CASTILLO DE DUNROBIN:

Ubicado en Sutherland, en la costa este de Highland, muy cerca de la localidad costera de Golspie. Escocia, Reino Unido.

Historia y Arquitectura

Castillo Dunrobin
La costa este de Highland es un lugar de contrastes. El mar del Norte golpea los acantilados con una furia que erosiona la roca.
En medio de este paisaje de horizontes infinitos, cerca de la localidad costera de Golspie, se alza una silueta de piedra que parece desafiar a los elementos. Es el Castillo de Dunrobin. Una fortaleza que no es solo la más grande del norte de las Tierras Altas de Escocia, con sus 189 habitaciones extendiéndose como un laberinto de pasillos y estancias. Es también, según quienes la han recorrido en la penumbra, uno de los lugares más inquietantes de todo el Reino Unido.

Para llegar a Dunrobin hay que adentrarse en Sutherland, ese territorio salvaje donde las montañas se encuentran con el mar y donde los clanes escoceses libraron batallas que aún hoy resuenan en la memoria colectiva. El castillo se alza sobre una colina, con sus torres puntiagudas recortándose contra el cielo, sus jardines extendiéndose hacia el agua, y su museo lleno de trofeos de caza y piezas arqueológicas. Pero no se dejen engañar por su aparente grandeza. Porque en Dunrobin, los vivos solo son visitantes de paso. Los muertos, en cambio, nunca se van.

La Fortaleza de los Siglos

Los primeros registros del castillo datan de 1401. Pero se cree que Dunrobin se levantó sobre las ruinas de una fortaleza medieval aún más antigua, quizá del siglo XIII. Piedra sobre piedra, generación tras generación, el castillo fue creciendo. Pero su aspecto actual, ese que admiran los turistas, se debe en gran parte al arquitecto Sir Charles Barry, el mismo que diseñó el Palacio de Westminster en Londres. Fue contratado por el segundo duque de Sutherland en 1845 para transformar la antigua fortaleza en un palacio digno de la nobleza victoriana.

La historia de Dunrobin está marcada por la tragedia. En 1915, mientras el edificio era utilizado como hospital naval durante la Primera Guerra Mundial, un incendio devastó el interior. Las llamas devoraron salones, muebles, recuerdos. Pero el castillo se reconstruyó, como si la piedra se negara a morir.

Entre 1965 y 1972, se convirtió en un internado para chicos. Las risas y los juegos juveniles llenaron sus pasillos. Pero también, según algunos exalumnos, ocurrieron cosas que los profesores no podían explicar.

Desde 1973, la casa y los jardines están abiertos al público. Los turistas recorren las estancias, admiran las exhibiciones de cetrería, visitan el museo con sus extrañas colecciones etnográficas. Pero hay una habitación a la que no todos se atreven a entrar. Una habitación que los empleados del castillo conocen bien. La llaman la habitación de la costurera.

El Misterio de la Habitación de la Costurera

habitación de la costurera

La leyenda de la habitación de la costurera tiene dos versiones. Ambas terminan igual: con una joven cayendo al vacío desde la ventana de la torre. Ambas dejan un eco de gritos y lamentos que, según los testigos, aún resuena en los pasillos.

La primera versión habla de una joven capturada tras el ataque de los Sutherland al clan Mackay. Los Sutherland, poderosos y despiadados, arrasaron las tierras de sus enemigos y tomaron prisioneros. Entre ellos, una muchacha de extraordinaria belleza. El conde de Sutherland quedó prendado de ella. Quiso hacerla su esposa, a pesar de que ella era de un clan rival, a pesar de que ella no lo amaba. Pero la joven se negó. Prefirió la muerte a casarse con el asesino de su familia.

En un ataque de furia, el conde la encerró en una habitación de la torre más alta. Esperaba que el encierro, el hambre y la soledad doblegaran su voluntad. Pero la joven no cedió. Una noche, decidió escapar. Con varias sábanas, fabricó una larga cuerda. La ató al marco de la ventana y comenzó a descender.

Casi lo consigue. Sus pies casi tocan el suelo. Pero el conde, alertado por los centinelas, irrumpió en la habitación. Vio la cuerda, vio a la joven descendiendo. En un arrebato de ira, desenvainó su espada y cortó la sábana.

Ella cayó. El impacto contra las piedras fue mortal. Su cuerpo quedó destrozado a los pies del castillo.

La segunda versión es más romántica, pero igual de trágica. Habla de Lady Margaret, la joven hija del decimocuarto conde de Sutherland. Margaret se enamoró de Jamie Gunn, un humilde mozo de cuadra. Él era bondadoso, trabajador, pero de origen humilde. Su amor desafiaba las rígidas líneas de clase de la época.

Cuando el conde descubrió el romance prohibido, montó en cólera. Echó a Jamie del castillo, prohibiéndole volver jamás bajo amenaza de muerte. Pero Margaret, decidida y desafiante, juró que nunca se casaría con otro. Ni siquiera cuando su padre la confinó en la torre más alta, en una pequeña y solitaria cámara que desde entonces se conocería como la habitación de la costurera.

Bajo el amparo de la oscuridad, Margaret organizó un último encuentro. Una cuerda bajó desde su ventana. Jamie esperaba abajo, en la noche, con el corazón encogido. Margaret comenzó el descenso. Pero un ruido repentino rompió el silencio. Su padre había irrumpido en la habitación. El pánico la venció. Perdió el agarre.

Con un grito que se dice aún resuena por los antiguos pasillos del castillo, se precipitó al vacío. Las piedras frías e implacables acabaron con su vida. Jamie, abajo, solo pudo ver cómo el cuerpo de su amada se estrellaba a sus pies.

Hoy, los visitantes de Dunrobin pueden ver la habitación de la costurera. Una estancia pequeña, con una ventana que se asoma al vacío. Y si prestan atención, si el silencio es el adecuado, pueden escuchar cosas. Lamentos. Pisadas. Gritos. Como si el espíritu de aquella joven dama siguiera atrapada en la habitación, reviviendo una y otra vez los últimos segundos de su vida.

Una vez, un empleado del castillo vio una extraña figura. Blanca, etérea, apareciendo en una punta de la habitación y desvaneciéndose hacia la ventana. Como si Margaret, o la joven capturada, aún buscara una salida. Aún intentara escapar.

Pero la habitación de la costurera no es el único lugar donde ocurren cosas extrañas. Los visitantes han informado de sucesos inexplicables en todo el castillo. Objetos que se mueven solos. Puertas que crujen al abrirse sin que haya brisa. Un frío inquietante que se cuela hasta los huesos incluso en el día más caluroso de verano.

Figuras sombrías aparecen en las esquinas de las habitaciones. Siluetas que se deslizan rápidamente, que desaparecen cuando alguien las mira de frente. Y una mujer pálida y espectral, vestida con un largo vestido, que se desliza silenciosamente por los pasillos. Mira con nostalgia hacia el mar, hacia el horizonte, como si esperara el regreso de alguien que nunca volverá.

Podría ser Margaret, siempre buscando a su amor perdido. O podría ser la otra joven, la prisionera de guerra, buscando la libertad que le fue negada. O quizá es otra, otro espíritu perturbado por el turbulento pasado del castillo.

El Castillo de las 189 Habitaciones

Dunrobin tiene 189 habitaciones. Pero no todas las habitaciones están abiertas al público. Algunas, las más privadas, siguen siendo utilizadas por la familia Sutherland. Ellos viven allí, entre los fantasmas, entre las leyendas, entre los ecos de las caídas y los gritos.

Hoy, Dunrobin recibe a miles de visitantes cada año. Los turistas hacen fotos, compran recuerdos, se maravillan con la arquitectura.
Pero algunos, los más sensibles, sienten algo más. Un escalofrío al pasar por delante de la habitación de la costurera. Una sensación de tristeza al mirar hacia la ventana desde la que Margaret cayó.  
Mirando hacia el mar. Esperando que alguien, algún día, les devuelva la libertad que les fue arrebatada.

Si alguna vez visitas Dunrobin, no te vayas sin subir a la habitación de la costurera. Quédate un momento en silencio. Escucha. Y quizá, oigas lo que tantos han oído antes que tú.
Un lamento. Un grito. El eco de una caída que nunca termina.

Y si ves una figura blanca deslizándose hacia la ventana, no intentes seguirla. Ella ya tiene su camino. Y no es un camino que los vivos puedan recorrer.