CASTILLO HERMITAGE:

Noreste de Newcastleton, The Borders, Escocia, Reino Unido.

El viento en las fronteras escocesas no silba: llora. Se cuela entre las piedras del castillo de Hermitage como un lamento que viene de muy atrás, de cuando la piedra era nueva y la sangre, fresca. Aquí, en este rincón perdido entre colinas y brumas, la historia no se lee en los libros: se escucha en los gritos que aún parecen resonar entre sus muros.

Para adentrarse en Hermitage hay que retroceder a 1240. Fue entonces cuando Nicholas de Soulis levantó la primera construcción sobre esta tierra. Un bastión de poder que perteneció a su familia durante ochenta años. Hasta que William de Soulis, su descendiente, cometió el error de conspirar contra el rey de Escocia. El castillo fue confiscado. Pero la traición al rey no fue lo peor que hizo William. Ni mucho menos.

Porque William era un hombre cruel. Un hombre que utilizaba a los niños de los pueblos vecinos en sus ritos de magia negra. Los vecinos lo sabían. Lo sospechaban. Pero no podían probarlo. Hasta que una noche, hartos de desapariciones, hartos de miedo, asaltaron el castillo.

Lo que encontraron dentro jamás pudieron olvidarlo.

Decenas de cadáveres de niños esparcidos por todas las estancias. Algunos simplemente habían sido drenados de sangre, como si alguien hubiera necesitado llenar algún recipiente, algún caldero, alguna copa. Otros habían sido desmembrados. Cortados en pedazos por las manos de un psicópata que no sentía nada.
El pueblo no dudó. Capturaron a William, lo encadenaron, lo envolvieron en plomo y lo arrojaron a un caldero hirviendo. Un final agonizante para quien había proporcionado agonías infinitas.

Pero la muerte, a veces, no es suficiente.

Se cree que el espíritu de William de Soulis sigue frecuentando el castillo. Y con él, los gritos. Los lamentos de aquellos niños que asesinó. Quienes han visitado Hermitage al caer la noche, quienes se han atrevido a escuchar, describen un coro desgarrador de voces infantiles que surge de la nada. Llantos. Sollozos. Y a veces, el silencio más absoluto, como si algo hubiera acallado de golpe todas aquellas bocas.

Pero William no estaba solo en su maldad. Tenía un sirviente. Un ser al que algunos consideran un fantasma y otros, algo peor. Le llamaban Redcap Sly. El Gorro Rojo.

Imaginen una criatura horrible. Un anciano deforme, con colmillos afilados como dientes de animal. Botas de hierro que resonaban contra la piedra. Y un gorro rojo sobre su cabeza. Rojo de sangre. Porque Redcap esperaba por la noche a los viajeros perdidos. Los mataba. Y empapaba su gorro con su sangre. De ahí el nombre.

Cuando William abandonó el castillo por última vez —encadenado, camino del caldero hirviendo—, encomendó a Redcap Sly una misión: cuidar de las mazmorras. Protegerlas. William nunca volvió. Pero Redcap Sly, fiel a su palabra, siguió en su puesto.

Durante años, encerró en aquellas mazmorras a todo aquel que osaba acercarse al castillo. Viajeros, pastores, niños perdidos. Nadie estaba a salvo. Algunos dicen que aún sigue allí, esperando, vigilando. Otros aseguran que, años después de la muerte de su amo, también él abandonó las frías paredes de Hermitage. Pero nadie lo sabe con certeza. Y hay rincones del castillo donde aún hoy, los visitantes sienten que alguien, algo, los observa desde la oscuridad.

La historia de Hermitage no termina con los Soulis.

En 1332, el castillo pasó a manos del inglés Sir Ralph de Neville. Hasta que en 1338, William Douglas, el caballero de Liddesdale, lo sitió y lo tomó. Douglas era un hombre violento, ambicioso. Y su primera acción fue deshacerse de su rival: Sir Alexander Ramsay, el alguacil del castillo.
Lo encerró en el torreón. Sin comida. Sin agua. Y lo dejó morir de hambre. Día tras día, Ramsay fue consumiéndose, gritando, suplicando. Nadie acudió. Nadie abrió la puerta. Murió solo, en la oscuridad, devorado por el hambre.

Hoy, su espíritu sigue aquí. Triste, demacrado, famélico. Los visitantes del castillo han escuchado una y otra vez el inconfundible sonido de un hombre gritando desde el bajo lecho de la fortaleza. Gritos desgarrados, de esos que hielan la sangre. Y algunos han visto una aparición: una figura esquelética, demacrada, que merodea por las zonas bajas del castillo, buscando quizá lo que nunca encontró en vida.

En 1353, William Douglas cambió de bando. Se pasó a los ingleses. Y como suele ocurrir en estas historias, la venganza llegó rápido. Fue asesinado.
El castillo siguió cambiando de manos. Hugh de Dacre fue el siguiente. En 1560, recibió una visita ilustre: la reina María I de Escocia, mientras su tercer marido, James Hepburn, se encontraba allí. Reinas, conspiraciones, política. Hermitage lo ha visto todo.

Pero en 1603, con la Unión de las Coronas, el castillo quedó obsoleto. Perdió su importancia estratégica. Y cayó en el abandono. A finales del siglo XVIII, ya era una ruina. En 1820, el quinto duque de Buccleuch intentó repararlo, pero fue un parche, un intento menor. La familia Scott lo mantuvo hasta 1930, cuando pasó a manos de la Nación.

Hoy, el castillo de Hermitage es propiedad de Historic Environment Scotland. Está protegido como monumento catalogado. Abierto a los visitantes. Turistas, curiosos, amantes de la historia. Pasean por sus estancias, fotografían sus muros, leen los carteles informativos.

Pero hay una historia que no está en los carteles. Una historia que pocos guías se atreven a contar en voz alta.

La leyenda de Mary Scott.

Mary Scott era una joven del lugar. Fue encarcelada en el castillo por William Douglas. La acusaron de brujería. La torturaron. Día tras día, hasta que su cuerpo no pudo más. Pero antes de morir, antes de que su alma abandonara aquel cuerpo destrozado, lanzó una maldición.
Maldijo el castillo. Maldijo a todos los que vivieran en él. Dijo que sería destruido. Y que la familia Douglas sería aniquilada en nueve generaciones.

La maldición, según cuentan, se cumplió. El castillo cayó en ruinas. Y la familia Douglas sufrió tragedia tras tragedia a lo largo de los años. Muertes prematuras, desgracias, desapariciones. Nueve generaciones después, la familia estaba extinguida.

¿Casualidad? ¿Leyenda? Quién sabe.

Lo que sí saben los que han visitado Hermitage es que el fantasma de Mary Scott aún ronda sus muros. Buscando. Observando. Esperando quizá el momento de completar su venganza contra aquellos que le hicieron daño.
Hoy, el castillo se alza silencioso entre las colinas. Los turistas van y vienen. Las estaciones pasan. La piedra envejece. Pero hay noches, cuando la luna se oculta tras las nubes y el viento gime entre las almenas, en que los gritos vuelven.
Los niños de William llorando, Sir Alexander Ramsay clamando por comida y Mary Scott susurrando su maldición.
Y tal vez, muy al fondo, el golpeteo metálico de unas botas de hierro. Redcap Sly, el Gorro Rojo, que aún vigila las mazmorras. Esperando a que algún viajero despistado se acerque demasiado.

Si visitan Hermitage, recuerden: cuando caiga la noche, no se separen del grupo. No se adentren solos en las zonas bajas. Y si escuchan un grito, si sienten un escalofrío, si perciben que alguien les observa desde la oscuridad...

Salgan corriendo.