CASTILLO DE BALLINDALLOCH:

Se encuentra en la región de Moray, al lado del Parque Nacional Cairngorms. Banffshire, Escocia.

CASTILLO DE BALLINDALLOCH
La bruma se levanta sobre el río como un telón que anuncia el inicio de una función macabra. Entre los bosques de Aberlour, en el corazón de las Highlands escocesas, emerge una silueta de piedra que los lugareños llaman "La Perla del Norte".
El Castillo de Ballindalloch. Dicen que sus muros guardan más secretos que años de historia. Y tienen muchos: casi quinientos.

La primera torre se levantó en 1546. Pero la historia de este lugar comienza mucho antes, en 1498, cuando el rey Jacobo IV concedió estas tierras a John Grant de Freuchie. Fue su nieto, otro John Grant, quien decidió que la familia necesitaba algo más que tierras: necesitaba una fortaleza. Un hogar. Un lugar desde el que protegerse de un mundo que ya empezaba a mostrar su cara más violenta.

Pero cuentan los viejos del lugar que la construcción no fue fácil. Nada fácil.

Los canteros trabajaban todo el día, levantando muros, colocando piedra sobre piedra. Pero al regresar cada mañana, el trabajo del día anterior había desaparecido. Destruido. Los escombros aparecían desordenados en el río, como si alguien, algo, se hubiera entretenido en deshacer lo hecho. John Grant, el nieto, decidió averiguar qué o quién impedía sus obras. Una noche, después de que los canteros se marcharan, se escondió entre las sombras y esperó.

La noche era tranquila. Silenciosa. Hasta que, de repente, un viento poderoso barrió la zona. Un viento tan fuerte que levantaba las piedras del suelo y las arrastraba como si fueran hojas secas. El propio John Grant fue arrojado contra la tierra, arrastrado por la fuerza de aquel vendaval que parecía tener vida propia. Y cuando el viento cesó tan abruptamente como había llegado, una voz resonó en la oscuridad. Una voz que no era humana.

Ordenó a Grant que construyera su castillo en el prado de vacas. Allí, y no en otro lugar.

John Grant obedeció. Y así, en ese prado, comenzó a levantarse el Castillo de Ballindalloch. Tres plantas en forma de Z, como un desafío a la geometría y al destino. La Perla del Norte había encontrado su hogar.

Pero los problemas no habían hecho más que empezar.

James Graham
Durante las guerras que asolaron Escocia, el castillo sufrió daños considerables. Fuerzas lideradas por James Graham, el marqués de Montrose, atacaron y quemaron el interior. El fuego lo devoró todo. Pero los Grant regresaron. Siempre regresaban. Y restauraron su hogar.

Luego, en 1829, la naturaleza golpeó de nuevo. Los ríos se desbordaron. Las antiguas murallas defensivas, las que habían resistido guerras y asedios, se derrumbaron bajo la presión del agua. La fuerza de la inundación fue tal que abrió un barranco en el suelo, arrasó los jardines y penetró en la planta baja del castillo. El agua lo invadió todo.

Hubo que reconstruir. Y al hacerlo, se amplió, se modernizó, se reforzó. El castillo que hoy contemplamos, imponente y bello, es fruto de aquella restauración. Pero las aguas no solo arrastraron piedra y tierra. Arrastraron también algo más. Algo que quizá nunca debió despertar.

Porque en Ballindalloch, los muertos no descansan.

Comencemos por ella. La Dama Verde.

Pasea por el comedor. Los invitados la han visto, deslizándose entre las mesas, junto a las ventanas, siempre vestida con un traje verde sedoso que parece brillar con luz propia. Nadie sabe a ciencia cierta quién es, pero la leyenda familiar apunta a un nombre: Sybilla Grant. Nacida en 1714.
Sybilla fue prometida casi desde la cuna. Su destino estaba sellado: casarse con un primo diez años mayor que ella. Un matrimonio acordado, una unión para mantener la finca, para conservar el poder. Ella no tenía elección. O eso creían sus padres.

Pero Sybilla amaba a otro. Un joven oficial de la Black Watch llamado James Macpherson. Un amor prohibido, secreto, alimentado en encuentros furtivos y cartas escondidas. Hasta que el otoño de 1736, su padre descubrió la verdad.
James fue enviado lejos, a algún destino donde olvidarla. Y Sybilla fue encerrada en la guardería, bajo llave, hasta que aceptara casarse con su primo. Días, semanas, quizá meses de reclusión. Hasta que la noche antes de la boda, Sybilla tomó una decisión.

Se puso el vestido de seda verde que había hecho para su baile nupcial. El mismo que llevaría al altar con su primo. Abrió la ventana de la habitación del bebé. Y saltó.

Cuatro plantas. Hasta las losas del patio interior.

La encontraron al amanecer. El cuello roto. Los ojos abiertos mirando al cielo.

Desde entonces, los invitados que duermen cerca de la antigua guardería se despiertan sobresaltados. Escuchan sollozos. El llanto desgarrado de una mujer que parece venir de detrás de las paredes. Si abren la puerta, la habitación está vacía. Vacía y helada. Y en el aire, un olor a rosas que no debería estar ahí.

Algunos niños, los más pequeños, los que aún ven lo que los adultos han aprendido a ignorar, señalan la ventana. Dicen que una dama alta, vestida de verde, está allí, mirando al patio. Con una mano apoyada en el cristal. Esperando. Recordando.

Pero no es el único espíritu que vaga por Ballindalloch.

El General James Grant murió el 13 de abril de 1806. Tenía 86 años. Lo encontraron desplomado sobre su escritorio, en el pequeño despacho donde pasaba tantas horas. Insuficiencia cardíaca, dijeron los médicos. Pero el General no se fue del todo.

Lo han visto montando un caballo blanco en los alrededores del castillo. Galopando entre la bruma, recorriendo los caminos que tanto amó en vida. Dicen que está enterrado cerca, y que su espíritu no puede alejarse demasiado de sus restos. Pero hay un lugar donde las apariciones son más frecuentes: la bodega.

La bodega era una de sus partes favoritas del castillo. Pero hay quien sugiere otra historia. Antes de ser bodega, aquellas estancias fueron mazmorras. Prisiones. Lugares donde los enemigos de los Grant esperaban un destino incierto. Durante la gran inundación de 1829, todo aquello se llenó de escombros y sedimentos. Y nunca se limpió del todo.

¿Qué hay ahí abajo? ¿Qué guardan esas paredes selladas? El General cabalga cerca, vigila, protege. ¿O quizá busca algo que quedó sepultado bajo el barro y el agua?

El castillo guarda también otros secretos femeninos. Apariciones de mujeres que pudieron ser amantes de los señores de la familia. O quizá mujeres rechazadas, abandonadas, olvidadas. Sus siluetas aparecen y desaparecen entre las habitaciones, siempre esquivas, siempre tristes.

Y luego está el puente.

Cerca del castillo, un antiguo puente cruza el río Avon. Los lugareños evitan cruzarlo al anochecer. Dicen que el espíritu de una mujer de la familia, una que se enamoró perdidamente de un hombre del lugar, aún lo recorre. Aquel hombre no correspondió a sus sentimientos. Y ella, desesperada, cruzaba el puente cada día para enviarle una carta, una declaración de amor que nunca fue contestada.
Cuando construyeron un nuevo puente cerca del antiguo, los obreros la vieron. Varias veces. La misma mujer, cruzándolo una y otra vez. Como si el tiempo se hubiera detenido para ella. Como si aún esperara una respuesta.

Pero no todo en Ballindalloch es tristeza.

En la Pink Tower, una de las estancias más hermosas del castillo, habita un fantasma distinto. Una joven vestida con crinolina, de esas que evocan bailes y caballeros. Quienes la han visto, quienes han sentido su presencia, describen una sensación de paz. De tranquilidad. No amenaza, no miedo. Solo una presencia amable que observa desde el pasado.
Quizá fue una invitada feliz. Quizá una hija que amó este lugar. Nadie lo sabe. Pero los que duermen en la Pink Tower, si despiertan en la noche, no se asustan. Sonríen. Y a veces, susurran un "gracias" a la figura que se desvanece con la luz del alba.

Hoy, el Castillo de Ballindalloch sigue en pie. La Perla del Norte sigue brillando entre los bosques y el río. Los Grant ya no lo habitan, pero algo de ellos permanece. Algo que no se va.
La Dama Verde sigue mirando por la ventana. El General sigue cabalgando. La mujer del puente sigue esperando. Y en la Pink Tower, una joven vela por los que duermen.

Si algún día visitan Ballindalloch, escuchen. Escuchen con atención. Porque entre el viento y el agua, entre la piedra y la bruma, quizá escuchen también un sollozo. O un suspiro. O el eco lejano de unos cascos de caballo.

Los muertos, en Ballindalloch, no descansan. Simplemente, esperan.