IGLESIA DE SAN GINES DE ARLES:

Calle del Arenal, 13, Madrid.

EL SUELO QUE ES UN TECHO DE HUESOS

En el corazón palpitante y bullicioso de Madrid, donde el asfalto de la calle del Arenal, absorbe el paso de miles de turistas y madrileños cada día, se alza una mole de piedra que parece anclar el presente a un pasado oscuro y sangriento. La Iglesia de San Ginés de Arlés. Dedicada al mártir del siglo IV, sus orígenes se pierden en la bruma del tiempo, intuyéndose que fue erigida primero como mezquita o ermita, un lugar donde las sombras se han ido acumulando, capa sobre capa, desde el siglo XII.

Pero el verdadero horror de San Ginés está bajo los pies de quien se atreve a cruzar su umbral. Al ser una de las iglesias más antiguas de la villa, el suelo que pisas es, en realidad, un techo. Un techo de piedra fría que cubre los cientos de enterramientos allí producidos a lo largo de los siglos. Caminar por sus naves es caminar sobre un cementerio compactado, sobre el silencio de los muertos que miran hacia arriba, esperando.

La iglesia ha sufrido el embate de los siglos: derrumbes que crujieron como huesos rotos, incendios que la devoraron y reconstrucciones que intentaron tapar las cicatrices. La principal se efectuó a mediados del siglo XVIII, tras tres incendios consecutivos que acabaron por destruir la cúpula, los cubrimientos de las tres naves y la cabecera, dejando el templo como un esqueleto carbonizado. 

Los obreros que restauraron el templo tras los incendios del siglo XIX notaron algo que les erizó el vello de la nuca: el metal de la campana mayor estaba siempre caliente al tacto, ardiendo como cuando ha sido golpeada recientemente por manos invisibles, sudorosas y febriles. 

Durante la Guerra Civil, parte de la iglesia se usó como centro de la República. Su fachada sufrió destrozos importantes, acribillada por las balas que impactaron en la piedra sagrada. Todo ello fue reparado más tarde, junto con la última gran remodelación llevada a cabo por el arquitecto José Luis Marín entre 1957 y 1964. Pero ni las balas, ni el fuego, ni el cemento moderno pudieron sellar las grietas por donde se filtra el más allá.

EL DECAPITADO Y EL BARRANCO DE LA ZARZA

La oscuridad de San Ginés tiene una fecha de nacimiento en los anales del terror: el año 1353. Bajo el reinado de Pedro I, apodado El Cruel por su justicia implacable y sanguinaria, unos ladrones berberiscos se adentraron en la penumbra del citado lugar sagrado. Buscaban saquear cualquier objeto de valor: joyas, cálices, ornamentos bordados en oro. 

Sin embargo, en su codicia, no repararon en la presencia de un anciano que se encontraba orando en la soledad del templo. Los malhechores, sin contemplaciones, se emplearon a fondo. Con una crueldad absoluta y sin piedad alguna, lo arrastraron por el suelo de piedra hasta la capilla de la Virgen de los Remedios. Allí lo decapitaron. Antes de escapar con el botín, dejaron el cuerpo sin vida con su sangre coagulándose lentamente sobre el frío mármol, y la cabeza, en una ofrenda sacrílega y macabra, a los pies de la imagen de la Virgen.

Para colmo de la desgracia, el rey, en su afán por impartir una justicia rápida y brutal, culpó a dos hombres inocentes. Sin más pruebas que la conveniencia, los hizo ejecutar lanzándolos por un barranco cercano, sus cuerpos rebotando contra las rocas hasta hacerse añicos.

Pero la muerte de los inocentes rompió el velo. Días después, una figura sin cabeza, vestida con una túnica empapada en sangre seca, rodeada de una fría y enfermiza luz espectral, comenzó a aparecer en el pórtico de la iglesia. Este espectro se materializó ante el aterrado párroco y varios testigos. Con una voz gutural, que parecía brotar de una garganta cortada, dictó los nombres y el paradero de los verdaderos asesinos.

Poco después, bajo las órdenes del rey, los alguaciles los detuvieron. Fueron ajusticiados de la misma manera espantosa que habían hecho antes con los dos inocentes: despeñándolos por el barranco de la Zarza, que se situaba próximo a la actual calle Arenal. 

Sin embargo, tras la justa condena, el Decapitado no se marchó. No encontró la paz. Se dice que en las noches donde hay niebla y la humedad cala los huesos, la silueta sin rostro vuelve al pórtico de la iglesia. Es el centinela eterno, el guardián maldito que permanece custodiando el lugar, esperando una redención que nunca llegará.

EL ALIENTO DE LAS ÁNIMAS Y LA PINTURA MALDITA

Dentro de la iglesia existe una capilla dedicada a El Greco, que custodia su obra maestra *La expulsión de los mercaderes del templo*. Pero se dice que la pintura es mucho más que una obra de arte; es un espejo del infierno. 

Bajo la nave central, en la oscuridad perpetua de la cripta, yacen los restos de la antigua Cofradía de las Ánimas del Purgatorio. Su oficio en vida era rezar por los difuntos olvidados, por aquellos que nadie lloraba. Quizás por eso, al acercarse al cuadro de El Greco, se siente de repente un aliento gélido en la nuca, un soplo helado sin aparente explicación que hiela el sudor.

Si te quedas quieto, en el silencio de la iglesia, se oyen voces. Susurros. Un murmullo en latín antiguo, arrastrado y doloroso, como un rezo, como una súplica desesperada de quienes saben que nunca saldrán de debajo de las losas. Y mientras esos susurros llenan el aire, si observas la pintura, los mercaderes parecen retorcerse de angustia, sus rostros deformados por un dolor que trasciende el óleo y el lienzo.

LA CAMPANA DE LA MUERTE

Llegamos al misterio más documentado y aterrador de San Ginés: la campana mayor no responde siempre a manos humanas. Durante los siglos XVI al XVIII, Madrid aprendió a temer su sonido fuera de hora. Cuando el bronce tañía sin que nadie tirara de la cuerda, la ciudad contenía el aliento.

Había tres momentos en los que la campana tañía sola, y su sonido era un presagio de desgracia absoluta. 

Se decía que la campana "sentía" la muerte de los Reyes antes incluso de que los mensajeros llegaran al Alcázar. Cuando la parca se llevó a Felipe IV o al desdichado y endemoniado Carlos II, su tañido fúnebre cruzó la calle del Arenal como un lamento invisible, anunciando el fin de una era.

Pero la campana tuvo su actuación más aterradora la Nochebuena de 1734. En la fría madrugada, horas antes de que comenzara el devastador incendio que redujo el Real Alcázar a cenizas, la campana dio tres toques secos, profundos y resonantes. *Toc. Toc. Toc.* No había viento que meciera el badajo, ni sacristán en la torre. Solo el metal ardiendo al tacto, anunciando el fuego que devoraría al rey.

Y durante los siglos XVII y XVIII, cuando las riadas que se produjeron por el desbordamiento del río Manzanares se cobraron decenas de vidas en los barrios bajos, la campana comenzaba su zumbido grave y constante. Al escucharlo, los vecinos de Madrid, presa del pánico instintivo, iniciaban un éxodo desesperado a las zonas más altas de la ciudad, tratando de evitar la catástrofe de agua y barro que, a buen seguro, se les venía encima.

EL AIRE VENENOSO DE SAN JUAN

Si hay una noche en el año en la que los madrileños de antaño evitaban pasar por delante de San Ginés, era la medianoche de San Juan. Existía la creencia arraigada de que «el aire» que salía de la torre cuando la campana tañía sola esa noche era venenoso para el alma. Un efluvio espectral que podía corromper la mente y arrastrar a los vivos a la locura.

Se decía que la campana sonaba porque las manos descarnadas, los huesos pelados de los miembros de la Cofradía de las Ánimas, tiraban de las cuerdas desde el subsuelo, desde sus tumbas bajo la nave central. Los pocos transeúntes borrachos o trasnochadores que osaban pasar por allí afirmaban, con la voz temblorosa, ver las vidrieras iluminadas por una luz sobrenatural. Y escuchaban, flotando en la noche de verano, un canto gregoriano distorsionado, grave y lento, como si en la iglesia se celebrara una misa para los muertos.

LA BESTIA OCULTA

Aparte de los fantasmas y las campanas malditas, hasta hace relativamente poco podía verse un elemento que desafiaba toda lógica: un cocodrilo disecado expuesto en los pies de la Virgen de los Remedios. Era tal la expectación y el morbo que suscitaba entre los fieles que se decidió ocultarlo en uno de los altares de la iglesia, lejos de las miradas. 

Se cuenta que el animal disecado lo mandó colocar allí Alonso de Montalbán, comisionado de los Reyes Católicos en América. Lo hizo en señal de agradecimiento hacia la Virgen por interceder milagrosamente por él y su familia cuando iban a ser pasto del fiero animal en las selvas del Nuevo Mundo. 

Hoy, la Iglesia de San Ginés de Arlés sigue en pie. Sus puertas se abren para los turistas, los matrimonios se casan bajo sus bóvedas y los velones se encienden ante los santos. Pero cuando cae la noche, cuando el ruido de Madrid se apaga y la niebla baja desde la sierra, el suelo de huesos despierta. La campana se calienta, los mercaderes de El Greco se retuercen, y el centinela sin cabeza vuelve a su puesto en el pórtico, recordando a los vivos que, en San Ginés, los muertos nunca se van.