LA CORNUDILLA, PUEBLO MALDITO:
En la comunidad valenciana, en un rincón olvidado por Dios y por el tiempo, entre las tierras áridas de Requena y Utiel, más concretamente enclavado entre los dos pequeños pueblos de Los Marcos y Los Ruices, se encuentra La Cornudilla. Rodeada por un mar interminable de viñedos que se pierden en el horizonte, esta aldea parece un espejismo de piedra y barro bajo el implacable sol de la meseta.
Corrían los años 50. La España rural era un lugar de supervivencia, y esta aldea no era una excepción. Estaba habitada por gente humilde, personas de campo curtidas por el sol y el viento, acostumbradas a la crudeza de un invierno que helaba los huesos y a un verano abrasador que agrietaba la tierra. Conocían la dureza de la vida rural, una existencia donde cada gota de sudor valía más que una moneda de oro y donde la noche traía consigo un silencio absoluto, roto únicamente por el canto de los grillos y el aullido lejano de los perros.
Pero un buen día, esa normalidad, forjada a base de esfuerzo y resignación, fue rota para siempre. Una oscuridad invisible se cernió sobre La Cornudilla, trayendo consigo una clase de sucesos a los que nadie, ni el cura del pueblo ni el hombre más sabio, podía dar una explicación.
LOS DUENDES DE LA OSCURIDAD
Los 40 habitantes de La Cornudilla, una comunidad pequeña y unida, tuvieron que enfrentar una pesadilla que los obligaría a abandonar sus hogares. Todo comenzó con sutileza, como un veneno que se filtra en las venas. Hubo un tiempo en el que se oían ruidos en todo el pueblo, un coro de sonidos que no pertenecían a los vivos.
«Parecían pasos, susurros, objetos lanzados por manos invisibles…», relatarían años después los supervivientes con la voz aún temblorosa. «Incluso, alguien aseguró haber visto sombras extrañas en las casas, figuras que se escurrían por las esquinas».
Aunque la leyenda de La Cornudilla se centraría más tarde en una misteriosa casa en particular, al principio el mal se expandió como una mancha de aceite. El pueblo entero sufrió la visita de los temidos y revoltosos «duendes», aunque no eran las criaturas traviesas de los cuentos infantiles, sino entidades crueles y sádicas.
A veces, los ruidos eran tan fuertes, tan ensordecedores y violentos, que las personas, aterrorizadas y sin poder conciliar el sueño, tenían que salir a dormir a la calle, bajo las estrellas, prefiriendo el frío de la intemperie al horror de sus propias habitaciones. Los perros, esos guardianes fieles que siempre habían protegido las casas, se volvían locos. Se ponían a ladrar como posesos a la nada, con el pelo erizado y la mirada fija en las esquinas vacías, gimiendo de terror. Algunas herramientas de labranza, hachas y azadas, se veían sacudidas por manos invisibles y extrañas, golpeando las paredes de madera y piedra en la oscuridad.
LA CASA DE LOS RUIDOS Y LOS POZOS DEL INFIERNO
Si el pueblo era un infierno, había un epicentro del mal. El acontecimiento que provocó el espanto definitivo y la huida en masa de las gentes fueron los hechos ocurridos en la conocida hoy como la «Casa de los Ruidos». Esta casa, maldita y siniestra, está situada en las afueras del núcleo de la aldea, aislada entre los viñedos como una tumba olvidada. Aquí, por lo visto, además de persistir el fenómeno, este era mucho más virulento, digno de ser considerado un poltergeist en toda regla, una tormenta de furia sobrenatural.
La Casa comenzó a hacerse famosa, y temida, debido a unos extraños ruidos que, en ocasiones, se transformaban en chillidos desgarradores, lloros de niños y potentes lamentos de agonía. Y lo más escalofriante: estos sonidos no salían de dentro de la casa, sino de dos pozos ubicados en su exterior. Dos bocas oscuras y profundas que parecían ser las puertas del mismísimo infierno.
Conceso Viana, guardando la memoria de su linaje, cuenta cómo su abuelo afirmaba, con el rostro demudado, que de estos pozos salían extraños ruidos, susurros guturales y, sobre todo, sonidos de pesadas cadenas de hierro que golpeaban contra el suelo del piso superior de la casa, como si un prisionero eterno arrastrara sus grilletes por las vigas de madera.
LA FURIA DEL POLTERGEIST
Dentro de la casa, la realidad se desquebrajaba. Eran frecuentes los fenómenos de poltergeist durante los cuales la cocina se convertía en un campo de batalla. Cubiertos, platos de barro y ollas de hierro eran arrojados con violencia contra las paredes de la casa sin motivo aparente, estallando en mil pedazos, llenando el suelo de metralla cerámica. Las sillas se movían solas, las puertas se abrían y cerraban con estrépito, y el aire se volvía gélido y pesado.
No sólo los habitantes de la casa notaban el pesado, opresivo y maligno ambiente que la rodeaba. La naturaleza, en su sabiduría instintiva, percibía el mal. Los animales, que siempre habían sido el sustento de la familia, enloquecieron. Los perros no se acercaban al umbral de la puerta, y las viejas mulas, bestias nobles y tranquilas, estaban siempre inquietas y agitadas, relinchando de terror en la oscuridad de la cuadra, sudando frío y golpeando las paredes con sus pezuñas, intentando huir de una presencia que solo ellas podían oler.
Los ruidos y fenómenos extraños llegaron a tal extremo, a un nivel de violencia y acoso tan insoportable, que los propios moradores, presos del más absoluto terror y al borde de la locura, se vieron obligados a dejar la casa. Empacaron lo poco que tenían y huyeron, trasladándose a las vecinas y seguras aldeas de Los Marcos y Los Ruices, dejando atrás sus pertenencias y su dignidad.
LAS APUESTAS DE LOS TEMERARIOS
Sea como fuere, lo cierto es que La Cornudilla quedó herida de muerte. Con la casa recién abandonada, el morbo y la incredulidad de los jóvenes de los pueblos vecinos se apoderaron de la comarca. Se llegaron a hacer apuestas entre los vecinos de a ver quién se atrevía a dormir allí, a pasar una noche en la «Casa de los Ruidos» para demostrar que todo eran supersticiones de gente ignorante.
Pero la casa no perdonaba la arrogancia. Todos los que aceptaban esta apuesta, todos los valientes que cruzaban el umbral con una botella de vino y una manta, no conseguían pasar ni siquiera unas pocas horas entre los muros de esa vivienda. Salían corriendo en mitad de la noche, pálidos como la cera, temblando de pies a cabeza.
Hoy, La Cornudilla yace en silencio entre los viñedos, un pueblo fantasma, un monumento al terror rural. Sus casas vacías miran al horizonte con sus ventanas ciegas, y los dos pozos de la Casa de los Ruidos siguen ahí, esperando en la oscuridad, guardando los secretos de las cadenas y los lamentos que nunca dejaron de sonar.
0 Comentarios