MANSION GOOLOOWAN HOUSE:

 43 Quarry Street, Ipswich, Queensland, Australia.

Las colinas de Ipswich, en Queensland, son verdes y onduladas, como un sueño de la campiña inglesa transportado al corazón de Australia. En lo alto de una de esas colinas, en el número 43 de Quarry Street, se alza una mansión que parece desafiar al tiempo.
Es Gooloowan House. Un nombre que en la lengua indígena local significa "casa en la colina". La construyó el arquitecto Charles Balding en 1864 para Benjamín Cribb y su segunda esposa, Clarissa. Una casa señorial, de techos altos y jardines cuidados. Pero no se dejen engañar por su apariencia de postal. Porque en Gooloowan House, bajo la superficie de la respetabilidad victoriana, hay un pozo. Y en ese pozo, el eco de un crimen que aún resuena.

La Familia Cribb y la Muerte en la Puerta

Benjamín Cribb
Benjamín Cribb nació en Dorsetshire, Inglaterra en el año 1807. Llegó a Moreton Bay con su primera esposa Elizabeth en 1849. Cuando su esposa murió el 4 de marzo de 1852, se mudó a Brisbane con sus 3 hijos. Al año siguiente, se casó con Clarissa Kendal Foote y su hermano, John Clarke Foote, resultó ser su nuevo socio comercial en el año 1855.

El 11 de marzo de 1874,  habiendo regresado recientemente de un viaje a Melbourne después de un ataque de mala salud, Benjamin caminó los doscientos metros desde  su casa hasta la cercana Iglesia para sentarse en el servicio del miércoles por la noche.  Sin embargo, durante el segundo himno del servicio, Benjamín dejó su libro de himnos y se sentó, pareciendo sentir algo de dolor. La cabeza se inclinó hacia atrás en el banco y los que lo rodeaban saltaron de pánico. Inmediatamente fue llevado a la sacristía de la Iglesia, donde el Doctor Rowlands lo atendió y se tomó la decisión de transportarlo a su casa en camilla. Al pasar por la puerta de Gooloowan, Benjamin Cribb exhaló su último aliento y fue declarado muerto dentro de la casa. Su muerte se atribuyó a una apoplejía cerebral. 

Clarissa Cribb falleció también en la casa después de haber estado confinada durante más de un año debido a su delicada salud. Su hijo, Thomas Bridson Cribb murió en septiembre de 1913, pero no lo hiso en la casa, en cambio su mujer Marion si fallece en la casa en diciembre de 1932, a los 78 años.  A su muerte, la propiedad fue transferida a su hija Vera y a su yerno James Ernest Walker, a su muerte en 1939 pasó a manos de su esposa, quien continuó viviendo en la casa con su hermana Estelle Cribb que también falleció en la casa en 1949.

En 1983, la casa fue vendida a un médico local después de haber estado en la familia  durante más de 120 años. Y a mediados de 1990 fue vendida al gobierno como sitio histórico. Hoy, es un lugar de visita para los amantes de la arquitectura y la historia. Pero los que trabajan allí, saben que la historia que cuentan los carteles no es la única.

El Pozo y el Bebé Flotando

Durante muchas décadas, una historia paranormal ha persistido por encima de todas las demás. 
El 2 de agosto de 1889 ocurrió un terrible suceso. Alrededor de las 10 de la mañana, James Dodds, que trabajaba como mozo de cuadra y cochero en la casa, se acercó al pozo ubicado en la parte trasera,  al levantar la tapa del pozo, se tambaleó al ver un pequeño cuerpo flotando.
La Policía  asistió al pozo y retiró el cuerpo.

Inmediatamente se llevó a cabo un registro de las habitaciones del personal,  y una joven criada llamada Rose Dold fue arrestada y acusada de asesinato intencional. Al ser interrogada, admitió que el bebé había nacido en realidad el 25 de julio, una semana antes de que se descubriera el cuerpo en el pozo.
En la audiencia del Tribunal, según el examen del cuerpo, el bebé había nacido vivo. Sin embargo, la defensa de Rose, argumentó que no existían pruebas claras que demostraran definitivamente que el bebé había nacido vivo, así que no podía ser acusada de asesinato intencional y, por lo tanto, solo debería enfrentar un cargo por ocultar el nacimiento del niño.

Se dieron muchos testimonios a lo largo del juicio, y todos proporcionaron pruebas que afirmaban que Rose era de excelente carácter. Había estado al servicio de los Cribb durante cinco meses, y había sido una trabajadora concienzuda y cumplidora. 
La sentencia fue leve: nueve meses de cárcel con trabajos forzados. El bebé, cuyo nombre nunca se supo, fue enterrado en una tumba sin nombre. El pozo, sellado. Pero el alma del pequeño, según los que lo han oído, no fue sellada con él. 

El Llanto desde el Pozo

Después de aquel incidente, los vecinos comenzaron a escuchar cosas. Voces que no tenían origen. Lamentos que surgían de la nada. Pero sobre todo, el llanto de un bebé. Un llanto débil, desgarrador.

MANSION GOOLOOWAN HOUSELos visitantes, los que recorren los jardines de Gooloowan, han reportado a lo largo de las décadas la visión de un espectro femenino.
Viste ropas de sirvienta, de las que usaban las criadas a finales del siglo XIX. No habla. No amenaza. Solo deambula. Como si buscara algo que perdió. O como si estuviera cumpliendo una condena que nunca termina.

Pero el fantasma de la criada no es lo único que se siente en Gooloowan House. La gente, los trabajadores, los visitantes sensibles, coinciden en algo: hay una presencia. Como si alguien estuviera vigilando cada uno de sus movimientos. No es una sensación agradable. Es una opresión en el pecho, un escalofrío en la nuca, la certeza de que no están solos.

Los más supersticiosos, creen que es la propia casa, la colina sobre la que se asienta, que guarda la memoria de todas las muertes que ocurrieron entre sus muros.

Hoy, Gooloowan House es un sitio histórico protegido. Los turistas recorren sus salas, admiran la arquitectura, leen los paneles que explican la vida de la familia Cribb. La mayoría no sabe nada del pozo, ni del bebé, ni de Rose Dold.  

La gente siente la presencia del mal. No un mal activo, no un demonio que ataque, sino una tristeza tan profunda que se vuelve opresiva. Como si la casa hubiera absorbido el dolor de aquel pequeño cuerpo flotando en el agua oscura. Como si cada piedra, cada árbol, cada rincón del jardín, recordara lo que ocurrió.

Si alguna vez cruzas el umbral de Gooloowan House, no te acerques al pozo. Y si oyes un llanto, no bajes la vista. Sigue caminando. Y reza por que la madre invisible que vaga por los jardines no decida que tú puedes ser su próximo consuelo.

Porque el pasado no es historia. Es un eco. Y los ecos, a veces, se convierten en sombras. Y las sombras, a veces, te siguen a casa.