EL SANATORIO DE AGRAMONTE:
Carretera Moncayo, San Martín de la Virgen del Moncayo, Tarazona, Zaragoza.
EL SANTUARIO DE LA TISIS
En la Carretera Moncayo, la naturaleza impone su ley con una crudeza silenciosa. Allí, rodeado de la inmensidad y el aislamiento de los montes, se alza el esqueleto de piedra y ladrillo del Sanatorio de Agramonte. Originalmente, fue concebido como un refugio de esperanza, un lugar donde los moribundos tuberculosos eran trasladados con la ilusión de mejorar su salud respirando el aire puro de la sierra. Pero la realidad era mucho más oscura: para la inmensa mayoría, aquel paraje no era un lugar de curación, sino el escenario donde pasarían sus últimos días, alejados de la civilización, escupiendo sangre y vida en la soledad de la montaña.
Fue creado en la década de 1920 por iniciativa gubernamental, aunque no se pondría en funcionamiento real hasta la década de los años 30. Sin embargo, la leyenda susurra que el mal no llegó con los enfermos; el mal ya estaba allí, adentrándose en los cimientos del lugar desde sus mismos comienzos, esperando pacientemente a sus víctimas.
LA ILUSIÓN DEL LUJO Y LAS CICATRICES DE LA GUERRA**
Al parecer, su primera función no fue la de un hospital, sino la de actuar como un hotel exclusivo para las clases pudientes. Era un lugar idílico donde las familias adineradas acudían a pasar las vacaciones, a pasear a caballo bajo el sol y a respirar el aire fresco de este Parque natural. El edificio original constaba de dos plantas y estaba provisto de todas las comodidades de la época: instalaciones eléctricas, baños modernos, agua corriente, calefacción, un amplio salón y un comedor. En la segunda planta se construyeron once habitaciones de lujo. En 1930, casi se había terminado un hotel de montaña de ensueño.
Pero el destino, cruel e implacable, truncó aquel paraíso. En 1936, al comenzar la Guerra Civil, el edificio fue saqueado sin piedad. Las manos codiciosas arrancaron el lujo de sus paredes, y el lugar quedó abandonado, sumiéndose en una oscuridad prematura, convirtiéndose en un cascarón vacío donde el viento aullaba entre las vigas rotas.
LA ARQUITECTURA DE LA AGONÍA
La caja de ahorros compró el hotel de la ciudad montaña del Moncayo en 1938. De esta manera, bajo una nueva administración, nació lo que hoy conocemos como el sanatorio de Agramonte. Su nombre oficial, cargado de una ironía celestial, era "Sanatorio antituberculoso para mujeres de la Inmaculada Concepción".
Las Hermanas de la Caridad de Santa Ana se hicieron cargo de la institución, acondicionándolo para enfermos de tuberculosis. En sus inicios, los enfermos alojados eran únicamente mujeres y niños, almas frágiles consumidas por la "peste blanca". Más tarde, también se iniciaría la acogida a pacientes hombres aquejados por la misma enfermedad implacable. Todo ello contribuyó a que se ampliase el edificio de forma caótica, pues el espacio era cada vez más reducido para albergar tanta gente.
Ello es visible, en los suelos del edificio. Mientras que la parte más antigua de la recepción dispone de suelos de mármol frío y elegante, testigo mudo de su pasado burgués, las nuevas ampliaciones se construyeron con materiales mucho más humildes, toscos y desesperados, reflejando la urgencia y la miseria de los nuevos inquilinos.
Los pacientes trataron de llevar una vida lo más normal posible en aquel purgatorio. Para ello, el sanatorio disponía de salas habilitadas para la confección de prendas de vestir, e incluso de un teatro donde las máscaras de la comedia intentaban ocultar el dolor de la tragedia. Se buscó que el ambiente fuera lo más relajado posible y que su estancia fuera lo más cómoda, pues eran largos y eternos los meses para aquellos pacientes lejos de su familia y su hogar, sabiendo que cada tos era un paso más hacia el abismo.
EL CEMENTERIO DE LOS OLVIDADOS
Los enfermos que no conseguían sobrevivir, aquellos cuyos pulmones colapsaban definitivamente, no podían ser trasladados a sus lugares de origen. El costo del traslado de cadáveres era prohibitivo para las arcas del sanatorio, por lo que eran enterrados en un cementerio cercano al Sanatorio de Agramonte, construido ex profeso para albergar sus restos.
Pero ni siquiera la muerte trajo la paz a los habitantes de Agramonte. El cementerio no ha escapado de ser objeto de actos vandálicos y profanaciones. Muchos de los nichos han sido violados, y ni las medidas de seguridad lo han impedido. Se han repuesto candados en numerosas ocasiones a fin de evitar que las tumbas fueran abiertas, pero los vándalos siempre volvían. Los restos óseos de los difuntos fueron esparcidos por el lugar, sus cráneos y fémures rodando por la tierra como juguetes macabros, en un espectáculo de irreverencia que se ha repetido en numerosas ocasiones en los últimos tiempos.
Finalmente, el sanatorio cerró sus puertas el 30 de septiembre de 1978. La tuberculosis pasaría a ser cubierta por la Seguridad Social, y las nuevas medicinas harían innecesario el aislamiento en la montaña. Desde entonces, el edificio quedó en un absoluto y sepulcral abandono.
LOS ECOS DE LA TISIS
Psicofonías, apariciones espectrales y ruidos inexplicables se dan en las salas de este antiguo hospital, un lugar donde murieron miles de personas a causa de una terrible enfermedad. Una enfermedad tan horrible, tan estigmatizante y aterradora.
No en vano, dicen muchos de los visitantes actuales del lugar, que al adentrarse en el hospital afloran sentimientos de inquietud, una opresión en el pecho que no tiene nada que ver con la humedad. Algunos incluso afirman que puede notarse cierta presencia enfermiza, un aliento frío y cargado de miasmas, al pasear por salas que aún hoy conservan las viejas camillas de hierro, donde estaría tumbado algún enfermo en estado moribundo, esperando el final.
Algunos hablan de actos de brujería y satanismo, otros de fenómenos relacionados con el más allá, y otros, simplemente, de actos vandálicos. Pero el terror es real.
Desde los años 80, son muchos los investigadores de lo paranormal los que acuden allí con grabadoras y cámaras con el objetivo de capturar alguna "psicofonía" o la estela de algún fantasma. Afirman que durante la grabación se escucharon ruidos de puertas abriéndose y cerrándose con estrépito. Y eso que el edificio se encuentra en estado ruinoso y hace tiempo que se perdieron las puertas, pudriéndose en el suelo o siendo arrancadas por los vándalos. Pero esos extraños ruidos de madera y bisagras no fueron registrados por los micrófonos, solo sentidos en el aire.
Lo que sí grabaron las cámaras fueron las palabras de la vidente. Con los ojos cerrados y el rostro pálido, dijo haber visto al menos dos presencias, una de una mujer y otra de un hombre, de pie en la penumbra. La vidente se puso a hablar con un supuesto espectro que, con voz autoritaria, le dijo que no debía internarse más en el edificio. Ella le preguntó, con la voz temblorosa, por qué razón. El fantasma respondió con una claridad escalofriante: *"El mal está dentro"*.
En otra ocasión, durante una investigación en la oscuridad total, se registraron en varias grabadoras un sonido identificado como una voz que susurraba, como escondida entre el ruido de fondo de la cinta magnetofónica, emergiendo de la estática: *“¡Ayúdenme!”*. El tono y timbre de esta y otras tantas psicofonías no es el de un simple eco; es de dolor puro, de sufrimiento agónico y de un llanto que hiela la sangre.
LA CARRETERA INVERTIDA
El Sanatorio de Agramonte se encuentra hoy en un estado de abandono y ruina total. El deterioro del edificio, los daños estructurales, la humedad que pudre la madera, los escombros y la falta de mantenimiento lo convierten en un lugar peligroso, un laberinto de muerte donde el techo amenaza con caer sobre los vivos.
Pero la maldición de Agramonte no se limita a las cuatro paredes del sanatorio. También a modo de anécdota, y como prueba de que la realidad misma se distorsiona en este lugar, contar que antes de llegar a Agramonte existe un tramo de carretera en el cual parece que la gravedad nos engaña.
Cuando crees que estás subiendo, y de hecho visualmente es una cuesta, si dejas el coche en punto muerto verás como el vehículo sube solo, desafiando las leyes de la física. Y cuando bajas, si lo dejas en punto muerto, el coche se va hacia atrás, rodando involuntariamente hacia el Moncayo. Como si la montaña, como si el propio sanatorio, tirara de los viajeros hacia sus fauces, negándose a dejar escapar a nadie que se atreva a cruzar su umbral.
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