TEATRO PRINCESS:

163 Spring Street, Melbourne, Victoria, Australia.

teatro Princess
Las luces de Spring Street, en el corazón de Melbourne, titilan con un fulgor amarillento que no logra ahuyentar las sombras.
Entre los edificios victorianos y los rascacielos modernos, se alza un coloso de ladrillo que ha visto más de ciento cincuenta años de historia.
Es el Princess Theatre. Un templo de la ópera, del drama, de la música. Pero también un escenario donde la muerte ha actuado en funciones dobles. Porque aquí, sobre las tablas, un hombre cayó al infierno y nunca regresó. Y aquí, entre los telones y los focos, su fantasma encontró un nuevo hogar.

Para entender lo que ocurre en el Princess Theatre, hay que retroceder a 1854, cuando aún era el anfiteatro Astley. George Coppin, el empresario teatral más importante de la Australia colonial, lo amplió y remodeló. En 1857, abrió sus puertas como el Princess Theatre and Opera House. Fue un éxito. Pero el éxito, a veces, es efímero. El teatro cambió de manos casi cada año, se reformó en 1865, decayó poco a poco, y finalmente cerró el 3 de enero de 1885.

Parecía que el telón había caído para siempre. Pero tres de los hombres más influyentes del teatro australiano —JC Williamson, George Musgrove y Arthur Garner— unieron sus fuerzas. Lo reabrieron el 18 de diciembre de 1886. Y dos años después, ocurrió lo inevitable.

La Noche que Mefistófeles no Regresó del Infierno

Era el 3 de marzo de 1888. La ópera Fausto de Gounod llenaba el teatro. En el papel de Mefistófeles, el diablo, actuaba un cantante de ópera británico nacido en Florencia, Italia. Se llamaba Anatole Frederick Demidoff Baker, pero el mundo lo conocía como Federici. Tenía 38 años. Era joven, talentoso, popular.

Llegó el acto final. El momento cumbre. Mefistófeles debía descender al infierno, envuelto en humo y llamas, a través de una trampilla en el escenario. Federici descendió. Pero no fue una actuación. En el foso de la trampilla, en la oscuridad, sufrió un ataque al corazón. Lo llevaron de urgencia tras bambalinas, a la sala verde. Intentaron reanimarlo. Murió poco después.

El elenco, informado de su fallecimiento después de que el público ya se hubiera marchado, se negó a creerlo. Todos, absolutamente todos, acababan de verlo en el escenario. Había salido a saludar. Se había inclinado ante el público junto con el resto del elenco. Sonreía. Estaba vivo.

O al menos, eso creyeron.

Federici fue enterrado el lunes 6 de marzo en el Cementerio General de Melbourne. Nadie sabía cómo explicar lo que había ocurrido. Pero pronto, empezaron a verlo. En el escenario. En los camerinos. En los pasillos. Se sentaba en la butaca de un actor ausente. Recorría las tablas como si aún estuviera ensayando. Y siempre, siempre, con el mismo frac oscuro que había llevado la noche de su muerte.

Desde entonces, en el Princess Theatre se ha instaurado una tradición única. Cada noche de apertura, se deja un asiento vacío para Federici. Porque su fantasma, aseguran los que trabajan allí, no solo no es maléfico, sino que trae buena suerte. Las funciones tienen más éxito cuando él está presente. Los actores que lo han visto se sienten protegidos. Y nadie, absolutamente nadie, quiere que se vaya.

Algunos lo han visto sentado en el camerino, frente al espejo, como si aún se estuviera maquillando para una función que ya no existe. Otros lo han divisado en el escenario, de pie, inmóvil, mirando al patio de butacas vacío. Hay quienes han experimentado luces que se encienden y apagan sin explicación, o una presencia invisible que los roza al pasar por los pasillos.

Pero la aparición más aterradora la protagonizó un bombero. Sonó la alarma de incendio. Una falsa alarma, como tantas. El bombero, para ventilar el teatro, intentó abrir una sección corrediza del techo. Luego, sus compañeros lo encontraron acurrucado en un rincón, temblando. Había visto una figura de pie, en el centro del escenario. Como una estatua. Y podía ver a través de él. No era un hombre de carne y hueso. Era una silueta translúcida. Y sus ojos, dijo, eran como los de un gato. Brillaban en la penumbra. Lo miraban fijamente. No parpadeaban.

De 1942 a 1947, Garnet H. Carroll lo dirigió exclusivamente como cine, debido a las escaseces de la Segunda Guerra Mundial.

A principios de la década de 1970, mientras se hacía un documental, se tomaron fotografías, la imagen reveló una figura transparente de aspecto gris. Muchos de los que trabajaban en el Teatro tenían algún tipo de experiencia que contar, todo el mundo acepta que haya un fantasma y no quieren que se vaya. 

En la década de 1980 el teatro había vuelto a caer en mal estado y ya no podía presentar espectáculos modernos. El 9 de diciembre de 1989, el restaurado Teatro reabrió sus puertas y desde entonces, se ha establecido como el hogar del teatro musical en Australia.

Más de cien años de informes de actividad fantasmal incluyen ruidos extraños, una figura sombría cerca del escenario, el personal y el público sintiéndose extraños o incómodos, piel de gallina, cambios bruscos de temperatura en áreas pequeñas, luces extrañas que parpadean durante las actuaciones y la sensación de una persona que pasa rozando.

En 2004, una limpiadora vivió una experiencia que jamás olvidaría. El teatro estaba cerrado. No había nadie. Ella trabajaba sola, como tantas otras noches. De repente, sintió que algo andaba mal. Un escalofrío le recorrió la espalda. Alguien le tocó el pelo. Luego, los hombros. Luego, la espalda. Se quedó paralizada. No había nadie a su alrededor. Ningún ser humano. Solo ella. Y aquella presencia. No se atrevió a moverse. No se atrevió a gritar.  

El Hombre del Frac

En la década de 1960, la actriz June Bronhill actuaba en el teatro. Durante una función, estaba entre bastidores, esperando su entrada. Vio a un hombre. Vestía con frac y sombrero de copa. Supuso que era uno de los otros actores, quizá el que le seguía en el reparto. Le sonrió. Asintió con la cabeza. Él no respondió. No se movió. No parpadeó.

Cuando June volvió a mirar, el hombre había desaparecido. Más tarde, describió su atuendo a uno de sus compañeros. El actor palideció. "Ese no es un actor", le dijo. "Ese es Federici. El fantasma".

La Dama de Gris

Federici no es el único espíritu que habita el Princess Theatre. También está ella. La llaman la Dama de Gris. Una mujer vestida con un largo y vaporoso vestido gris, que deambula por la platea del teatro. Según la leyenda, era una actriz que falleció en el teatro a principios del siglo XX. Nadie recuerda su nombre. Pero todos reconocen su silueta.

Uno de los avistamientos más famosos ocurrió en la década de 1920, cuando un grupo de obreros reparaba el teatro. Uno de ellos afirmó haber visto pasar junto a él la figura fantasmal de una mujer con un vestido gris. No había nadie más en el edificio. La mujer le sonrió, y luego se desvaneció. Cuando describió su vestimenta a los demás obreros, todos quedaron en silencio. Era la Dama de Gris. La actriz muerta. Ella seguía allí.

Más de cien años de informes de actividad fantasmal respaldan lo que los actores y el personal del Princess Theatre saben desde siempre. Ruidos extraños que no tienen origen. Una figura sombría que se recorta cerca del escenario cuando no hay nadie. El público que siente escalofríos en áreas concretas del teatro, como si una corriente helada los atravesara. Cambios bruscos de temperatura: un cliente que jura que su mano rozó un brazo congelado al apoyarse en el respaldo de una butaca. Luces que parpadean durante las actuaciones sin causa eléctrica aparente. Y la sensación, tan frecuente, de que alguien que no se ve acaba de pasar a tu lado, rozándote el hombro.

Hoy, el Princess Theatre sigue en pie. Es el hogar del teatro musical en Australia. Y en algún lugar, en la penumbra del gallinero o tras bambalinas, Federici observa. Con su frac impecable y su chistera. Esperando su momento.

Si alguna vez asistes a una función, no te sientes en la silla que lleva su nombre. Está reservada. Para él. Y si durante el intermedio sientes un frío inexplicable, si notas que alguien te roza el hombro y no hay nadie cerca, sonríe. No es un fantasma hostil. Es solo Federici, asegurándose de que todo vaya bien.

O quizá es la Dama de Gris, recordando los días en que ella era la estrella.

Los teatros tienen algo especial. Guardan las voces, las risas, los aplausos. Y también guardan las penas, las muertes, los suspiros. El Princess Theatre es un monumento a la memoria. Y los fantasmas, esos, son parte del reparto. No hay función sin ellos. No hay aplauso que los ahoguen.

Porque en el Princess, el telón nunca termina de caer. Y los muertos, los que se quedaron atrapados entre bambalinas, siguen ensayando. Para una función eterna. Que nadie quiere que termine. Y que, de hecho, nunca termina.