunas se quedaban suspendidas en el aire, "colgadas de un hilo", según Alejandro.
A partir de ese día, los fenómenos se multiplicaron. Ocurrían a todas horas, pero se intensificaban al mediodía y por la noche. Muchas veces, la familia se sentaba a la mesa para comer y, de repente, todos los platos saltaban por los aires, estrellándose contra las paredes y el techo. "¡Cuántas veces nos tuvimos que acostar sin cenar!", recordaba Alejandro.
El Dueño de la Finca
Desesperados, avisaron al dueño de la finca. Cuando llegó y le contaron lo que ocurría, se rió. Dijo que esa noche se quedaría él solo en la casa para demostrarles que no había nada raro. No pasó mucho tiempo antes de que la casa le demostrara lo contrario.
El hombre se acercó a unos barriletes de 15 litros que la familia usaba para guardar el vino y, de repente, algunos de ellos le saltaron a la cabeza, mientras otros salían rodando tras él hasta bastante lejos de la casa.
Desde lejos, el hombre gritó que aquella casa estaba embrujada y que llamaría al cura del pueblo.
Desde lejos, el hombre gritó que aquella casa estaba embrujada y que llamaría al cura del pueblo.
La noticia corrió como la pólvora por toda la isla. Llegó hasta las autoridades eclesiásticas. Vino primero el cura del pueblo y luego otro del Obispado de La Laguna.
Ambos, según Alejandro, "salieron corriendo y gritando que aquello era cosa del diablo y que no querían saber nada".
Ambos, según Alejandro, "salieron corriendo y gritando que aquello era cosa del diablo y que no querían saber nada".
No era para menos. En la casa, la máquina de coser funcionaba sola. Las piedras seguían cayendo. Y lo peor: a algunas de las hijas, algo invisible les golpeaba, y caían al suelo inertes, como en estado de catalepsia. Los perros y las cabras no se acercaban a la casa por temor. Llegaban a salir en estampida sin motivo aparente, huyendo de los alrededores. Los animales, decían, siempre saben.
El Espiritista Cubano
En medio de la desesperación, un día llegó hasta la casa un espiritista. Al parecer era cubano. Alguien le había contado lo que allí ocurría y acudió para ayudar. Pidió permiso para realizar algunos rituales. La familia, que ya no sabía qué hacer, aceptó.
El hombre puso cables alrededor de la casa, conectándolos a una pequeña fuente cercana y enterrando los extremos en distintos lugares. Luego se encerró en cada habitación, una por una, y pidió que nadie entrara, oyeran lo que oyeran. Y lo que se oía desde dentro, según contó después, eran gritos y ruidos tremendos. Pero no era solo ruido: él mismo aseguró que en aquellas luchas espirituales recibía como puñaladas y mordiscos de seres monstruosos.
Fueron muchos días los que el cubano estuvo trabajando dentro de la casa. No se sabe con certeza si fue por sus rituales o por otra razón, pero a partir de ese momento, los fenómenos comenzaron a disminuir en intensidad. Al cabo de varios meses, la normalidad volvió a la casa de Frías y también a las casas de los familiares donde se habían refugiado algunas de las hijas.
Apariciones en los Alrededores
Pero la Casa de Frías no solo es conocida por los fenómenos que ocurrieron en su interior. Los alrededores, el monte de Anocheza, también están impregnados de misterio. Cerca se encuentra el "Llano de las Brujas" o "El Bailadero", un paraje que, según la tradición, fue escenario de rituales y danzas tanto de los antiguos guanches como de practicantes de brujería en épocas posteriores.
Quienes se han aventurado entre las ruinas en años recientes aseguran haber sentido cambios bruscos de temperatura, voces lejanas y sombras que se mueven entre las estancias vacías. Varios testigos aseguran haber visto una figura femenina vestida de blanco observando desde una de las ventanas rotas. También hay quien ha sentido una extraña opresión al cruzar el umbral de la puerta, como si la casa no quisiera recibir visitas.
Hoy, la Casa de Frías es un montón de ruinas. Parte del techo se ha derrumbado, alguna pared lateral también. La maleza crece entre los escombros y el acceso es complicado. Pero eso no ha impedido que senderistas, curiosos y amantes de lo paranormal se aventuren hasta ella, buscando desentrañar los secretos que este rincón de Tenerife aún guarda celosamente.
Sus piedras, impregnadas de aquella energía, no han olvidado lo que ocurrió entre sus muros. Y quizá, quienes se acercan hoy a visitarla, tampoco lo olviden.
Si alguna vez te pierdes entre los pinos de la comarca, quizá puedas oír el golpe de una piedra al caer o el murmullo de una presencia que aún no ha decidido irse.
Derruida pero orgullosa, recordándonos que hay lugares donde la realidad se desdibuja y el pasado nunca termina de pasar.

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