PRISION OLD ADELAIDE GAOL:

 18 Gaol Road, Thebarton, Australia.

PRISION OLD ADELAIDE GAOL
El río Torrens, en Adelaida, fluye perezoso, llevando consigo sedimentos de dos siglos de historia. Pero a orillas de ese río, se alza un monumento al dolor humano que no cualquier historia puede contener.
Es la Old Adelaide Gaol, una prisión que operó desde 1841 hasta 1988. Casi siglo y medio de reclusos, de castigos, de muerte.
Hoy es un museo, una atracción turística. Los visitantes recorren sus pasillos con audioguías, toman fotos de las celdas, se estremecen con las historias de los guías. Pero cuando el sol se pone y los turistas se van, cuando los tours de fantasmas comienzan, la cárcel se transforma. Porque en la Old Adelaide Gaol, los muertos no descansan. Y los vivos, los que se atreven a pasar la noche entre sus muros, salen con historias que erizan la piel.

Los Cimientos del Horror

La construcción comenzó en diciembre de 1840. Los primeros prisioneros, unos catorce deudores, fueron trasladados a lo que entonces era un patio incompleto. Al año siguiente, la prisión ya estaba en pleno funcionamiento. Y desde el principio, se ganó una reputación aterradora.
Diseñada para albergar a los criminales más endurecidos de Australia, también recibió mujeres y niños. En sus 147 años de historia, más de 300.000 reclusos pasaron por sus celdas. Las condiciones eran brutales. Los castigos, inhumanos. Y la muerte, una vecina constante.

La prisión tenía su propio pozo, a principios de 1900 fue cerrado porque el agua se contaminó por los desechos humanos y su proximidad al río Torrens.
Enfermedades como la viruela, la fiebre tifoidea, la tuberculosis y el tifus arrasaron entre los reclusos y el personal. Los médicos solo visitaban la cárcel dos o tres veces por semana, con equipos de segunda mano y anticuados.
Muchos murieron por enfermedad. Muchos más por sus propias manos. Suicidios, mutilaciones, intentos desesperados de escapar al dolor del trabajo forzado.

En 1965 se anunció que la cárcel sería demolida y todos los trabajos cesarían. En 1969 esta decisión fue revertida y las reclusas de la cárcel fueron trasladadas a una nueva instalación.
A lo largo de la década de 1970 se produjo una considerable modernización de los edificios. En 1971 todas las viviendas del personal fueron desocupadas y demolidas.
Adelaide Gaol fue dado de baja en 1988 y el sitio tomado por el Departamento de Medio Ambiente y Patrimonio de Australia Meridional.

El primer intento de escapar ocurrió en agosto de 1854 cuando 2 prisioneros 
fueron capturados en el acto, cada uno recibió 36 latigazos. La primera fuga "exitosa" fue en 1897 cuando 3 prisioneros llegaron hasta Blanchetown antes de ser recapturados.

El Primer Ahorcamiento  

El primer ahorcamiento público ocurrió en noviembre de 1840, antes incluso de que la prisión estuviera terminada. Joseph Stagg, acusado de matar a un convicto fugado y ladrón de ganado llamado John Gofton, fue condenado a muerte. En la horca, Stagg mantuvo su inocencia. Dijo que la persona responsable estaba frente a él, entre la multitud, pero nunca pronunció su nombre. Diez años después, el oficial de policía que lo arrestó, John Benedict Lomasconfesó el asesinato mientras estaba en Inglaterra. Demasiado tarde para Stagg. Demasiado tarde para la justicia.

Los ahorcamientos públicos atrajeron a miles de espectadores. La multitud se comportó tan mal que el gobierno aprobó una ley para que las ejecuciones fueran un asunto privado, dentro de los muros de la prisión.

La Torre Colgante

De 1861 a 1883, trece prisioneros fueron ejecutados en una horca portátil. Pero montarla y desmontarla costaba dinero, así que en 1894 se construyó una horca permanente en un nuevo edificio. Allí ejecutaron a veintiún reclusos. Cuando la prisión se saturó, la horca se trasladó a la segunda torre de los guardias, un lugar que hoy se conoce como la "Torre Colgante", era 1950.
Allí se realizaron las últimas cuatro ejecuciones antes de que la pena capital fuera abolida en 1976. En total, desde 1840 hasta 1964, cuarenta y cinco de las sesenta y seis personas ejecutadas en Australia del Sur fueron ahorcadas en el Adelaide Gaol.
Sus cuerpos fueron enterrados en tumbas sin nombre, en alguno de los dos cementerios que hay en los terrenos de la prisión.

El más joven, William Ridgway, tenía diecinueve años. Fue ahorcado el 1 de enero de 1874 por el asesinato de un hombre de cuarenta y uno, al que había robado un cheque y escondido su cadáver en unos arbustos.
Elizabeth Woolcock fue la única mujer ejecutada allí, en 1873.
Y la última persona en morir en la horca fue Glen Sabre Valance, en 1964, condenado por disparar con un rifle a su antiguo jefe, 
Richard David Strang de 37 años, mientras dormía con su esposa, a la que luego violó junto al cadáver de su esposo.

Los Fantasmas de la Prisión

Alison Oborn es investigadora paranormal y lleva años estudiando el Adelaide Gaol. Para ella, no hay duda: la cárcel está embrujada. Las pruebas son abrumadoras.

Videos de una pesada puerta de acero que se abre y se cierra sola. Luces parpadeando dentro de celdas que no tienen electricidad. Ruidos de bolas de billar que se juegan en la oscuridad de la noche. Y pasos. Siempre pasos.

"Estábamos en el 'nuevo' edificio", cuenta Alison. "Hay una antigua escalera de metal. Me paro a contar la historia sobre la aparición de un guardia que se ve aquí, y mientras hablo, comienzan los pasos en la parte superior. Escuchamos el clic del talón, el chirrido de las botas de cuero. Llegan a la parte superior de las escaleras y empiezan a bajar. Notamos una brisa estática que nos pone a todos los pelos de punta". 

Se habla de apariciones de cuerpo completo, figuras oscuras entre las sombras. Voces y sonidos de tiempos pasados capturados en equipos de grabación. Toque físico a veces suave... a veces no tanto.  
Se han grabado diversas psicofonías, en una puede oírse,  Sargento Murphy, y en otra se escucha ¡tengo tanto frío!

Elizabeth Woolcock, la Mujer del Vestido Blanco

La aparición más famosa es la de una mujer con vestido blanco. Se cree que es 
Elizabeth Lillian WoolcockEl 30 de diciembre de 1873, fue la primera y última mujer ejecutada en Australia. 

Elizabeth Lillian WoolcockTenía veinticinco años cuando la ahorcaron, acusada de envenenar a su marido con mercurio. Las pruebas eran endebles, pero el jurado la declaró culpable.
Su vida había sido una tragedia: su madre la abandonó a los cuatro años, su casa fue arrasada por una inundación, a los siete fue violada por un minero y dada por muerta.
Después de la muerte de su padre se fue a vivir con su madre, allí se casó con Thomas Woolcock a la edad de 20 años, después de haber estado trabajando para él como niñera y ama de llaves. Rápidamente se hizo evidente que su marido era un alcohólico violento, y Elizabeth trató de dejarlo varias veces.
Después de un intento fallido de suicidio, desarrolló una adicción a la morfina y cuando su esposo murió repentinamente, comenzaron a surgir rumores de que ella lo había envenenado.  

En el juicio, se presentaron pruebas médicas condenatorias para demostrar cómo Elizabeth podría haber envenenado a su esposo durante un período de tiempo. El tribunal también escuchó testimonios de la gente del pueblo sobre los síntomas de la enfermedad que mató a Thomas, y la reputación de Elizabeth por su comportamiento rebelde y su desafortunado matrimonio.

El jurado tardó menos de media hora en declararla culpable, pero recomendó clemencia debido a su juventud. La recomendación fue ignorada y fue ahorcada. . Su tumba se encuentra entre los muros interior y exterior de la cárcel. Los visitantes aún dejan flores como tributo a su presunta inocencia.

Su fantasma, vestido con el mismo camisón blanco que llevó el día de su ejecución, aparece en el patio 3. Un grupo escolar que pasó la noche en la prisión preguntó a una voluntaria dónde había ido a parar el maniquí con el vestido blanco. La voluntaria explicó que no había ningún maniquí en el patio. Los estudiantes insistieron: había una figura de una señora vestida de blanco, bajo el arco del bloque de celdas. No se movió. No los miró. Por eso asumieron que era un maniquí. Pero no lo era.

Frederick Carr y el Misterio de los Maridos Muertos

Frederick 'Fred' Carr fue ahorcado el 12 de noviembre de 1929, acusado de asesinar a su esposa, Maud Harriet.
Siempre protestó su inocencia, incluso hasta los últimos momentos antes de su muerte. La defensa alegó que Maud se había suicidado.
La encontraron con la garganta cortada, tendida en la cama, con una navaja de afeitar manchada de sangre en el suelo. Pero lo curioso, lo que los investigadores notaron después, es que los dos maridos anteriores de Maud también habían muerto de heridas en el cuello. ¿Casualidad? ¿Maldición? ¿Algo más?

Fred se aparece regularmente cerca de las escaleras que conducen a las celdas superiores del Nuevo Edificio. Viste ropa oscura y parece tener un interés especial en los visitantes que deambulan por lo que fue su 'hogar'. No ataca. No grita. Solo observa. Como si aún esperara que alguien creyera su versión.

William Baker Ashton, el Gobernador Atrapado

William Baker Ashton fue el primer gobernador de la prisión. Vivió con su esposa Charlotte y sus tres hijos en el piso superior, encima de la puerta principal. Charlotte fue matrona de las prisioneras. La cárcel, en aquella época, era conocida en la ciudad como el "Ashton's Hotel".

William Baker Ashton

William era un hombre grande, corpulento. Cuando murió en 1854, su cuerpo no pudo ser bajado por la escalera empinada y estrecha. Tuvieron que sacarlo por la ventana delantera, sin contemplaciones, como si fuera un bulto más.
Tres meses después, fue exonerado de unos cargos que pesaban sobre él, 
que a pesar de ser un hombre razonablemente justo, fue acusado de hacer el mal. 
Demasiado tarde para pacificar un espíritu perturbado.

Hoy, sus pasos se escuchan en las noches. A través de las paredes de piedra sólida, se oye cómo lucha por mover muebles en una habitación vacía. Como si aún estuviera tratando de ordenar su casa, o de encontrar una salida que ya no existe.

La directora de la prisión contó una historia sobre su perro, un cocker spaniel. Un día, el perro comenzó a gruñir y corrió hacia las viejas escaleras que conducían a las habitaciones del gobernador. La directora lo siguió, temiendo que atacara a un intruso. El perro entró en la habitación y se detuvo. De repente, saltó emocionado ante algo que no se veía. Luego se revolcó sobre su espalda, moviendo la cola, como si esperara un cosquilleo en la barriga. La directora no vio a nadie. Pero William Ashton era un amante de los perros. Quizá el animal lo reconoció.

Ben Ellis, el Verdugo Atormentado

Ben Ellis fue el verdugo de la prisión durante diez años, desde mediados de 1860 hasta mediados de 1870. Vivió en un pequeño apartamento debajo de lo que luego fue el dormitorio femenino.
Ben se enorgullecía de su trabajo. Las ejecuciones se llevaban a cabo con precisión, excepto una.

El caso de Charles Streitman, en 1877, sentenciado por el asesinato de un alguacil al que apuñaló con un cuchillo. En su prisa por hacer el trabajo, Ben olvidó asegurar los tobillos y los pies del hombre. Cuando la trampilla se abrió, las piernas golpearon el borde y logró subir de nuevo a la plataforma.
Uno de los trece testigos presentes tuvo que empujar sus piernas hacia abajo hasta que finalmente cayó y se colgó. Tardó veintitrés minutos en morir.

Pero lo que realmente quebró a Ben fue el ahorcamiento de Elizabeth Woolcock. Él, que hasta entonces veía su trabajo como un deber, se derrumbó. Dicen que Elizabeth le dijo: "Mi vida estaba destinada a ser miserable, no quiero que la tuya lo sea en mi nombre".   

Ben, quien es descrito como un hombre feo con una gran nariz bulbosa, se dice que aún deambula por los muros de la cárcel, buscando el perdón por un trabajo demasiado bien hecho, o quizá buscando su próxima ejecución.

Grace Williams, la Madre que no Pudo Ver a sus Hijos

No solo los ahorcados pueblan la prisión. Hubo numerosas muertes por enfermedad, por causas naturales, por violencia entre reclusos. Más de trescientas personas murieron en el Adelaide Gaol.

Una de ellas fue Grace Williams, el 10 de enero de 1861. Grace se había derrumbado después de la muerte de su esposo y fue arrestada como lunática. En la comisaría, intentó quitarse la vida bebiendo agua hirviendo. Solo consiguió ampollas en la boca, la garganta y la nariz.

La enviaron a Adelaida en un estado debilitado. Un policía, preocupado, trató de llevarla al Asilo, donde sabía que la tratarían. Pero la rechazaron: el papeleo decía que debía ir a la cárcel. La pusieron en una celda sin tratamiento. Murió durante la noche. Nunca pudo volver a ver a sus hijos, que había sido su mayor deseo.

Hoy, la Old Adelaide Gaol es un museo. Los turistas recorren sus celdas, tocan las esposas, leen los nombres de los ejecutados. Los tours de fantasmas operan por la noche, y los valientes pagan por pasar unas horas entre sus muros. Pero los fenómenos no necesitan público. Ocurren igual.

Si alguna vez visitas Adelaida, si te atreves a cruzar el umbral de la Old Adelaide Gaol, no lo hagas solo. Y si oyes pasos detrás de ti, no mires atrás. Porque puede que no haya nadie. O puede que haya alguien que lleva esperando más de un siglo.

Y el tiempo, en la cárcel, no pasa igual. Se acumula. Se pudre. Se convierte en eco.

Los muertos del Adelaide Gaol siguen cumpliendo condena. Y los vivos, los que se acercan demasiado, pueden oírlos. Y entonces, quizá, también ellos sientan ese frío que no es del invierno. Esa presencia que no es de este mundo. Ese "tengo tanto frío" que una psicofonía captó en una celda vacía.

Porque en la Old Adelaide Gaol, la muerte no es el final. Es solo el principio de una condena eterna. Sin indulto. Sin libertad condicional. Y sin esperanza.