HOTEL RURAL FINCA LA RAYA:
Calle la Raya 25, Güimar, Tenerife.
El valle de Güímar, en el sureste de Tenerife, es un lugar de plataneras y caseríos blancos, de brisa constante y sol generoso.
Pero en la calle La Raya número 25, entre muros de piedra y jardines que antaño fueron huertos, se alza una edificación que lleva más de cinco siglos mirando al horizonte.
Es la Finca La Raya, también conocida como la Casa de Vargas. Hoy es un hotel rural, un lugar de descanso para viajeros que buscan la paz del campo. Pero los que conocen su historia, los que han dormido entre sus paredes, saben que la paz, en este lugar, es un espejismo. Porque la Finca La Raya acumula décadas de fenómenos inexplicables. Tantas que los vecinos de Güímar la llaman, en voz baja, la "casa del miedo". Y no es para menos.
Los Cimientos de una Leyenda
El edificio se levantó en el siglo XVI. Su fundador fue el Licenciado Don Francisco de Vargas y Vargas Mexía, un hombre de leyes y de tierras. A lo largo de los siglos, la casa fue creciendo, reformándose, adaptándose a los gustos de cada época. Su estilo actual, sin embargo, es del siglo XIX.
Fue entonces cuando la propiedad pasó a manos de la prestigiosa familia Baulén, emparentada con las más nobles estirpes de la isla. Ellos decidieron convertir la vieja casona en un hotel. No para turistas, sino para enfermos. Especialmente para aquellos que sufrían dolencias pulmonares, que buscaban en el aire de Güímar un alivio para sus males.
Pero algo, desde el principio, parecía oponerse a ese propósito.
La Restauración de los Sustos
Carmelina Rosa, heredera de la finca, y su esposo Francisco Toledo, vivieron años atrás una experiencia que aún hoy no saben explicar. Fue en la víspera de la noche de Difuntos. La noche en que los muertos, según la tradición, caminan entre los vivos.
"Ya durante la restauración, los problemas fueron constantes e inexplicables", recuerda Carmelina. "Como si algo nos intentara alejar del lugar". Estando en la cocina, una ventana se cerró de golpe. Al comprobarla, vio que el cerrojo estaba echado por dentro. No había corriente de aire. No había nadie. Pero el pestillo se había movido solo.
El azúcar y la sal se cayeron al suelo desde la despensa. Varios calderos rodaron sin explicación. Y arriba, en el piso superior, se escuchaban pasos acelerados. Carmelina subió a comprobar. No había nadie. Pero los pasos, esos, siguieron sonando.
La Leyenda de la Joven Despechada
Muchos inquilinos, a lo largo de los años, han sentido esos mismos pasos. Suenan en la galería acristalada, ese pasillo largo que conecta las habitaciones. Y no es casualidad. Porque cuenta la leyenda que aquella galería, antaño, fue una balconada abierta al jardín. Y que desde allí, una joven despechada se arrojó al vacío. Cayó sobre el estanque de abajo. Su cuerpo flotó en el agua, vestido con un camisón blanco, mientras la noche se cerraba sobre Güímar.
La historia se repite con variantes. Francisco, el esposo de Carmelina, cuenta otra versión: la de una pianista que se alojaba en el hotel a principios del siglo XX, cuando aún se atendía a enfermos pulmonares. La joven músico se enamoró del propietario de la casa. Él no la correspondió. Ella, desesperada, se arrojó por una de las ventanas del pasillo. La misma ventana, quizá, que ahora es una galería acristalada. El mismo vacío, la misma muerte.
Las Obras y los Obreros
Durante años, la casa estuvo en estado de semiabandono. Cuando comenzaron las tareas de restauración, los obreros no tardaron en darse cuenta de que no estaban solos. Ruidos de procedencia incierta. Puertas y ventanas que se abrían y cerraban de forma espontánea. Sombras que se movían al final del pasillo. Extrañas sensaciones, como si alguien los observara desde los rincones. Los trabajadores, hombres acostumbrados al esfuerzo físico, no al miedo, pedían el traslado o se negaban a volver.
Una vez convertido en hotel, los fenómenos no cesaron. Al contrario, se hicieron más personales. Hay una habitación, en particular, que destaca sobre las demás. En ella, según los huéspedes, se aparece una mujer. Se sienta en un lado de la cama mientras el inquilino duerme. No se mueve, no habla. Solo mira. Con una tristeza que congela la sangre.
Una pareja de origen belga fue la última en vivirlo. Despertaron en mitad de la noche y la vieron. Sentada a los pies de la cama, vestida con un camisón blanco, la mirada perdida. No hicieron ningún ruido. No se atrevieron. Cuando amaneció, ella ya no estaba.
Durante una inspección paranormal, una sensitiva pudo percibir "algo" en esa misma estancia. Según ella, vio a una mujer de unos treinta años, pelo largo y castaño oscuro, que vestía un camisón blanco-azulado. La vio sentada en el borde de la cama. Su rostro expresaba una gran tristeza. Como si aún esperara algo. O a alguien.
El Miedo que no se Nombra
Carmelina habla de su padre. Era un hombre que no le tenía miedo a nada. Un hombre duro, de los que se criaron en el campo y no temen a la noche. Sin embargo, cierto día, ella se lo encontró en estado de shock. "Había visto algo raro en la casa", cuenta. "Pero no sabía, o no quiso decir, el qué". Un hombre fuerte como su padre se desmoronó ante algo que vio y no supo explicar. Algo que le robó las palabras y le dejó solo el temblor en las manos.
Otra historia circula entre los vecinos de Güímar. Cuenta que una mujer estuvo encerrada en la última planta de este lugar durante mucho tiempo. Su marido la mantenía prisionera. Nadie sabe por qué. Nadie sabe cuánto tiempo. Cierto día, ella logró salir. Tuvo la mala fortuna de que cayó accidentalmente por la escalera. O quizá no fue accidental. Quizá, después de tanto encierro, la muerte fue la única libertad que encontró.
El equipo de investigación Clave Siete de Tenerife, especializado en fenómenos paranormales, se adentró en la Finca La Raya para sacar a la luz lo que era un secreto a voces. Colocaron cámaras, grabaron psicofonías, realizaron mediciones de campos electromagnéticos. Los resultados fueron escalofriantes. Voces que no deberían estar ahí, pasos en habitaciones vacías, sombras que se movían sin fuente de luz. La casa, confirmaron, es un hervidero de actividad. Y la mujer del camisón blanco, la más activa de todas.
Hoy, el Hotel Rural Finca La Raya sigue abierto. Los viajeros llegan, se maravillan con los jardines, descansan en las habitaciones. La mayoría no sabe nada de las historias.
Porque en la Finca La Raya, el miedo no es para contarlo. Es para vivirlo. Y si alguna vez te hospedas allí, quizá tú también lo vivas.
Y entonces entenderás por qué los vecinos de Güímar la llaman la casa del miedo. Y por qué, después de cinco siglos, nadie ha logrado echar a la mujer del camisón blanco de su habitación.
Ella llegó antes que todos. Y ella se quedará después de que todos se hayan ido.
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