TEATRO PRINCESS:
163 Spring Street, Melbourne, Victoria, Australia.
Las luces de Spring Street, en el corazón de Melbourne, titilan con un fulgor amarillento que no logra ahuyentar las sombras.
Entre los edificios victorianos y los rascacielos modernos, se alza un coloso de ladrillo que ha visto más de ciento cincuenta años de historia.
Es el Princess Theatre. Un templo de la ópera, del drama, de la música. Pero también un escenario donde la muerte ha actuado en funciones dobles. Porque aquí, sobre las tablas, un hombre cayó al infierno y nunca regresó. Y aquí, entre los telones y los focos, su fantasma encontró un nuevo hogar.
De 1942 a 1947, Garnet H. Carroll lo dirigió exclusivamente como cine, debido a las escaseces de la Segunda Guerra Mundial.
A principios de la década de 1970, mientras se hacía un documental, se tomaron fotografías, la imagen reveló una figura transparente de aspecto gris. Muchos de los que trabajaban en el Teatro tenían algún tipo de experiencia que contar, todo el mundo acepta que haya un fantasma y no quieren que se vaya.
En la década de 1980 el teatro había vuelto a caer en mal estado y ya no podía presentar espectáculos modernos. El 9 de diciembre de 1989, el restaurado Teatro reabrió sus puertas y desde entonces, se ha establecido como el hogar del teatro musical en Australia.
Más de cien años de informes de actividad fantasmal incluyen ruidos extraños, una figura sombría cerca del escenario, el personal y el público sintiéndose extraños o incómodos, piel de gallina, cambios bruscos de temperatura en áreas pequeñas, luces extrañas que parpadean durante las actuaciones y la sensación de una persona que pasa rozando.
En 2004, una limpiadora vivió una experiencia que jamás olvidaría. El teatro estaba cerrado. No había nadie. Ella trabajaba sola, como tantas otras noches. De repente, sintió que algo andaba mal. Un escalofrío le recorrió la espalda. Alguien le tocó el pelo. Luego, los hombros. Luego, la espalda. Se quedó paralizada. No había nadie a su alrededor. Ningún ser humano. Solo ella. Y aquella presencia. No se atrevió a moverse. No se atrevió a gritar.
El Hombre del Frac
En la década de 1960, la actriz June Bronhill actuaba en el teatro. Durante una función, estaba entre bastidores, esperando su entrada. Vio a un hombre. Vestía con frac y sombrero de copa. Supuso que era uno de los otros actores, quizá el que le seguía en el reparto. Le sonrió. Asintió con la cabeza. Él no respondió. No se movió. No parpadeó.
Cuando June volvió a mirar, el hombre había desaparecido. Más tarde, describió su atuendo a uno de sus compañeros. El actor palideció. "Ese no es un actor", le dijo. "Ese es Federici. El fantasma".
La Dama de Gris
Federici no es el único espíritu que habita el Princess Theatre. También está ella. La llaman la Dama de Gris. Una mujer vestida con un largo y vaporoso vestido gris, que deambula por la platea del teatro. Según la leyenda, era una actriz que falleció en el teatro a principios del siglo XX. Nadie recuerda su nombre. Pero todos reconocen su silueta.
Uno de los avistamientos más famosos ocurrió en la década de 1920, cuando un grupo de obreros reparaba el teatro. Uno de ellos afirmó haber visto pasar junto a él la figura fantasmal de una mujer con un vestido gris. No había nadie más en el edificio. La mujer le sonrió, y luego se desvaneció. Cuando describió su vestimenta a los demás obreros, todos quedaron en silencio. Era la Dama de Gris. La actriz muerta. Ella seguía allí.
Más de cien años de informes de actividad fantasmal respaldan lo que los actores y el personal del Princess Theatre saben desde siempre. Ruidos extraños que no tienen origen. Una figura sombría que se recorta cerca del escenario cuando no hay nadie. El público que siente escalofríos en áreas concretas del teatro, como si una corriente helada los atravesara. Cambios bruscos de temperatura: un cliente que jura que su mano rozó un brazo congelado al apoyarse en el respaldo de una butaca. Luces que parpadean durante las actuaciones sin causa eléctrica aparente. Y la sensación, tan frecuente, de que alguien que no se ve acaba de pasar a tu lado, rozándote el hombro.
Hoy, el Princess Theatre sigue en pie. Es el hogar del teatro musical en Australia. Y en algún lugar, en la penumbra del gallinero o tras bambalinas, Federici observa. Con su frac impecable y su chistera. Esperando su momento.
Si alguna vez asistes a una función, no te sientes en la silla que lleva su nombre. Está reservada. Para él. Y si durante el intermedio sientes un frío inexplicable, si notas que alguien te roza el hombro y no hay nadie cerca, sonríe. No es un fantasma hostil. Es solo Federici, asegurándose de que todo vaya bien.
O quizá es la Dama de Gris, recordando los días en que ella era la estrella.
Los teatros tienen algo especial. Guardan las voces, las risas, los aplausos. Y también guardan las penas, las muertes, los suspiros. El Princess Theatre es un monumento a la memoria. Y los fantasmas, esos, son parte del reparto. No hay función sin ellos. No hay aplauso que los ahoguen.
Porque en el Princess, el telón nunca termina de caer. Y los muertos, los que se quedaron atrapados entre bambalinas, siguen ensayando. Para una función eterna. Que nadie quiere que termine. Y que, de hecho, nunca termina.


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