LA CASA DEL NIÑO:
Paseo de San José, en la zona del barrio de Zárate en las Palmas de Gran Canaria.
Las palmeras se mecen con la brisa, los vecinos pasean a sus perros, y los coches circulan sin prisa. Pero en medio de esa calma, hay un edificio que se alza como una herida abierta en la memoria de la ciudad.
Es la Casa del Niño, un antiguo orfanato que fue donado por el Conde de Vega Grande y diseñado por Miguel Martín Fernández de la Torre, el mismo arquitecto de edificios emblemáticos de la ciudad. Se construyó con un propósito aparentemente noble: "Auxilio Social" para los huérfanos de la Guerra Civil. Las obras comenzaron en 1938 y se inauguró en 1944.
Pero tras esa fachada de ladrillo visto, tras esos ventanales tapiados, se esconde una historia de horror que pocos se atreven a recordar. Un lugar donde los niños no solo perdieron a sus padres, sino también la infancia, la dignidad y, en demasiados casos, la vida.
El Edificio que la Administración Olvidó
Declarado Bien de Interés Cultural en 2017, el edificio se deteriora sin que las administraciones se pongan de acuerdo sobre su futuro. Cerró sus puertas en 1991, porque no reunía las condiciones adecuadas. Las inundaciones continuas lo hacían inhabitable. Pero la pudrición de la Casa del Niño no era solo física. Era moral. Era espiritual. Era el mal encarnado en sotanas y uniformes.
Todos le tenían miedo. Don José Martel, el párroco de la Ermita de San José, daba clases de catequesis, de formación espiritual. Pero su método era el terror. Una vez, le despegó la oreja a un niño al levantarlo en peso por ella. Se subía la sotana y pegaba puñetazos y patadas a los niños como si fueran soldados. Por la noche, los pequeños se metían en los camastros y no se levantaban ni para ir al baño. Porque se oían siempre ruidos. Llantos. Quejas. Gritos. Gemidos. Daba mucho miedo estar allí.
En medio de aquella oscuridad, había una excepción. Sor Amparo, una monja de unos 55 años, era la única que tenía algo de humanidad. Protegía a los niños de las palizas y de las borracheras de los curas, que venían de noche a escoger a los niños de los que iban a abusar. Ella estaba mal vista por el clero. Le habían puesto la etiqueta de "comunista". Simplemente por no permitir los abusos sexuales, las palizas, la venta de niños huérfanos.
Los niños la veían y se le abrazaban. Buscaban su protección ante el maltrato, la tortura física y psicológica, las brutales palizas con varas que daba Don José Martel. Aquel sádico cura.
Las Ventas de los Domingos
Los fines de semana, coches de lujo llegaban al orfanato. La madre superiora, junto al cura, tenía a los niños más guapos preparados. Normalmente, las familias pudientes adoptantes exigían que fueran rubios, con los ojos azules o verdes a ser posible. Se movía mucho dinero. La monja jefa y el sacerdote se repartían las ganancias.
Venían parejas de toda Canarias, pero también de la península, que llegaban en barco desde Cádiz. Normalmente eran personajes vinculados al régimen: jefes falangistas, mandos de la Guardia Civil y el ejército. Todos con las manos manchadas de sangre de miles de crímenes de estado antes y después de la Guerra Civil.
Aquellos señores recorrían la fila y no decían nada. Solo tocaban el hombro de los niños que iban eligiendo. Hacían una primera selección y los pasaban a una habitación más pequeña, donde ya tomaban la decisión final.
Sor Amparo andaba siempre angustiada esos domingos. Trataba de consolar a los niños. No aguantaba tremenda injusticia de una Iglesia a la que pertenecía.
La Noche que Mataron a Sor Amparo
Una noche de julio de 1939, apareció muerta en su cama. Nadie supo de qué había fallecido. No estaba enferma. Solo que esa noche hubo fiesta de curas y falangistas con un grupo de niños, los más mayores, de los que abusaban de forma periódica. Ella se presentó y los insultó. Les dijo que estaban humillando la palabra de Dios, que eran bestias inmundas.
Al día siguiente, Amparo ya no estaba. Se llevaron rápido su cadáver. Nadie supo dónde la enterraron. Se cree que en el cementerio de Vegueta. No avisaron a sus familiares, que se enteraron años más tarde de la muerte de aquella buena mujer.
El vigilante y los perros
El vigilante y los perros
Pablo Ruiz fue vigilante de seguridad en la Casa del Niño. Recuerda los sucesos que presenció mientras recorría sus pasillos. Movimientos. Sombras. Siluetas negras que pasaban de un lado para otro. Los de seguridad empezaron a trabajar con perros para que revisaran el lugar. Pero los perros se sentían temerosos, nerviosos, al llegar a ciertas zonas: la cocina, el pasillo de la parte trasera de los vestuarios. Como si vieran algo delante de ellos que los dejaba inmóviles.
Una de las apariciones más recurrentes es la de una mujer delgada, de pelo oscuro y camisón blanco. Sube a la azotea de la torre y se precipita al tejado de la iglesia que hay debajo. Algunos creen que es el espíritu de Sor Amparo, que sigue buscando la paz que le negaron. Otros piensan que es una de las madres que vinieron a buscar a sus hijos y que, al no encontrarlos, decidió acabar con su vida.
Cada noche, a las tres de la madrugada, un llanto estremecedor surgía de una de las habitaciones, la número 8. Se extendía por todos los pasillos. Era el sonido de niños pequeños, como pidiendo ayuda. No era un eco. No era el viento. Era el llanto desgarrador de aquellos que sufrieron y murieron entre esas paredes.
El personal de seguridad llegó a pedir el traslado e incluso bajas médicas. Algunos estuvieron en manos de psicólogos durante cuatro o cinco meses.
Quienes han visitado la Casa del Niño en años recientes cuentan que lo peor es subir a la torre. "Parecía que teníamos 50 kilos de peso sobre la espalda", explica uno de ellos. "Sin oxígeno, y con la sensación de estar siendo seguidos por más gente". Una cosa que les llamó la atención: el edificio está totalmente abierto, no tiene ventanas, pero no corre absolutamente nada de aire. No hay corriente. Como si el aire mismo se negara a circular por esos pasillos.
Visiones, presuntas psicofonías —sonidos inexplicables captados en grabaciones— y sensaciones extrañas han sido documentadas por diferentes medios. Investigadores paranormales y aficionados a lo sobrenatural han visitado el edificio, y todos han salido con algo. Un escalofrío. Una imagen en una fotografía. Un susurro en una grabación que no estaba allí cuando la tomaron.
Hoy, la Casa del Niño se deteriora. Las administraciones no se ponen de acuerdo. El ladrillo se desmorona, la maleza crece, los graffitis cubren sus paredes. Pero los niños que sufrieron allí, los que fueron vendidos, los que fueron abusados, los que murieron, no necesitan que el edificio esté en pie para recordarnos lo que pasó. Ellos mismos se encargan de hacerlo.
Si alguna vez te acercas, si te atreves a cruzar sus muros, no digas que no te avisaron. Sube a la torre si te atreves. Pero no te quejes si sientes el peso en la espalda. No te sorprendas si oyes pasos detrás de ti. O si escuchas el llanto de un niño.
Ya no hay nada que puedas hacer por ellos. Solo recordar. Solo no olvidar.
Porque en la Casa del Niño, los muertos no descansan. Y los vivos, si se acercan demasiado, pueden oírlos. Y entonces, quizá, también ellos empiecen a llorar.

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