PALACIO DE JUSTICIA DE LAS PALMAS:

Historia y Misterio en el Corazón de Vegueta

palacio de justicia
El histórico barrio de Vegueta, en Las Palmas de Gran Canaria, es un lugar de calles empedradas y rincones con alma. Allí, donde la brisa marina trae ecos de una ciudad vieja de más de cinco siglos, se alza un edificio de líneas severas y apariencia moderna. Es el Palacio de Justicia. Fue construido en 1965, en pleno siglo XX.
Pero no se dejen engañar por su juventud arquitectónica. Porque bajo sus cimientos, bajo sus suelos de terrazo y sus pasillos iluminados con fluorescentes, hay una herida más antigua. Una memoria que se niega a prescribir.

Para llegar al corazón de este misterio, hay que retroceder. Hasta 1664. Fue entonces cuando los agustinos, aquellos frailes de hábito negro, levantaron su convento en este mismo solar. Un claustro de columnas lisas, una iglesia, celdas para la meditación.
Y durante casi dos siglos, aquel fue un lugar de silencio, de oración, de ritos que se repetían con la cadencia de un latido. Hasta que la ley, la de los hombres, los desalojó. La Desamortización de Mendizábal, en 1836, echó a los frailes y sus almas quedaron, de algún modo, sin domicilio conocido.

Pero la historia de este lugar es aún más turbia. El cronista oficial de la isla, Juan José Laforet, documentó que en este mismo suelo existió en el siglo XVI una pequeña ermita. Una capilla construida como desagravio. ¿Por qué? Porque la tierra que pisamos fue antes una mancebía. Un burdel cuyas rentas pagaba el propio cabildo de la ciudad. Los concejales se financiaban con los pecados de la carne para pagar una promesa: el fin de una terrible epidemia. Así que aquí, bajo los pies de los jueces y los abogados, convivieron lo sagrado y lo profano, la sotana y la sábana, la oración y el vicio.

En 1842, un pavoroso incendio arrasó las Casas Consistoriales de la plaza de Santa Ana, donde se alojaban el Ayuntamiento y la Audiencia de Canarias. Hubo que buscar un refugio rápido. Y lo encontraron en el antiguo convento de San Agustín. Desalojaron a los frailes y metieron los expedientes. Así nació la conexión entre el poder judicial y este enclave eclesiástico. Durante décadas, el convento fue sede de la Real Audiencia. Las togas sustituyeron a las túnicas, pero el lugar ya estaba marcado.

En 1959, el viejo convento fue derruido. Escombros. Polvo. Olvido. Sobre sus restos, se levantó el actual Palacio de Justicia, inaugurado en 1965. Pero no demolieron la torre. Esa torre balconada que comparte medianera con la vecina iglesia de San Agustín, que parece un dedo acusador apuntando al cielo, la respetaron. Hoy, la torre pertenece al Ministerio de Justicia. Y es allí, precisamente allí, donde ocurre lo inexplicable.

Una Torre Marcada por lo Inexplicable

Desde hace más de dos décadas, los funcionarios del Palacio de Justicia han aprendido a convivir con el miedo. No lo dicen abiertamente, porque nadie quiere que le tomen por loco. Pero cuando el reloj marca la hora del cierre y las luces se apagan, el edificio cambia. Los pasillos se alargan. El eco se vuelve más denso. Y la torre, esa torre que conecta el juzgado con la iglesia, se convierte en un umbral.

Los vigilantes de seguridad, hombres curtidos en noches de silencio, han documentado numerosos incidentes. No son imaginaciones. Son hechos. Pasos que resuenan en los pisos superiores cuando no hay nadie. Risas lejanas, infantiles, que parecen venir de ninguna parte. Luces que se encienden al paso de una persona… cuando no hay persona. Como si alguien, algo, activara los sensores para anunciar su presencia.

Pero lo más perturbador, lo que hiela la sangre de los que lo escuchan por primera vez, son los cánticos. Voces que entonan melodías religiosas, salmos en latín, surgiendo de la nada en zonas del edificio que están completamente vacías. No es una radio olvidada. No es un altavoz. Es un coro. Un coro de voces graves, masculinas, que parecen venir de las paredes mismas.
Algunos funcionarios, los que llevan décadas en el edificio, aseguran que esos cánticos se intensifican en fechas señaladas, como si los monjes desalojados en 1836 aún celebraran su oficio de difuntos en una capilla que ya no existe.

El cuerpo de vigilancia ha documentado también ruidos de muebles arrastrándose. Mesas que se desplazan, sillas que chirrían contra el suelo, en habitaciones cerradas con llave. Algunos trabajadores aseguran sentir en ciertas habitaciones una presencia que los observa. No la ven, pero la sienten. Un peso en el ambiente, una opresión en el pecho, la certeza de que no están solos. Y las sombras. Sombras que se mueven en las paredes, que cruzan los pasillos sin origen, que se desvanecen cuando alguien se atreve a mirarlas de frente.

¿El Eco de un Convento Perdido?

La teoría más compartida entre quienes han vivido estas experiencias es la que apunta a los antiguos moradores. Los monjes agustinos, que vivieron y murieron en este solar. Ellos serían las almas en pena, atrapadas entre dos mundos por un desalojo que nunca acordaron. Los cánticos religiosos son su seña de identidad. Su manera de recordar a los vivos que ellos, los muertos, siguen en posesión del terreno.

Pero no todos los espíritus son monjes. Algunos investigadores, buceando en los archivos, han encontrado otras posibles víctimas. Porque antes de ser convento, antes de ser ermita, antes de ser burdel, este solar fue cementerio. Y antes de eso, barranco. Y antes de eso, nada. Cada capa de historia ha dejado su poso. Cada muerte, su eco. No es extraño que un lugar con tantas capas de memoria se convierta en un foco de actividad.

Hoy, el Palacio de Justicia sigue en pie. Los jueces dictan sentencias, los abogados discuten, los expedientes se acumulan. La mayoría de los que trabajan allí ya se han acostumbrado a los ruidos, a las sombras, a los cánticos lejanos. Pero los de seguridad, los que pasan la noche, saben que el edificio nunca duerme. Que hay algo que observa desde la torre. Que espera.

Si alguna vez visitas el Palacio de Justicia, si tienes que subir a la torre o recorrer sus pasillos al atardecer, presta atención. No al motivo de tu visita, sino a lo que te rodea. Quizá oigas un murmullo donde no hay nadie. Quizá sientas una corriente de aire frío en un día de calor. Quizá, si la suerte está de tu lado, veas una sombra deslizarse por la pared.

Son ellos. Los monjes. O los que fueron. O lo que quede de ellos. Cumpliendo su condena. Una condena que no figura en ningún expediente. Una condena más larga que cualquier pena que se haya dictado jamás en sus estrados.

Porque en el Palacio de Justicia de Las Palmas, la ley ya no manda. Manda la memoria. Y los ecos de un convento que se empeña en no morir.

Y tú, ¿lograrías distinguir entre el eco de la ley y el eco del más allá?