ANTIGUA DIPUTACIÓN DE GRANADA:

 Calle Mesones, 26, Granada.

LOS CIMIENTOS DE LA MAGDALENA 

En el corazón histórico de Granada, donde el eco de las zambras y el aroma del jazmín suelen envolver las calles empedradas, existe un número que parece haber sido marcado por el dedo del destino: el 26 de la Calle Mesones. Allí, donde hoy se alza la sede administrativa de la Diputación Provincial, el suelo guarda secretos que ningún cemento moderno ha podido sellar. Porque hay tierras que no olvidan. Tierras que han bebido demasiada sangre, demasiadas lágrimas, demasiados susurros de agonía. Y la tierra de la Calle Mesones es, sin duda, una de ellas.

Bajo los pies de los funcionarios que hoy tramitan expedientes, firman documentos y responden teléfonos, late un corazón de piedra y hueso que se niega a dormir. Un corazón que lleva latiendo desde  que se erigió sobre el antiguo solar de lo que fue el barrio musulmán del gremio de herreros, denominado Al-haddadin. Los herreros forjaban el hierro al rojo vivo; la tierra, al parecer, forjó algo mucho más oscuro.

LA IGLESIA DE LA MAGDALENA Y LOS PRIMEROS AUGURIOS

Se erigía desde el año 1501 la Iglesia de la Magdalena, un templo que debía ser casa de Dios pero que pronto se convirtió en morada de algo muy distinto. Durante el tiempo que la iglesia permaneció en activo, los lugareños comenzaron a murmurar, primero en voz baja, luego con creciente alarma, que el lugar estaba maldito. No era una superstición infundada; los hechos se encargaron de darle cuerpo.

Los feligreses más devotos, aquellos que llegaban antes del amanecer para encender una vela y pedir una gracia, comenzaron a presenciar escenas que desafiaban toda lógica divina. Las imágenes religiosas, las tallas de madera policromada de santos y vírgenes, caían de sus capillas sin que nadie las tocara. Los cálices de plata rodaban por el suelo de piedra, los ciriales se inclinaban como reverencias macabras, y los cirios se apagaban solos en medio de las misas, sumiendo el altar en una oscuridad que parecía respirar.

Los niños del barrio, esos pequeños que aún no han aprendido a temer lo que no ven, jugaban en esa época a un juego que helaba la sangre de sus madres: "oír ruidos" dentro de la antigua iglesia. Se apostaban junto a los muros de piedra y juraban escuchar pasos, susurros, y a veces, el sonido inconfundible de un llanto infantil que subía desde las profundidades del subsuelo.

Pero el suceso que marcó a fuego la memoria del barrio fue aquel trágico día en que un coche fúnebre, negro y solemne, recorría la angosta calle de Mesones rumbo hacia la iglesia para cumplir con su lúgubre cometido. De pronto, sin razón aparente, sin que ningún ruido los espantara, los caballos que tiraban del carruaje saltaron desbocados y comenzaron a galopar con una furia sobrenatural, atropellando y matando a varios transeúntes inocentes que nada tenían que ver con el difunto que yacía en el interior del ataúd. 

EL DERRIBO Y LOS ALMACENES DE LAS SOMBRAS

El Ayuntamiento de Granada mostró en todo momento una actitud dirigida hacia la demolición de la parroquia. No mostraban interés por conservar un edificio histórico; quizás, en el fondo, intuían que había algo en aquellos muros que debía ser erradicado, borrado del mapa. En 1895, las picotas y los martillos se cebaban con la piedra sagrada: se produce el derribo de la fachada y la torre, y con ellas, cayó algo más que cal y ladrillo.

Desde ese momento, el edificio sería utilizado como almacén de telas, bajo el nombre comercial de "Tejidos La Magdalena". Una ironía del destino: donde antes se guardaban los santos, ahora se guardaban las telas; donde antes se rezaba, ahora se comerciaba. Pero los muertos no entienden de comercio.

Los empleados de los almacenes eran incapaces de ir solos al lugar donde se guardaban los materiales. El miedo, ese instinto primario que no se puede razonar, los paralizaba. Las pilas de telas, en la penumbra del almacén, parecían cobrar formas humanas; los rollos de seda se desenrollaban solos como serpientes; y en lo más profundo de la noche, cuando el último trabajador cerraba la puerta, se escuchaban pasos que no eran de ninguno de ellos. 

Un antiguo trabajador de Almacenes Magdalena, asegura con voz temblorosa que uno de los dueños de los almacenes, se ahorcó en una viga de la antigua iglesia. Su cuerpo, colgando, se balanceaba rítmicamente, como un péndulo que marcaba el tiempo de una maldición que no había hecho más que comenzar.

LOS HUESOS BAJO EL SUELO 

Las máquinas se encargarían del derribo total del edificio hacia primeros de los años setenta. Las excavadoras, con sus mandíbulas de acero, arrancaron los últimos vestigios de la iglesia y los almacenes, pero al hacerlo, escarbaron en algo que debió haber permanecido enterrado. Se encontraron numerosos restos humanos, muchos de ellos de niños pequeños. Cráneos diminutos, fémures frágiles como ramas secas, costillas que apenas habían comenzado a crecer. Todo apunta a la existencia de un cementerio olvidado, un camposanto que la ciudad había decidido borrar de su memoria.

Pero la disposición de algunos de los cuerpos dejó ciertas incógnitas y alimentó leyendas que aún hoy se susurran en los bares del barrio. 

Tras los trabajos de investigación, y con los huesos retirados (o eso se creyó), se construyeron los primeros grandes almacenes de Granada. Pero la tierra, ofendida, cobró su precio. El desprendimiento de una grúa, en un accidente que las autoridades calificaron de "fortuito", costó la vida a un joven peón. Su cuerpo fue aplastado contra el suelo que él mismo había ayudado a preparar, y su sangre se mezcló con la de aquellos niños olvidados.

Eran los almacenes Woolworth, aquellos templos del consumo donde las madres granadinas llevaban a sus hijos a comprar juguetes y cintas de pelo. Pero la cadena, con sus luces y su música alegre, no pudo con la oscuridad del lugar. Su desaparición se produce pocos años después, con el cierre de la cadena en octubre de 1980. Los escaparates se vaciaron, las luces se apagaron, y el edificio volvió a sumirse en el silencio.

Algunos empleados comentaron, en los últimos meses de actividad, que habían visto, en ocasiones y sin aparente explicación, que las escaleras mecánicas se ponían en marcha solas, subiendo y bajando en el vacío, transportando a nadie. Otros aparatos funcionaban solos: las cajas registradoras se abrían escupiendo tickets en blanco, los juguetes cambiaban de lugar sin explicación aparente, las luces se encendían solas en las secciones vacías, y los aires acondicionados se activaban por las noches, molestando con su ruido mecánico a los vecinos. 

LA DIPUTACIÓN 

A partir de 1985, el edificio pasó a ser la sede de la Diputación Provincial de Granada. Lo que debía ser un símbolo de progreso y administración se convirtió, sin embargo, en el epicentro de una tormenta sobrenatural. Fue entonces cuando se propagaron más, con una virulencia nunca antes vista, todos los fenómenos extraños ocurridos allí.

A lo largo de los años, numerosos testigos han manifestado sentirse acosados por sucesos fuera de toda lógica. Presencias fantasmales que se dejan sentir pero no ver, misteriosos golpes y ruidos que resuenan en las paredes como puñetazos de un preso, luces multicolores que giran o revolotean por las estancias imbuidas por una energía desconocida, y grabaciones de seres que no son de este mundo. Además, el lugar ha sido escenario de varias muertes, algunas de las cuales fueron calificadas como suicidios, otras como aparentes accidentes, aunque hay quien cree que detrás de ellos puede esconderse una especie de fatalidad, una mano invisible que empuja a los vivos hacia el abismo.

En 1986, varios trabajadores de la sede administrativa de la Diputación de Granada afirmaron haber notado diversas situaciones anormales durante el horario laboral, desde la mañana hasta el mediodía. Misteriosos tocamientos, como dedos helados que rozaban la nuca; tirones de pelo, fuertes y deliberados, que hacían gritar a las funcionarias; máquinas que funcionaban solas, fotocopiadoras que escupían hojas en blanco, teléfonos que sonaban sin que nadie llamara; mesas que se caían sin que nadie las tocase, volcándose con un estrépito que hacía saltar a todos de sus sillas; y voces misteriosas, susurros que parecían pronunciar nombres.

Los vigilantes de seguridad, aquellos hombres pagados para proteger el edificio de los ladrones, se encontraron protegiéndolo de algo mucho peor. Aseguraban escuchar continuamente puertas y cajones que se abrían y cerraban solos, en una coreografía enloquecida. Máquinas de escribir tecleando en habitaciones donde no había nadie, las teclas golpeando el papel con una furia mecánica, escribiendo mensajes que nadie podía leer. Ascensores que funcionaban sin que ninguna persona los llamara, subiendo y bajando, abriendo sus puertas en plantas vacías, invitando a entrar a un viaje sin destino. Y otras situaciones inexplicables en lugares donde no podía haber presencia humana: sótanos cerrados con llave, azoteas inaccesibles, archivos sellados.

Pero los sucesos no acababan con el cierre del edificio. Los empleados públicos aseguran que, en algunas ocasiones, al volver al trabajo a la mañana siguiente, los muebles habían cambiado de lugar.  Como si durante la noche, el edificio hubiera sido habitado por inquilinos invisibles que habían celebrado sus propias reuniones, sus propias asambleas, en la oscuridad.

LA INVESTIGACIÓN DEL GRUPO OMEGA

La situación fue vivida, a mitad de los años ochenta, con gran angustia por aquellos que trabajaban en el edificio. El miedo se había instalado en los pasillos, en las oficinas, en las miradas de los compañeros. Tal fue el estado de alarma, que los responsables de la Diputación, acorralados por las dimisiones y las bajas médicas, accedieron a que un grupo de expertos en fenómenos paranormales realizaran en el lugar una investigación en diciembre de 1986. Aunque los resultados, por razones que nunca se explicaron del todo, no se dieron a conocer hasta el cabo de tres años.

Fue el Grupo Omega, un equipo de investigadores serios y metódicos, quien investigó durante tres días y tres noches la Diputación de Granada, con resultados que aún hoy sorprenden y estremecen. Durante estas noches, en la oscuridad más absoluta del edificio vacío, uno de los investigadores experimentó algo que lo marcaría de por vida: dos mordeduras feroces que le dejaron marcas de dientes de niño en el brazo. Dientes pequeños, afilados, que rompieron la piel y dejaron un dolor que no era solo físico.

Pudieron ver, con sus propios ojos y bajo la luz de sus linternas, una figura oscura que parecía tener rostro y llevar sombrero. La figura se movía con determinación, pasando hacia el despacho del Presidente de la Diputación, como si aún reclamara un poder que le había sido arrebatado. Haces de luces de distintos colores, rojos, verdes, azules, giraban por las estancias sin fuente aparente, iluminando brevemente rostros que no estaban allí. Voces de hombres discutiendo, en un idioma que no lograban identificar, resonaban en los pasillos vacíos.

Pero lo más aterrador ocurrió en una de las paredes del sótano, justo donde se creía que habían encontrado durante las obras los huesos humanos. De la piedra comenzó a salir humo, un humo denso y negro. El humo se fue condensando, convirtiéndose en una columna compacta, como si de un monolito viviente se tratara. Y en su parte superior, lentamente, como si una mano invisible estuviera esculpiendo en el aire, se fue formando una especie de rostro. Un rostro de piedra y sombra, con los ojos vacíos y la boca abierta en un grito silencioso.

EL PADRE BENITO Y LAS PSICOFONÍAS DEL INFIERNO

El retrato robot del fantasma, hecho público ante los medios de comunicación con el escepticismo de los periodistas y el terror de los testigos, correspondería a un sacerdote. El padre Benito, antiguo párroco de la iglesia de la Magdalena, un hombre de Dios que había sido traicionado por los suyos. Su orden religiosa le prohibió, con una crueldad que solo la burocracia eclesiástica sabe ejercer, entregar su fortuna a los niños pobres de Granada. El padre Benito, con el corazón roto y el alma en pena, murió sin poder cumplir su último deseo: alimentar a los hambrientos, vestir a los desnudos, consolar a los huérfanos.

Varios empleados y visitantes han afirmado haber visto la figura del Padre en diferentes áreas del edificio. Sus apariciones, a diferencia de otras presencias más agresivas, suelen estar acompañadas de una sensación de paz y melancolía. No viene a asustar; viene a recordar. La imagen del párroco, con su sotana antigua, raída por los años, ha sido vista en pasillos y oficinas, especialmente durante la noche, cuando el edificio queda vacío y el silencio se adueña de todo.  

Pero no todas las voces son tan pacíficas. En 1987, un grupo de parapsicólogos, armados con grabadoras de última generación y nervios de acero, logró captar sonidos guturales en el edificio. Voces que no parecían humanas, que brotaban de gargantas que ya no existían, que decían con una claridad escalofriante: *"¡Necesito ayuda… envíllala… en la primera… os arrepentiréis!"*. Este registro psicofónico, analizado por expertos de varias universidades, confirmó la presencia de espíritus tratando de comunicarse con los vivos. Pero el mensaje, críptico y amenazante, nunca fue descifrado del todo. ¿A quién se referían? ¿Qué debían enviar? ¿De qué se arrepentirían los vivos?

EL CATASTRO Y LA MALDICIÓN ETERNA

En el año 2006, tras otra remodelación en la que se le dio al edificio otro aire, abriendo el interior con 39 balcones que dejaban entrar la luz del sol granadino, el edificio fue ocupado por la gerencia territorial del catastro. Los funcionarios del catastro, aquellos que miden la tierra, que la dividen en parcelas, que la registran en libros y ordenadores, se instalaron en un lugar que se resiste a ser medido, a ser dividido, a ser registrado.

Porque hay tierras que no pertenecen a ningún catastro. Tierras que pertenecen a los muertos. Tierras que, bajo el suelo de la Calle Mesones siguen latiendo, siguen susurrando, siguen esperando. 

La Diputación de Granada sigue en pie. Los funcionarios siguen trabajando. Los teléfonos siguen sonando. Pero cuando cae la noche, cuando el último empleado cierra la puerta y se marcha a su casa, el edificio despierta. Las máquinas de escribir comienzan a teclear, los ascensores suben y bajan, y el padre Benito, con su sotana raída, recorre los pasillos buscando, una vez más, a los niños pobres de Granada que nunca pudo ayudar.